Fútbol

Cuando vas de “streamer” por la vida pasa lo que pasa

Nos quedará la duda de qué habría ocurrido si, en lugar de montar shows diarios en streaming, Luis Enrique hubiera optado por estudiar compulsivamente a los adversarios como era costumbre en él

Luis Enrique intenta consolar a Laporte después de la derrota ante Marruecos
Luis Enrique intenta consolar a Laporte después de la derrota ante Marruecos FOTO: Julio Cortez AP

Los fantasmas de España volvieron a salir a la palestra en el estadio Education City de Qatar y pasó lo que pasó. Regular condición física, desde luego a años luz de la de los marroquíes, menos pólvora que un petardo mojado y bastantes más fallos de los habituales en el pase en un plantel que borda el “tikitaka”. Quedando demostrado, por enésima vez, que la obsesión por la posesión no es un pasaporte infalible al paraíso. Es más, tuvimos la pelota en nuestros pies el 82 por ciento del partido frente a Japón y un 77 por ciento contra Marruecos. Se veía venir. Las pasamos canutas frente al más que aceptable equipo del País del Sol Naciente y un combinado del montón nos mandó a casa tras un campeonato en el que hemos pasado con más pena que gloria y en el que pagamos caro, muy caro, a precio de oro apostillaría yo, la euforia desatada con la goleada frente a Costa Rica.

Ya lo advertí en mi titular del día después: “De momento, los mejores, pero Costa Rica es una banda”. La suerte de España es consecuencia de los caprichos y la soberbia de Luis Enrique. Alguien me tendrá que explicar, para empezar, por qué ha sido titularísimo un Ferran Torres que ha resultado un completo desastre, un bluff de proporciones mundiales y nunca mejor dicho. Que es un buen jugador nadie lo pone en duda, que es seleccionable, seguramente tampoco; tanto como que no estaba para ser indiscutible ni muchísimo menos teniendo en el banquillo a peloteros como Carlos Soler, a Ansu Fati, a Nico Williams, a Yeremy Pino, a Sarabia e incluso a un Asensio al que podría haber reubicado perfectamente. Los números del yernísimo ante Marruecos lo dicen todo: cero disparos a puerta, cero centros con acierto, cero pases clave, cero recuperaciones y ¡¡¡17 pérdidas de balón!!! Lo cual invita a pensar que nos hallamos ante un caso con inconfundible aroma a nepotismo.

Fue salir Nico Williams y cambiar inmediatamente el partido: donde antes había atasco, él puso verticalidad e indiscutible peligro. Hemos echado en falta a Iago Aspas, Borja Iglesias, Sergio Canales y, por obvios imponderables del destino, a Gerard Moreno. Y se nos antojó inconcebible que Morata no estuviera sobre el terreno de juego desde el inicio. Por no hablar del empecinamiento en el suicidio de un Unai Simón que, insisto, no es Manuel Neuer con el esférico entre los pies ni muchísimo menos. Dos lances del encuentro, en los que Marruecos no nos dio un susto porque Alá no quiso, ratifican que errar es de humanos, pero empecinarse en el desatino es directamente del género tonto. Esto no es culpa del guardameta vitoriano sino del míster asturiano.

Ni siquiera nos quedará el consuelo de echarle la culpa a un trencilla, Fernando Rapallini, que permitió que nuestros adversarios dieran leña a modo y manera marcando territorio desde el primer minuto. Y siempre nos quedará la duda de qué habría ocurrido si, en lugar de montar shows diarios en streaming, Luis Enrique hubiera optado por estudiar compulsivamente a los adversarios como era costumbre en él. Alguien tendría que haber parado ese disparate. No queremos seleccionadores carismáticos, ni graciosos, sino eficaces. Nuestra desgracia empezó en Twitch.