Resistir es vencer

Sánchez gobierna con partidos antimonárquicos, pero debería ser más prudente, atemperar su ambición y admitir que la Corona es la institución que más estabilidad da a España, gobierne quien gobierne

JAIPAL SINGHEFE

Nuestra historia está jalonada he hechos históricos. Demasiada historia imposible de digerir que, a la postre, se convierte en una pesada carga para la acción. El siglo XX fue un teatro en sesión continua de lo que podía hacer un país, en lo bueno y en lo malo. Si le quitamos la épica –que es la banda sonora de una película para endulzar la tragedia–, queda un cuadro desnudo que nos dice que España es lo que es hoy más por sus ciudadanos, por su trabajo anónimo y silencioso, que por el de sus responsables políticos. No somos una excepción.

En las ocasiones decisivas, ha sido la sociedad la que ha indicado el camino: reconciliación, democracia, progreso, vivir en paz, sentirnos orgullosos de lo que somos sin la necesidad de fanfarria nacionalista alguna. España es un país moderno y no necesita mesías que nos guíen, sino dirigentes serios, responsables, a la altura de los grandes retos. Ahora estamos ante uno de ellos, puede que el más gigantesco al que nos hayamos enfrentado, pero, por una vez, su raíz no está en los males endémicos que han asolado nuestro pasado inmediato: guerra, terrorismo, el clásico «drama español». Estamos ante una pandemia global que ha sacudido de manera especial a España y que nos obliga a un gran esfuerzo nacional, desnudos de ideologías, limpios moralmente, comprometidos colectivamente.

Es la inestable estructura biológica de la vida la que ha tambaleado al mundo, dejando atrás el paralizante dilema hecho a la medida de políticos mediocres. De nuevo es la sociedad quien vuelve a marcar el camino: todos unidos para salir de este bache que va a condicionar el futuro, que echará por tierra todo el trabajo de tantos ciudadanos, que puede hipotecarnos por mucho tiempo. Que nadie dude de que en estas circunstancias es donde quedarán retratados esos políticos que como miserables han ido a escudriñar en la basura para buscar un rédito político. De nuevo serán los ciudadanos los que les pongan ante el espejo, frente a su indigencia moral, su habitual recurso de entorpecer al Estado para esconder su incapacidad de resolver los problemas.

Esta es la hora de la ciudadanía, de la resistencia, de la responsabilidad individual y del esfuerzo colectivo. En la primera línea contra el Covid-19 está nuestro servicio de Salud y el conjunto de los sanitarios, cuyo esfuerzo está a la altura de su compromiso diario. Sin duda, todos los hospitales están sobrepasados, por falta de equipos, material y saturación en la atención a los enfermos que más lo necesitan, pero la entrega de los sanitarios nos permite abrazar todas las esperanzas de que esta batalla se va a ganar. Los trabajadores que deben seguir en sus puestos por ser servicios imprescindibles –transporte público, supermercados, farmacias–, además de las Fuerzas del Seguridad y el Ejército, nos reconfortan y seguro que en un futuro su ejemplo nos servirá para sentirnos una sociedad más digna, fuerte y solidaria.

Queda mucho por delante: el número de afectados y fallecidos ha ido en aumento, como era esperado, pero la reclusión general de estos días pronto debería dar sus frutos. Cada vez es más común conocer en el entorno de cada cual casos de personas contagiadas por el coronavirus y muertes. Es cierto que ha afectado con especial saña a nuestros mayores, a los que debemos cuidar y proteger, ayudar en las necesidades que requieran, a nuestros padres, familiares y vecinos. Nada de esto nos debe llevar al desánimo. Están puestos todos los esfuerzos y ahora sólo nos queda seguir remando en la misma dirección, aportando lo que sea realmente útil.

La generosidad de los españoles, sin dar lecciones a nadie, será nuestra gran fuerza. Camus, amigo de España, escribió en «El mito de Sísifo» que las grandes desmedidas de Don Quijote «nos muestran sus manos terrenales». Cuando las cosas se dejan de ver como tragedia y simplemente se toman en serio, «el hombre entonces se ocupa de la esperanza».