Análisis: El discurso del cambio

Pedro Sánchez, durante el debate de investidura
Pedro Sánchez, durante el debate de investiduraAlberto R. Roldán (nombre del dueño)La Razón

En su discurso de investidura, Pedro Sánchez se enfrentaba a un dilema: adoptar un perfil bajo para intentar sortear las aristas de los pactos cruzados (a tres: PNV, ERC y Unidas Podemos) o bien presentar su Presidencia, inminente si ERC lo autoriza, como el inicio de una nueva era en la historia de nuestro país. Eligió una tercera vía y combinó un tono amable, que corresponde a lo que él piensa que pide la sociedad española, y la exposición de un programa en el que las propuestas socialistas incorporan elementos procedentes del nacionalismo y el podemismo. La importancia de estas últimas indican hasta qué punto el PSOE ha abierto la puerta a todo lo que hasta hace poco tiempo era considerado ajeno, por no decir contrario, al régimen constitucional.

Desde la perspectiva podemita, el nuevo socialismo habla de abolición de la reforma laboral, de igualdad de género, de memoria histórica, de nuevos derechos… Son matices en un discurso que venía renovándose desde que Sánchez volvió a la cabeza del PSOE y culmina el giro que ha justificado, desde el primer momento, la negativa a pactar con el PP y con Ciudadanos un gobierno ante la situación catalana. Obligará a un equilibrio complejo entre una demagogia discursiva y gestual, muy apoyada en lo simbólico y las guerras culturales, y unas medidas que habrán de tener en cuenta los estrechos márgenes marcados por la Unión Europea y la “economía social de derecho” que el propio Sanchez invocó en su discurso.

Los nacionalistas catalanes, por su parte, han logrado imponer algunos elementos que requerirán una habilidad aún mayor. Ya están reconocidas las identidades nacionales dentro de España y se apela a un federalismo que afecta a España (en un sentido descentralizador) y a la Unión Europea (en otro centralizador). El candidato ha hecho suya también la bilateralidad, y la igualdad entre los gobiernos catalán y español. Son realidades, no ya promesas, que el independentismo catalán le va exigir sin tegua durante toda la legislatura que viene. Con el PNV en los talones, Sánchez va a tener que atender a socios sumamente exigentes, en un terreno que muchas veces estará más allá de las fronteras que impone la Constitución, por mucho que el nuevo socialismo se empeñe en llamarla marco legal o seguridad jurídica.

En el fondo, detrás del proyecto de una España confederal y social, lo que une a esta coalición es una fobia compartida: a la derecha, con la que el progresismo español es incapaz de dialogar ni siquiera cuando lo que está en juego es la propia nación, y a la idea de nación española, sólo aceptable si se somete a una transformación radical. Entramos en terreno inédito, con el Presidente al frente de un Gobierno sometido a demandas contradictorias. Pedro Sánchez no lo va a tener fácil.