La fecha sagrada (y cutre)

El once de septiembre es, en Cataluña, el día que anualmente los nacionalistas quieren consagrar, como fecha sagrada, a sus hiperbólicas ambiciones. Como tal, intentan siempre envolverlo en un aire épico; es decir, se esmeran en excitar días antes supuestos agravios y cierto falso heroísmo de opinión un poco de estar por casa. A pesar de ello, los catalanes sabemos perfectamente que este va a ser el año de la Diada cutre. No solo por la lógica desvitaminación de rimbombancia que provoca el coronavirus, sino porque aparecen por todas partes claros indicadores objetivos de ello. Un ejemplo perfecto es el programa top del sábado por la noche en TV3, la emisora regional catalanista. Los independentistas que la dirigen intentan desesperadamente hacer propaganda hasta en esa franja del descanso dominical y no se les ha ocurrido nada mejor que inventarse una especie de «Sálvame de Luxe» político cutre que se llama «Preguntas frecuentes». Por supuesto, ellos te dicen cuales han de ser las preguntas y te las contestan al empezar, desde un bonito gran panel en el plató, para decirte lo que has de pensar. Baste decir que sale cada dos por tres Pilar Rahola haciendo de Revilla. Las presentadoras se parecen a Jorge Javier Vázquez –o al menos intentan imitarlo– solo que peor vestidas. La obsesión del independentismo es superar ese look de eructo excursionista que le lastra desde hace siglos, pero por más que intentan lograr el separatismo chic lo que les termina saliendo siempre es la moderna de pueblo. Este fin de semana salió la ex-consejera de Cultura de la Generalitat de Cataluña (recién destituida por sus propios compañeros independentistas) mostrando desairada unas fotos de como brindaba con sus hijos para celebrar el despido. Las imágenes tenían esa cutrez de «Gandia Shore» o de «Mujeres, hombres y viceversa». El peinado de la ex-consejera era como si viniera de tomar café con Doña Carmen Polo de Franco y el diálogo que entabló con la presentadora fue el ejemplo más depurado de diálogo para besugos que he presenciado. La presentadora le decía que, siendo tan importante, algún asuntillo debía saber y la otra le contestaba que como esas cosas ya las había contado en otros programas no venía allí para decir nada. En resumen, la entrevista más psicodélica de dos protagonistas dignas de Tim Burton. Visualizaban así la enorme y sañuda pelea que se ha dado entre los propios independentistas los últimos días, con teatrales rupturas de carnet, destituciones de consejeros afines, guerra fratricida de poder por el cada día más limitado pesebre separatista y una división tan rencorosa que les ha llevado entre ellos a decirse que se verían en los tribunales por un nombre. ¿No eran estos los partidarios de la desjudicialización?

Con ese panorama, cuando dentro de tres días nos digan que van a ir todos unidos a la Diada, las carcajadas se van a oír desde la estratosfera. ¿Por qué los catalanes tenemos que hacer últimamente siempre el ridículo de una forma tan penosa? Hablar de concentraciones de cincuenta mil personas en el momento de rebrote general de una pandemia mundial es hacer el panoli de una manera espantosa. Piensen que toda Europa y el mundo nos está mirando por primera vez de una manera simultánea, aunque solo sea para preguntarse cómo hemos podido hacer tan mal la gestión del Covid. La HBO americana calificaba el partido Atalanta-Valencia como una bomba epidémica. Si ahora hacemos desfiles en plena pandemia, la Diada conseguirá de nuevo aquel titular de la prensa satírica francesa que dijo que los catalanes teníamos el dudoso record europeo de ser más idiotas que los corsos.