El pésame de Sánchez por el «alumno» de «Txeroki»

Igor González, el terrorista que se suicidó en la cárcel, formaba parte de una célula que iba a asesinar en Guipúzcoa a agentes de la Policía y Guardia Civil

«ETA seguirá ejerciendo la lucha armada mientras no se reconozca la soberanía de Euskal Herria como nación». Y se negó a declarar en la Audiencia Nacional al considerar a este tribunal «español y fascista».

En la banda le apodaban «El Enfermo». Igor González Sola hubiera pasado a la siniestra historia de ETA como un criminal más, en este caso con la variante de haberse suicidado en su celda de la cárcel donostiarra de Martutene, si el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no hubiera lamentado profundamente su muerte, en un gesto claro, uno más, de acercamiento a Eh Bildu, los sucesores de HB.

Es de esperar que Sánchez no actuara movido por las advertencias lanzadas por la formación de Arnaldo Otegui, que, formalmente, a través de su «mesa nacional», señaló que el suicidio era «consecuencia directa de la aplicación con carácter excepcional de una política penitenciaria basada en la venganza y en la crueldad» y que «el silencio de algunos en torno a este hecho es harto elocuente sobre su sinceridad en el discurso en defensa de los derechos humanos. El silencio es complicidad». Desde luego, lograron romper ese silencio.

Los motivos del suicidio de González no se han dado a conocer y, aunque se trate de un penado, se debe mantener su derecho a la intimidad. En cualquier caso, puede interpretarse como una muestra del desengaño que han sufrido y sufren muchos etarras ya que, después de haber militado largos años en la banda, no han visto logrados sus objetivos de «independencia y socialismo». De hecho, según fuentes de la disidencia etarra, este individuo había abandonado el llamado Colectivo de Presos Políticos Vascos (EPPK), al que pertenecen los que mantienen dentro la disciplina.

Lo que probablemente no sabía el jefe del Ejecutivo es que González, que en sus tiempos de pistolero se apodaba «Lukas», formaba parte del grupo de etarras que dirigía uno de los cabecillas más peligrosos, y, a la vez más torpes (aquel hachís que le encontraron el día de su detención...). Era Garikoitz Azpiazu, «Txeroki», que se dedicó a organizar varios «comandos» para sembrar de atentados España.

La historia de González en ETA se inició, como la de tantos otros, en la llamada «kale borroka», el terrorismo callejero. Los más aguerridos, los más dispuestos a colocar bombas en cajeros o lanzar cócteles molotov a las Fuerzas de Seguridad, eran reclutados por la banda.

El Cuerpo Nacional de Policía se empeñó en una investigación minuciosa y de seguimiento de estos individuos, que se complementó con el desciframiento de los llamados «papeles de Susper» (Ibon Fernández Iradi), en los que figuraban los nombres de decenas de personas captados o a punto de serlo. Fue una labor de años, que dio sus frutos. A la célula, formada por «Txeroki» le pusieron de nombre «Amaiur» y la integraban, además del suicidado, Iker Olabarrieta Colorado y Carmelo Laucirica Orive. El grupo se formó el 27 de febrero de 2005, cuando llegaron de Francia Laucirica y Olabarrieta y se juntaron con González, que se incorporó al grupo cuatro días antes de su desarticulación por la Policía Nacional. Aportó un subfusil, un destornillador habilitado para robar coches y, como no, sus ganas de matar, ya que tenían entre sus objetivos a miembros de las Fuerzas de Seguridad, militares y funcionarios de prisiones.

Todo esto se lo podría haber contado al presidente del Gobierno el que entonces era ministro del Interior, José Antonio Alonso, un gran ministro ya fallecido, aunque probablemente no habrá valido de nada. En cualquier caso, hay que reseñar, para destacar el mérito de los agentes, que la célula etarra fue desmantelada antes de que pudiera cometer ningún atentado. Igor González se negó a prestar declaración ante la Policía, aunque sí lo hizo Olabarrieta por lo que se conocen los detalles de la formación del «comando». Fue «Txeroki» el que adiestró a la célula con un curso de utilización de pistolas, subfusiles y temporizadores (para programar el momento de la explosión de las bombas).

A finales de enero de 2005 un cabecilla de la banda se presentó en la vivienda de Francia donde se escondían y les comentó que iban a ir a Guipúzcoa a hacer unas informaciones sobre los cuarteles de Loyola y de Inchaurrondo, ambos en San Sebastián; les entregó 2.500 euros y les fijó una «hitzordu» (cita) para recoger a un tercer miembro del talde (comando) en el parking del Hipódromo de Lasarte. Se trataba de González Sola que debía llevar en la mano una lata de Coca-Cola; le tenían que preguntar como contraseña, «qué pasa Lucas».

La Audiencia Nacional les condenó a penas de entre 21 y 29 años de cárcel. En la sentencia, la sección tercera de la Sala de lo Penal impuso 29 años de cárcel a Carmelo Laucirica Orive por los delitos de pertenencia a banda armada, depósito de armas, tenencia de explosivos y falsedad documental con finalidad terrorista; y 21, a Igor González Sola e Iker Olabarrieta Colorado. Los tres reconocieron su pertenencia a ETA, de la que dijeron sentirse «muy orgullosos».