La tensión Sánchez-Casado acaba con el diálogo de Estado

Solo se mantienen los puentes para la renovación del CGPJ, pero no se abordan la pandemia ni temas de inmigración

Montaje fotográfico de las intervenciones del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y del líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso
Montaje fotográfico de las intervenciones del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y del líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso EUROPA PRESS/E.PARRA. POOL

La falta de diálogo entre Gobierno y PP no sólo afecta al ámbito de la relación entre Pedro Sánchez y Pablo Casado, que es lo que resulta más llamativo y da más juego mediático y también político, ya que luego cada parte lo utiliza para consumo de su tropa. De hecho, en sus respectivos entornos se dan hasta versiones distintas de sus últimas comunicaciones y de quién es el responsable de que éstas no funcionen. De hacerles caso, podría abrirse hasta el inútil debate de si contestar por SMS a una llamada puede interpretarse como que no ha habido respuesta, o sí, al intento de comunicación.

Pero el problema serio está en la ausencia de contactos sectoriales entre el Gobierno de coalición y el PP, que ha llegado a tal extremo que, prácticamente, puede hablarse de ruptura de relaciones. Los hechos que confirman una y otra parte así lo acreditan, ya que, en estos momentos, con crisis de Estado tan importantes como la de la inmigración o la de la situación del Rey emérito Don Juan Carlos, más allá de la gestión de la pandemia, el Ejecutivo y el principal partido de la oposición apenas mantienen en funcionamiento el canal de diálogo sobre la renovación del Poder Judicial. Con sus tiras y aflojas en público, y las interesadas versiones opuestas que se cruzan, aquí sí hay interlocutores que están dispuestos a insistir en esa vía entre Justicia y la dirección del partido. Aunque en Génova precisan que ahora mismo ya ni siquiera están hablando del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Y ahí se termina todo. Ya no son diferencias políticas, sino también personales, de confianza, las que han acabado cortocircuitando los necesarios canales, al menos de diálogo, que debe haber siempre entre el Gobierno y líder de la oposición. Unidas Podemos puede atribuirse parte del mérito. Pero, en realidad, en los entornos del presidente del Gobierno y del jefe de la oposición se advierte de que, con o sin Pablo Iglesias de por medio, los dos acumulan afrentas personales que trascienden lo político e invalidan cualquier perspectiva de simple diálogo. Por el lado de la derecha, Vox también actúa como un elemento distorsionador, pero, aun así, si Sánchez y Casado «tuvieran ese compromiso de Estado, encontrarían la manera de salvar las presiones», sostienen desde la Mesa de Congreso, órgano de dirección de la Cámara Baja.

La tradición de todos los Gobiernos que antecedieron al primer Gobierno de coalición es que, incluso en los momentos de mayor tensión entre Moncloa y el principal partido de la oposición, estuviera blindada la interlocución entre «fontaneros» del más alto nivel para las grandes cuestiones de Estado, como la política europea, las relaciones internacionales, las crisis migratorias o la Corona, por ejemplo. Por ser honestos, hay que precisar que la tradición ya se fue rompiendo en la etapa de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy, pero sin llegar hasta estos niveles.

En la actualidad, en estas políticas críticas, que deberían trascender la ideología del Gobierno coyuntural para convertirse en respuestas de Estado, sobresale la situación del Rey emérito, con sus derivaciones en la institución de la Corona, o la negociación europea sobre los fondos de reconstrucción, de los que depende el futuro no de esta generación de políticos, sino de varias generaciones de españoles.

Sin embargo, cada parte, por intereses de partido distintos, ha dejado que el diálogo se pudra hasta diluir por completo las políticas de Estado en el marco de esta especie de modelo cuasi federal, al que el Gobierno de coalición ha derivado la gestión de la pandemia y de todas sus consecuencias sanitarias, sociales y económicas.

Mientras, en el Parlamento el PP pretende ahora abrir canales de diálogo propios con algunos de los socios del Ejecutivo de coalición para intentar tejer acuerdos que rompan el bloque de la mayoría de investidura. En esta exploración de acercamiento se quedan fuera EH Bildu y los diputados de Carles Puigdemont.

Pero la aspiración del PP es encontrar puntos de conexión en votaciones concretas con otras formaciones para disolver la idea de que están encajonados en un alineamiento inflexible con Vox. Es un objetivo difícil ante la firme voluntad del PSOE y de Unidas Podemos de reforzar la alianza de izquierdas, con nacionalistas e independentistas. La pieza que más baila, el PNV, siempre encontrará en la negociación de tú a tú con Moncloa la justificación para anteponer sus «conquistas» materiales a las diferencias ideológicas con los socios del vicepresidente, Pablo Iglesias.

La anterior portavoz parlamen taria del Partido Popular, Cayetana Álvarez de Toledo, abnegó las negociaciones sectoriales parlamentarias en todos los ámbitos. En esta nueva etapa, el objetivo es otro, a sabiendas de que todos los elementos están en contra porque el Gobierno tiene a su alcance el principal instrumento para boicotear negociaciones paralelas, el Boletín Oficial del Estado (BOE).

Además, en este intento de acercamiento a otros partidos sólo caben las cuestiones económicas y sociales porque en lo que toca a la reconfiguración del modelo territorial la cercanía entre la izquierda de Iglesias, nacionalistas e independentistas no deja ningún espacio vacío.