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Marchena, el juez con nervios de acero

Era el juicio más difícil de su carrera y le ha aplicado la disciplina castrense que lleva en su ADN para no caer en las provocaciones.

  • El juez del Tribunal Supremo, Manuel Marchena
    El juez del Tribunal Supremo, Manuel Marchena /

    Efe

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Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

13 de junio de 2019. 11:44h

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Pilar Ferrer Madrid. 13/6/2019

Ha sido el juicio más intenso, polémico y mediático de toda su carrera. Muchos piensan que Manuel Marchena Gómez era también el más indicado para presidirlo por su carácter sereno, a la vez que enérgico. Es poco conocido en su biografía, pero el magistrado que ya hace historia por presidir la Sala juzgadora del «procés» lleva inscrito en su ADN la formación y disciplina castrenses. Su padre, un alto militar de la Legión, siempre quiso que su hijo ingresara en el Ejército, pero a Manolo, desde su infancia, siempre le gustaron el Derecho y las leyes por encima de todo. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, cursó sus primeros estudios en el Instituto General Alonso de El Aaiun (Sáhara), donde su progenitor estaba destinado, y el Colegio San Ignacio de Loyola de la isla canaria. Los jesuitas vieron en él un chico de gran valía, muy estudioso, con fuertes convicciones, por lo que le enviaron a la cuna docente de Deusto para licenciarse y volver de nuevo a la Universidad de La Laguna para doctorarse. Compañeros de entonces le definen como un joven tímido, reservado y con un profundo sentido del rigor jurídico.

Esta personalidad se ha impuesto a lo largo de cinco meses, cincuenta y dos sesiones, quinientos testigos y momentos de enorme tensión en la Sala del Tribunal Supremo. Erigido en su alto sillón de presidente, rodeado de sus seis compañeros jueces, Manuel Marchena no titubeó un segundo: «Es un magistrado que no se amilana». Esta definición de no achantarse ante provocaciones es unánime en veteranos juristas, magistrados, fiscales y otros miembros del Tribunal Supremo sobre un hombre convertido en la figura visible de un juicio ya visto para sentencia. Considerado una «bicha» difícil de roer para los independentistas, un juez imbatible e inalterable para los abogados defensores, y un gran equilibrista entre la Fiscalía y la Abogacía del Estado. «Nunca perdió los nervios», aseguran letrados, periodistas y testigos.

Un juicio grave, histórico, con ríos de tinta y repercusiones políticas y mediáticas como nunca se recuerda en el Supremo. Seis hombres y una única mujer, la magistrada Ana Ferrer, con quienes en algún momento de receso departía en privado en una salita contigua. A veces, la crispación era enorme, bajo el mitin político de los presos juzgados, exaltados y casi místicos como Oriol Junqueras o Jordi Cuixart, algo más moderado Joaquim Forn, y casi suplicante Carme Forcadell en su papel de abuela.

Momentos muy tensos como los inéditos testimonios de Rajoy, Sáenz de Santamaría o Zoido, ante los que Manuel Marchena impuso sus límites a los defensores para que solo preguntaran lo planteado por las partes y de ningún modo entraran en una discusión. Otros como las soflamas separatistas de Joan Tardá o los miembros de la CUP, Antonio Baños y Eulalia Reguat. Y muchísima tensión con las testificales de los altos mandos policiales que advirtieron a la Generalitat del riesgo de violencia. La sombra de la rebelión invadía la Sala, los defensores se agitaban y Marchena les paraba los pies en seco. «No ha lugar en este procedimiento», insistió varias veces. Todos los presentes en este largo juicio coinciden en que las defensas se ciñeron a un discurso ideológico, politizado, en busca del titular mediático, pero Marchena aguantó. «Se le pudo ir de las manos y lo controló perfectamente», dicen abogados con experiencia en el Supremo.

Los presos independentistas cambiaron su estatus durante el juicio y pasaron a ser diputados y eurodiputados. Fue un momento muy delicado, nunca visto, en el que Marchena debatió con el resto de los jueces su permiso de salida para acudir al Congreso y recoger el acta parlamentaria. «Fue plenamente garantista», afirman varios juristas, aunque para otros el Tribunal se mostró demasiado permisivo.

En su esfera personal, Manuel Marchena ha tenido en estos meses una buena noticia: su hija Sofía es ya una joven fiscal en Baleares, con destino en Ibiza. Una chica estudiosa, con muy buenas notas, que ha seguido los pasos de su padre en la carrera fiscal, de lo que se muestra muy orgulloso. En los ratos libres en que no hubo sesiones se dedicó a sus dos grandes pasiones, la ópera y la natación. Marchena es un melómano empedernido, abonado fijo en el Teatro Real, donde acude a menudo, y nada casi a diario en un club deportivo de Madrid. También se le ha visto discretamente en la Feria del Libro y, como avezado lector, adquirió varios ejemplares. Es un hombre culto, reservado y afable, que se propuso encarar este juicio con sosiego. «Lo ha hecho de perlas», dicen algunos compañeros jueces, quienes reconocen momentos muy duros y de gran provocación en la Sala.

De carácter insular, como dicen en su tierra canaria, tranquilo y bien formado, es un juez «muy pegado a la realidad». Ha viajado algún fin de semana a la casa familiar de La Laguna, donde se recoge cuando puede, habla con los paisanos y se patea la calle. Intelectual profundo, es autor de un centenar de publicaciones y ensayos jurídicos. Dicen sus colaboradores que escucha mucho y habla poco, aunque en este complejo juicio contra el «procés» ha demostrado que no le tiembla el pulso.

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