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Trapero: de villano a mártir separatista

El ex Mayor de los Mossos ha pasado en un año de estar en el punto de mira por errores ante los atentados a ser referente soberanista

  • El ex Mayor de los Mossos, José Luis Trapero, cuando fue a declarar a la Audiencia/Foto: C. Pastrano
    El ex Mayor de los Mossos, José Luis Trapero, cuando fue a declarar a la Audiencia/Foto: C. Pastrano

Tiempo de lectura 8 min.

11 de agosto de 2018. 23:30h

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Pilar Ferrer 11/8/2018

Pasó de ser un desconocido prácticamente para la opinión pública al mediático portavoz de los Mossos d´Esquadra durante los atentados del 17-A. La vida de José Luis Trapero Álvarez ha cambiado mucho en este año convulso. Procesado por la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por delitos de sedición, su gestión en esos días de barbarie criminal fue altamente discutida. Una nube de sombras se cierne sobre aquellos momentos, y así lo atestiguan los magistrados de la Sección Segunda de la AN que llegaron a acusarle de dejación en los graves incidentes acaecidos ante la Consejería de Economía. Las dudas sobre la explosión de Alcanar, donde los terroristas mueren por manipulación de artefactos, el abatimiento de su furgoneta en Cambrils, y los últimos datos que afloran en el sumario sobre información acerca del imán de Ripoll, padre auténtico de la célula asesina, planean sobre la figura de un hombre controvertido, admirado por unos, denostado por otros, y a quien ahora los independentistas quieren convertir en un auténtico mártir del «procés».

Un cambio radical en un año, dado que cuando Trapero testificó ante la juez Carmen Lamelas, desvió toda su responsabilidad al entonces consejero de Interior, Joaquím Forn, hoy preso en una cárcel catalana. «Soy un buen policía y cumplí órdenes de mis superiores», aseguró, según consta en el Sumario. Ello enfureció al mundo soberanista, acusando de deslealtad, incluso de «traidor» en opinión de los «halcones» de Puigdemont y los antisistema de las CUP, a quien ahora desean convertir en un héroe. Según ha sabido este periódico, el propio Puigdemont ha dado instrucciones a su núcleo duro para que la figura de Trapero, junto a la de Forn, sean utilizadas en las manifestaciones del 17-A al 1-O, con la Diada del 11 de septiembre incluida. Una directriz seguida al pie de la letra por la ANC y Omnium Cultural, que pretenden empapelar las calles de Barcelona con sus retratos. «Servidores públicos catalanes frente a la represión de España». Este es el lema de la ANC, Omnium y los independentistas para el 17-A, con el que buscan paralizar las principales arterias de Cataluña y, según ellos, «concienciar al turismo extranjero».

Las lagunas enormes de la gestión de Trapero durante los atentados como Mayor de los Mossos, sus declaraciones escapatorias ante la juez de la Audiencia Nacional, y los nuevos datos del Sumario que le imputa por sedición y hasta pertenencia a organización criminal, quedan ahora disfrazados por el perfil de todo un mártir de la causa separatista. «Libertad y seguridad frente al Estado opresor», rezan los lemas del bloque soberanista, auspiciados por el fugitivo Puigdemont que, además, pretende formalizar desde Waterloo un acto de reivindicación independentista y fundacional de su nueva formación, la Crida Nacional, en detrimento del PDeCAT.

Sin embargo los Mossos han pedido mantener a Trapero al margen del debate político y él mismo comunicó al Cuerpo su voluntad de que «no se haga un uso público de su imagen».

Pendiente de juicio tras su procesamiento por la AN, y cesado de su cargo como Mayor en virtud del artículo 155 aplicado por el gobierno de Rajoy, lleva según su entorno «una vida de cartujo». Fumador empedernido como su padre, lo dejó hace años por una infección dental, pero dicen que ahora ha vuelto al tabaco por la tensión acumulada. «Con mal genio, avinagrado y dolido por su cese». Así definen el actual estado de ánimo de Trapero Álvarez, el hombre de mayor poder en la policía catalana, los escasos amigos que le tratan. Un policía retador, díscolo en este conflicto, que se negó a estar presente en reuniones oficiales del Estado y a colaborar con sus Fuerzas de Seguridad. En aquel 1-O, cuya consulta permitió impasible, siempre permaneció atrincherado en su despacho en único contacto con sus dos superiores directos: el director general de la Policía Autonómica, Pere Soler, un abogado avergonzado de España, ahora fuera de juego por dimisión propia, y el consejero de Interior, Joaquín Forn, encarcelado.

El sucesor de Puigdemont como presidente de La Generalitat, Joaquim Torra, le ofreció volver al cargo de Mayor de los Mossos, una vez abolido el 155, pero él lo rechazó. El hijo de Lino y Luisa, un matrimonio de «charnegos» de Valladolid afincados en Santa Coloma de Gramanet, siempre fue un tanto hosco, distante y desconfiado. Forjó su carrera bajo el mando de dirigentes de Unió Democrática. Su principal mentora en el Cuerpo fue la democristiana Nuria Aymerich, directora del Instituto de Seguridad Pública de Cataluña. Allí entablaron una buena amistad, fue profesor y llegó a comisario jefe. Sus alumnos le recuerdan como un hombre «antipático, reservado y disciplinado». Además, destacan su lealtad con Aymerich cuando sufrió la denuncia de un grupo de alumnos hacia las pruebas de selección. Él y sus compañeros de promoción siempre defendieron la ortodoxia de los exámenes de acceso, duros y rigurosos para lo que califican de «excelente preparación». Su estrecha relación llevó a la directora a proponerlo como Mayor de los Mossos al entonces consejero de Interior Ramón Espadaler. El cargo había quedado vacante, pero la política se cruzó. Eran tiempos de soterrada tensión entre Convergència y Unió dentro de la Federación nacionalista bajo la presidencia de Artur Mas. Espadaler y Aymerich defendieron su idoneidad para ser Mayor, pero los convergentes maquinaron en contra. El puesto siempre estuvo en manos de Convergència. Mas se inclinó por otro candidato y, según compañeros de la época, Trapero maquinó para que Espadaler le nombrara comisario jefe de los Mossos. «Soy un policía pata negra», afirman que decía. Pero sus veleidades soberanistas cambiaron su destino.

Bastante tímido, husmeaba todos los rincones por el barrio de La Guinardera, donde se crió y vivió, obsesionado con el orden y la vigilancia. Los vecinos recuerdan cuando Jordi Pujol visitó el pueblo y Trapero se acercó al «Molt Honorable» para reclamar asfalto en sus calles. La petición se cumplió y fue elegido portavoz de la comunidad de vecinos. «Era autoritario, sin admitir un no por respuesta», dicen. Algo que practicó como Mayor de los Mossos, donde ha emprendió una auténtica «caza de brujas» contra los agentes que deseaban colaborar a hurtadillas con Policía Nacional y Guardia Civil para desmontar la maquinaria oculta del referéndum. Apasionado de la naturaleza y los animales, se licenció en Derecho y quiso estudiar Biología, pero entro en la Escuela de Policía de Cataluña. «Le gustaba mucho vigilar», dicen sus ex vecinos.

Cuentan que incrementó su perfil soberanista influido por «amistades peligrosas» como Pilar Rahola, Joan Laporta y Puigdemont. En su entorno lo niegan, aunque su número de promoción de Mosso, 1.899, coincide con la fundación del Barça. La famosa foto de la paella en Cadaqués, en casa de Rahola con Laporta y Puigdemont, no le hizo gracia, dada su aversión a la publicidad. Acudió invitado por Rahola, a quien conoce de sus veraneos en Cadaqués. Es un forofo de las baladas de Serrat y tocaba la guitarra de joven. En su círculo personal opinan que fue un servidor obediente, otros le acusan de desleal. El antaño desafiante de la ley, hoy es el nuevo mártir del «procés».

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