Irene Montero, un cuadro de bifrontismo

Irene Montero, criaturica, que venía tan contenta con su maletín de la Señorita Pepis y sus pantalones estampados, arreglá pero informal, a formar parte de un gobierno de progreso y a encabezar y protagonizar la gran revolución morada de este siglo (y de todos los siglos), a salvar a las mujeres (a todas), y le acaba de pasar por encima una pandemia mundial dejándola aturdida y desnortada.

rene Montero, criaturica, que venía tan contenta con su maletín de la Señorita Pepis y sus pantalones estampados, arreglá pero informal, a formar parte de un gobierno de progreso y a encabezar y protagonizar la gran revolución morada de este siglo (y de todos los siglos), a salvar a las mujeres (a todas), y le acaba de pasar por encima una pandemia mundial dejándola aturdida y desnortada.
rene Montero, criaturica, que venía tan contenta con su maletín de la Señorita Pepis y sus pantalones estampados, arreglá pero informal, a formar parte de un gobierno de progreso y a encabezar y protagonizar la gran revolución morada de este siglo (y de todos los siglos), a salvar a las mujeres (a todas), y le acaba de pasar por encima una pandemia mundial dejándola aturdida y desnortada.larazon.es (nombre del dueño)

Irene Montero es como una señora mayor desorientada a la salida de un bingo. No sabe muy bien si antes de cantar línea iba a la compra o volvía, si llevaba carrito o bolsa, si la esperan en casa para comer o si la atendían en una residencia. Está desubicada. Como un punky en el Baile de la Rosa. Como Paloma Cuevas en los baños de una estación de autobuses. Como una noviadé a los mandos de un ministerio de cartón piedra.

Irene Montero, criaturica, que venía tan contenta con su maletín de la Señorita Pepis y sus pantalones estampados, arreglá pero informal, a formar parte de un gobierno de progreso y a encabezar y protagonizar la gran revolución morada de este siglo (y de todos los siglos), a salvar a las mujeres (a todas), y le acaba de pasar por encima una pandemia mundial dejándola aturdida y desnortada.

Ella, que estaba supercapacitada y megapreparada para dirigir un ministerio de Pin y Pon, con sus vídeos cuquis y sus murales y sus poesías y sus tweets y retweets y trendingtopics, o como se llamen las cosas esas de influencers en apenas 280 caracteres. Que nos había conseguido en exclusiva a todas las mujeres derechos que ya teníamos, tías, mediante una ley que no había pasado la ITV, o sea.

Irene, que ha vuelto de su cuarentena como volvería a la cocina un niño de cinco años al que le han quitado el tarro de las galletas de chocolate hace tres minutos: A por más galletas. Sin haber entendido por qué se las han quitado, por qué no puede comer doscientas de golpe. Sin atender a razones.

Ha vuelto como si esta crisis sanitaria no fuera más que un complot, machista y ultraderechista, para eclipsar su momento de gloria. Para fastidiarla a ella. A ella y a su cáfila de hiperglucémicas activistas del club de cupcakes Paseo del Prado Dieciocho.

Tengo que reconocer que tienen algo de hipnótico sus advenimientos televisivos. Ese ceñito fruncido, ese gesto afectado, el tono didáctico. Es fascinante verla echar balones fuera, decir sin sonrojo “hicimos lo que nos dijeron las autoridades” cuando le preguntan por las manifestaciones del 8M, olvidando que “las autoridades”, ahora, son ellos, que ahora tienen responsabilidades. Me enternece, casi, el esfuerzo que pone en el desdoblamiento léxico, tan necesario y determinante en la lucha contra la violencia de género en este puñetero instante. El empeño por arrastrar algo, lo suficientemente grave por sí mismo, hacia su terreno, para que no nos demos cuenta (malas noticias, ya lo hemos hecho) de lo innecesario de su labor en estos momentos.

Me dan ganas de abrazarla cuando se le olvida que es ministra (se le nota en la mirada) y se comporta como la activista universitaria que es, cuando hace oposición a la oposición porque se le olvida que es la oposición la que hace oposición al gobierno. Es más, es capaz de hacer oposición al gobierno siendo parte del gobierno. Como Sor María Jesús de Ágreda, Irene Montero tiene el don de la bilocación. Puede estar en misa y repicando. Ser ninfómana y romántica.

¿De verdad es tan difícil reconocer que se equivocaron, que con la información que tenían desde hacía días lo más recomendable, lo más responsable, habría sido suspender la manifestación del día 8? Ni siquiera es que pidamos que admita que no quería renunciar a su baño de masas, a su fiesta grande, a su beso en la frente brutalista. ¿Qué más da lo que hicieran los otros? Es que si yo me pongo nerviosa, no quiero ni imaginar cómo estará su madre. Me la imagino gritándole a la tele un muy español “¿Y si los demás se tiran por un puente tú también te tiras?”, eso tan de madre, mientras la niña repite como un lorito, una vez tras otra delante de toda España, que ese fin de semana mucha gente fue a eventos deportivos y culturales. Me imagino a esa pobre mujer metiendo la cabeza detrás de un cojín, muerta de vergüenza, cuando la niña dice sin rubor que criticar la no suspensión de esa manifestación es atacar a las mujeres.

Porque, ojo, criticar cualquier cosa que haga la niña Montero, asintomática e irresponsable, es machismo. Cualquier objeción a su gestión es un ataque a las mujeres. Un complot juedomasónico, una confabulación interestelar, la ultraderecha intrigando a todo lo que da la máquina.

Vuelvo a lo de su bilocación existencial: pedir unidad y no hacer partidismo mientras te dedicas a culpar y señalar, a separar y hacer partidismo. Vaya tela.

La culpa es nuestra, reconozcámoslo. Que le estamos pidiendo más de lo que nos puede dar. Irene Montero, como diría Mecano, es un cuadro de bifrontismo que solo da una faz. Y nosotros aquí, pidiendo tridimensionalidad.

Seamos realistas. A la niña Montero, a estas alturas de la película, ya ni siquiera deberíamos pedirle responsabilidad, rigor o eficacia. Ya solo le deberíamos pedir, rogar en realidad, que no entorpezca. Por lo que más quiera.