Rocío Jurado: El antes y el después de su muerte

A solo doce años de su inesperada y trágica muerte, el clan familiar ya no existe

Imagen de archivo del 9 de mayo de 1991 de la cantante Rocío Jurado durante su actuación el programa de TVE "Viva el espectáculo".

Increíble. No se ha visto nada igual, se hacen cruces y hasta rosarios de diez estaciones: a solo doce años de su inesperada y trágica muerte, el clan familiar ya no existe. Recuerdo cómo ella peleó para evitarlo, siempre con el dinero por delante, porque eran de armas tomar y sabían lo que había y recibirían. Aunque parecía irrompible y sin ningún problema, el tiempo –no tanto, no tanto, qué lástima– demuestra que solo los obligaba el respeto y devoción por la quien su hermano Amador –”Amadó” le llamaba ella tan andaluza– tenía por segunda madre. La auténtica “mamma”, Rosario, se fue muy pronto dejando recuerdo inolvidable además de tan aupada descendencia. Nadie esperaba semejante desenlace a lo que parecía que era un clan.

Su nativa Chipiona –”Sipiona” para la cantante– cobró protagonismo equiparándose en artisteo a Sevilla o Málaga. Nadie les tosía, era a fin de cuentas la cuna de “las más grande”, que, sin embargo, apenas cuajó en la América española salvo incursiones esporádicas y poco prolongadas en México, Miami y Puerto Rico, desde donde hacía televisión para los canales de allá. Es muy buena su versión azteca de “Ya no te sientas sola y triste”. Yo conservo como reliquia aquel 45 revoluciones y mis recuerdos de cuándo y cuánto la seguía mundo adelante. Me impresionaba la cantidad de postales religiosas que Rocío ponía en el camerino. Era un santuario como el de los toreros, ¡bendito sea Dios! Su secretario y confidente Juan de la Rosa –en realidad, López de la Rosa– reposa en un nicho alto inmediato desde donde domina el sepulcro de su idolatrada. Aquello es historia, un nostálgico y superado recuerdo.

Rosa Benito y Amador Mohedano en una imagen de archivo

La actualidad es bien diferente y nos ofrece a una familia rota desde que Rosa y Amador rompieron su matrimonio. Recuerdan cómo la Mohedano chillaba desaforada, y está televisado ese retratador testimonio, con un “¡te arrastro!” agresivamente dedicado a su ex. Tristísimo o de vodevil. Lo malo hoy es que conservan casas en Chipiona, que precisamente no es Nueva York ni París, y cuidan y evitan no coincidir en el restaurante de El Cojo, primo de la cantante, o yendo devotas hacia el Santuario de Regla tan a la orilla del mar. Rocío Carrasco abrió el frente rupturista, quizá porque era las más harta de aparentar o necesitaba contar lo que realmente había y que no era más que vida-ficción. Hoy no existe ninguna relación.