De Cayetana a Carlos Fitz-James: Los Alba se van de boda

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Casar, tener descendencia y perpetuar en el tiempo la memoria de los hechos, las glorias y el patrimonio material e inmaterial de una casa nobiliaria como la de Alba de Tormes, es especialmente relevante y una gran responsabilidad. A lo largo del pasado siglo y en el presente muchos han sido los enlaces de los miembros de esta conspicua familia que muchos, a través de los medios de comunicación, ven casi como propia.

Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, duque de Alba, además de ministro, embajador, procurador en Cortes y académico, perdió pronto a su mujer María del Rosario de Silva y Gurtubay, llamada “Totó” en familia, a la que sacaba veintidós años y con la que se había casado en 1920 en la embajada de España en Londres. Con el tiempo él mismo ocuparía esa embajada, en la nación de la que provenía su linaje. Rosario, gran dama retratada por Zuloaga, era por derecho propio marquesa de San Vicente del Barco e hija del Duque de Híjar. Dejó huérfana a su única hija Cayetana al morir tuberculosa a los treinta y tres años. La entonces pequeña e irrepetible duquesa Cayetana pasó por el altar en tres ocasiones y ninguna después de anulación matrimonial sino tras enviudar de sus dos primeros maridos. El primero, Luis Martínez de Irujo y Artázcoz, era hijo de los Duques de Sotomayor, y el acontecimiento tuvo lugar en 1947 en el altar mayor de la catedral de esa Sevilla adorada por la duquesa, y en cuya Iglesia de los Gitanos acabaría siendo sepultada. Ella era aún duquesa de Montoro, título que luego llevaría su hija Eugenia. Hasta entonces, sólo la infanta Doña Esperanza, hermana de la Condesa de Barcelona, y la reina María de las Mercedes, primera esposa de Don Alfonso XII, se habían casado allí.

Cayetana de Alba, el día de su boda con Luis Martínez de Irujo

El entonces Duque de Alba, Jimmy Alba, como era llamado, representaba al padrino, que era el Conde de Barcelona, lucía uniforme de maestrante de Sevilla y tenía el pecho cuajado de condecoraciones -collares, como el del Toisón de Oro y el de Carlos III, placas y veneras-, con ese porte de enjuto caballero español con cierto resabio británico, fruto de su ascendencia Estuardo. Huérfana como era, la madrina de la fue la Condesa de Barcelona, representada por la Duquesa de Almodóvar del Río. El día elegido era muy significativo: un 12 de octubre, fecha que para los españoles e hispanoamericanos -que es otro modo de ser español- tiene resonancias de hermanamiento entre dos mundos. El peso de la tiara de perlas y diamantes de la duquesa parecía simbolizar el que, como cabeza de la ilustre Casa de Alba tendría que sostener durante tantos años. El dieciochesco encaje de Bruselas de su vestido hacia juego con el cándido color de los cascos de los lujosos yates de algunos invitados que atracaron en el Guadalquivir y con la pechera del frac que Luis portaba. Entre los invitados, la infanta Doña Isabel Alfonsa, abuela de mi buen amigo el conde José Miguel Zamoyski de Borbón, o los infantes Don Alfonso de Orléans y Doña Beatriz su mujer, abuelos de mi también buena amiga Beatriz de Orleans-Borbón, tan unida a Sanlúcar de Barrameda.

Banquete en el palacio de Dueñas para los 3.000 invitados y cocktail servido por un mito de los “barmen”, Perico Chicote. Pero la duquesa, cuya dadivosidad ha pasado desapercibida para algunos, pidió que se sirvieran mil comidas a los pobres de Sevilla. El viejo duque regaló, además, 5.000 pesetas de la época, que no era poca cosa, a todas las parejas casadas ese día en la ciudad, nueve en total.

La noche de bodas transcurrió en La Eminencia, finca de la Duquesa viuda de Andría, título que llevó en su día el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba. Pero antes, Cayetana regaló a la Macarena su ramo de novia. Era de esperar que alguien apellidado “Fitz-James Stuart” iniciara su viaje de novios en Londres y así fue. Seis meses duró la luna de miel. Lamentablemente Luis falleció en Houston en septiembre de 1972 y fue enterrado en el panteón familiar de Loeches. Durante su vida fue gran cruz de las órdenes de Isabel la Católica, Alfonso X el Sabio y Constantiniana de San Jorge, además de ser maestrante de Zaragoza.

Cayetana permaneció viuda hasta que apareció en su vida Jesús Aguirre un cultísimo ex sacerdote, entonces Director General de Música, que había sido compañero de estudios en Munich del que luego se convertiría en Papa Benedicto XVI. Se conocieron en casa de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Arión, a fines de 1977 y el 16 de marzo de 1978 el entonces provicario de la diócesis de Madrid, José María Martín Patino les casó en la capilla del Palacio de Liria, acudiendo en representación de la Casa del Rey el Duque de Alburquerque y el Marqués de Mondéjar. En enero de 2001 un cáncer de laringe llevó a la tumba al duque consorte de Alba tras una vida de éxitos académicos, incluido un sillón, el “f”, en la Real Academia Española, siendo enterrado en el mismo panteón que su predecesor en el tálamo de Cayetana.

Enlace Jesús Aguirre y Cayetana de Alba FOTO: Efe Efe

Si ese segundo matrimonio sorprendió a los españoles, éstos se asombraron nuevamente ante el tercer enlace de la reincidente duquesa. Esta vez el afortunado novio era un funcionario de clase media, con buena pinta y muy discreto, llamado Alfonso Díez. Victorio & Luchino vistieron a la duquesa, de gasa de seda de color rosado mientras que Alfonso, quizás inspirado en la inveterada costumbre del actual Príncipe de Gales de llevar en actos matutinos un impecable “morning suit”, lució un chaqué gris. Fue el apoyo de la Duquesa de Alba hasta la muerte de ésta en 2014.

Cayetana de Alba, en su tercera boda, con Alfonso Díez FOTO: Efe Efe

Los matrimonios de los hijos de Cayetana y Luis han tenido suertes diversas, pero nos centraremos hoy en su primogénito y su descendencia. Carlos, actual duque de Alba, se casó en 1988 en Sevilla con Matilde Solís-Beaumont y Martínez de Campos, hija de los Marqueses de la Motilla, celebrándose el banquete en el palacio de ese nombre, aledaño a la calle Sierpes. Carlos vestía el rojo uniforme de maestrante de Sevilla y su pecho lo cruzaba la banda celeste de la gran cruz de la Orden Constantiniana de San Jorge de la que es vice-gran prefecto. Matilde lucía la diadema rusa de la Casa de Alba, con forma de kokóshnik y que Cayetana había heredado de su abuela Rosario de Gurtubay, duquesa consorte de Híjar. Cayetana acabó vendiendo esa alhaja a unos joyeros neoyorquinos para comprarle un caballo de su hijo Cayetano, duque de Arjona. En 2004 este matrimonio fue declarado nulo, no sin antes haber tenido dos hijos varones.

Fernando, actual duque de Huéscar, se casó también con uniforme de maestrante de Sevilla, con Sofía Palazuelo y Barroso, ataviada con un vestido diseñado por su tía Teresa Palazuelo. Sorprendió que no usara ninguna diadema. Cuando Sofía era aún novia de Fernando, recuerdo haber cenado en el excelente restaurante “La Cocina de María Luisa” con su encantadora madre, la gran experta en arte Sofía Barroso y Fernández de Araoz, hija de un embajador de España, nieta del famoso médico y humanista Gregorio Marañón y madre de Sofía, y con mi buena amiga peruana María Rosa Álvarez-Calderón y Larco. Finalmente, la boda tuvo lugar en los jardines del Palacio de Liria ante cuatrocientos invitados, incluida la reina Doña Sofía. Fernando recibió de su padre, como regalo de bodas, el lienzo “Busto de mujer con sombrero de cerezas”, de Renoir, comprado por su abuela Cayetana en Londres en 1973.

Fernando Fitz James Stuart y Solís con Sofía Palazuelo en el día de su boda en el palacio de Liria, en Madrid

En cuanto a Carlos, conde de Osorno, título concedido en 1445 por Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica, es el segundo hijo del Duque de Alba, y se casa ahora en el mismo jardín que lo hizo su hermano Fernando, con Belén Corsini de Lacalle, licenciada en Administración y Dirección de Empresas por ICADE, cuyo bisabuelo, Carlos Corsini de Senespleda fue diputado a Cortes y fundador de la empresa constructora Corsán, y cuyo tío abuelo fue el teniente general Álvaro Lacalle Leloup. Belén pertenece, pues, a una familia de la élite industrial uniendo así, una vez más, a la nobleza titulada con la aristocracia financiera.

Carlos Fitz-James Stuart / Efe