La crónica de Amilibia: Sánchez Dragó, ese amante casi eterno

Mientras yo le grito al televisor, él presume de noches fabulosas de siete polvos gracias al cialis y las galletas de cannabis

Fernando Sánchez Dragó / Foto. Jesús G. Feria
Fernando Sánchez Dragó / Foto. Jesús G. Feria

En estos tiempos de guerras sin fin (Ayuso–Génova, Paquirrín–Pantoja, etc.) Fernando Sánchez Dragó nos convoca a una batalla de ideas mensual en la cripta del café Gijón. El primer invitado a la cena–coloquio fue Ramón Tamames, que acaba de publicar «La mitad del mundo que fue España» (Espasa). Dijo que, de la leyenda negra, lo peor es la ignorancia histórica de los españoles. Fernando también acaba de publicar, en este caso una novela: «Eldorado» (Berenice). La escribió a los 23 años y en menos de un mes para seducir a la mujer que se le resistía. Le pasaba de joven; ahora, a los 85, no se le resiste ninguna. Decía García Márquez que escribía para que le quisieran. Yo diría que Fernando escribe para seducir o, poniéndonos en Bukowski, para follar. En el fondo no ha dejado de ser nunca el jipi primigenio que un día peregrinó al Tibet en busca del Valle de las Amapolas para ahora ir a dar, penoso final, con la España de los capullos.

Vive Fernando en una casa de tres plantas. La primera la ocupa su novia actual, Emma Nogueiro, de 28 años, periodista. La tercera, una de sus exmujeres. Él habita en la segunda, revestido de prócer de la convivencia. Busca ideas en el páramo nacional como un quijote molinos de viento porque cree que las ideologías están más muertas que las momias de Lenin y Mao. No sucumbe a manías de viejo y conserva intacta su capacidad de admiración por otros escritores (lo sé bien) y la generosidad. Mientras yo le grito al televisor, él presume de noches fabulosas de siete polvos gracias al cialis y las galletas de cannabis. Emma no necesita el «Satisfyer». Prodigioso.