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Un lazo rosa por María José NAVARRO

Me cuenta un amigo que acaba de ver a Luz Casal que está sin pelo de nuevo. Parece que ya ha acabado las sesiones de quimio, que empieza con las de radio y que mantiene las ilusiones intactas a pesar de lo pertinaz del bicho que se le ha instalado en el pecho

Un lazo rosa por María José NAVARRO
Un lazo rosa por María José NAVARROlarazon

Luz está de nuevo luchando y desde aquí sólo nos queda desearle que esa refriega tan dura tenga recompensa y que la veamos de nuevo tan estilosa, tan elegante y tan distinta, llenando los escenarios con su voz, su presencia, y esos labios tan rojos y tan hermosos que se maquilla para salir a cantar.

Siempre que voy a hacerme una mamografía pienso lo mismo: qué calladas estamos todas en la sala de espera, qué calma más rara, qué mal se pasa antes de escuchar el veredicto médico. Y siempre que voy me acuerdo de Begoña y el calvario que pasó los últimos meses, aquella mierda de bultos que no paraban de salirle. Y también de Pepita, vencedora de un combate que le costó una parte de su cuerpo, de su coquetería, de su seguridad y de su femineidad. Le costó aprender a mirarse de manera distinta, a enseñar a los demás a verla diferente, sin haber dejado de ser la misma mujer.

Durante todo este octubre que acaba de empezar se celebra el mes rosa, que es algo que a servidora le espanta bastante porque está harta de lazos y de cremas que cambian su envoltorio, de compañías aéreas que pintan sus aviones, y de chorradas parecidas. Me niego a esta ceremonia plasta y ñoña, a esta cursilada a la que se someten modelos, cantantes de moda y famosas de pelo y medio que aparecen en las portadas de las revistas con el pañuelito pirata color chicle y el fond de teint último grito para decirnos que hay que ir al médico, como si sólo eso sirviera. Me niego, sí, y, a la vez, supongo que no nos queda otra. Supongo que no nos queda otra que volver a recordar por los medios que haga falta que es la propia mujer la que conoce mejor su cuerpo, que no debe bajar la guardia, que toda señal que se reciba, por mínima que sea, necesita ser explorada y que las revisiones ginecológicas son, no sólo aconsejables, sino
imprescindibles.
Todo esto diremos y, aun así, poco habremos hecho si llega el momento. Para ese miedo no hay cura. Quizá sólo el amor y la paciencia de los propios y el cariño del resto. Suerte, nenas.