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De plenitudes

Tiempo de lectura 4 min.

28 de diciembre de 2010. 21:08h

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29/12/2010

Con la palabra y las ideas se puede aspirar a todo. En esa posibilidad se reúne una buena parte de lo que consideramos la libertad. El nuevo Presidente de la Generalidad de Cataluña, el señor Mas, es un hombre de palabras y de ideas, y por ello, digno de atención y respeto. En su toma de posesión, y asomado al balcón principal que se abre a la plaza de San Jaime, el señor Mas ha prometido al público allí congregado la «plenitud nacional». La promesa es una intención revestida de solemnidad, nunca una amenaza, y por ello, digna de atención y respeto. Se pondrá de moda la fórmula. En lugar de «independencia», a partir de ahora «plenitud nacional». Ya están cambiando las pancartas para la próxima manifestación batasuna. «Plenitudoa nazionarra». No se dice así, pero sale cachondo. La «independentzia» no les ha servido de mucho, ni a los nacionalistas vascos ni a los catalanes. Pero se ha abierto una venta con la plenitud nacional de Mas. Carlos Cano, no el gran cantante, sino el estupendo poeta satírico y epigramático de la agonía del siglo Diecinueve, era amigo de un tal Blas que visitaba con frecuencia a la mujer de otro tal Mas, que nada tiene que ver con el nuevo Presidente de la Generalidad de Cataluña, pero da a entender lo difícil que resulta lograr plenitud. No sólo la plenitud nacional, sino la conyugal, infinitamente más modesta. Y escribió: «A la mujer de Mas, Blas/ la visita por demás,/ y según propios y ajenos,/ para la mujer de Mas/ lo de Mas es lo de menos». Prometer plenitudes es tan honesto como arriesgado. Sobre todo, cuando la plenitud prometida significa irremediablemente el hurto de la plenitud de otros. El señor Mas afirma que Cataluña es una realidad y España un producto artificial. Le ruego al señor Mas que acepte mi desacuerdo. Cataluña es España, la Joya de la Corona, desde mucho antes que se estableciera la nación española como tal. Puede ser artificial la españolidad de Río Muni. Y prueba de ello es que ya no es España. Pero Cataluña es más española que la espalda de una modelo de Romero de Torres. El Reino de Aragón, señor Mas, y de ahí su Señera. El Príncipe de Gerona, señor Mas, Heredero de la Corona de España. El Conde de Barcelona, señor Mas, el Rey de España. Y de los colores de la Señera del Reino de Aragón, aragonesa y catalana, valenciana y balear, el culto y napolitano Rey Don Carlos III, que Dios Guarde, el que pasó a la Historia como el mejor Alcalde de Madrid, escogió el diseño de la bandera de la Real Armada –la española–, que se convirtió poco después en la Bandera de España, es decir, la de todos, la de la plenitud nacional. Demasiadas coincidencias artificiales y artificiosas, señor Mas. Me satisface verlo custodiado por sus leales «Mossos D'Esquadra», que no son otros que los herederos de los leales Mozos de Escuadra creados por el Rey Don Felipe V, que Dios Guarde también, y al que ustedes no le tienen excesiva simpatía, que ya se sabe que la simpatía y la antipatía también son tesoros íntimos de la libertad.

Esperanza Aguirre, su homóloga de Madrid, fue preguntada en Cataluña por las razones del extraordinario crecimiento de la Comunidad madrileña. Y ella respondió sin titubear. «Porque allí nos dedicamos a trabajar y no perdemos el tiempo en bobadas identitarias». Para mí, señor Mas, que lo de la plenitud nacional es una bobada identitaria de gran dimensión y de consecución más improbable que complicada. Pero no se desanime. Para ello ya ha empezado a echar mano de sus enemigos naturales, los socialistas. Tanta elección y tanta murga para seguir gobernando con los mismos que han rechazado los catalanes. Por ese camino, cualquier plenitud es imposible, excepto la plenitud demencial.

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