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Vaya meneo

Tiempo de lectura 4 min.

13 de octubre de 2010. 00:44h

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13/10/2010

Todos esperábamos una pitada a Zapatero. Pero lo del desfile más que una pitada ha sido un broncazo. ¡Vaya meneo! Y lo malo para Zapatero es que no ha hecho más que empezar su merecido calvario ululado. Pocos ministros se han salvado del desafecto popular. Acostumbra a decir Zapatero que los pitos en el desfile de la Fiesta Nacional son un rito, una desagradable costumbre pasajera. No caiga en el error. Lo de ayer superó cualquier expectativa. La gente no lo soporta. El pueblo no lo aguanta. Y no intuyo en el Presidente del Gobierno el cuajo necesario para oír, un día sí y el otro también, la regañina constante de la ciudadanía.


Estaba previsto que desfilaran nueve abanderados hispanoamericanos. Afortunadamente, sólo lo hicieron ocho. Se bajó del carro a última hora la bandera de Venezuela. Todo mi respeto a esa bandera. Pero no al botarate que está llevando a ese gran país  al desastre.

Escribí ayer que los militares desfilan al paso de la decencia y del honor. Entre la decencia y el honor no tiene sitio ni lugar el representante militar de un Gobierno que ampara a la ETA y a las FARC. Se dice que el abanderado venezolano se puso malito. Ese, al menos, es el argumento diplomático venezolano. Mejor. La bandera de Venezuela no tiene la culpa de representar un régimen corrupto y tirano que cobija terroristas. Ya desfilará por la Castellana cuando Venezuela y los venezolanos se libren del millonario primate. No millonario de nacimiento o trabajo sino como consecuencia de su sentido de la distribución marxista del dinero del petróleo. Casi todo para mí y un poquito para los que estén de mi lado.

Con independencia de la repentina enfermedad del abanderado venezolano, hay que volver al meneo. Rafael «El Gallo» protagonizó una horrible tarde en la plaza de toros de Madrid. Recién llegado al hotel, un aficionado se interesó por su suerte. «División de opiniones», comentó el genial torero. «Pues he oído que la bronca ha sido de órdago, maestro». Y Rafael aclaró su punto de vista. «Ha sido división de opiniones. Unos se lo han hecho en mi padre y otros en mi madre. ¿Está clarito?». Ninguna culpa tienen los padres del señor Zapatero. Y ayer, el pueblo no se dividió en la opinión. No se acordaron de sus progenitores. Fue una bronca unánime, clamorosa, insistente y creciente dedicada exclusivamente a él. El Gobierno se llevó lo suyo por ser su Gobierno. Se le fue agriando el semblante durante el transcurso del desfile de la crisis, que así lo han llamado. Al principio sonreía. Al final, ni con cosquillas. Las pitadas de años pasados pueden ser consideradas caricias comparadas con el broncazo de ayer.

Algo le afectará, aunque manifieste lo contrario. No se metió en la maleta del coche al terminar el desfile porque no queda airoso ni bonito, pero ganas de hacerlo le sobraron. ¡Qué zipizape, qué marimonera, qué pelotera, qué trapatiesta, qué ridículo! Sus medios afines dirán hoy que el público era de derechas. Era el pueblo, monines. Todo consecuencia de las mentiras, del desgobierno, de la errática y funesta política social y económica. Bronca a la inutilidad, a la incompetencia, a la falsedad y al resentimiento. No se engañen. Las ovaciones a los Reyes demostraron que el pueblo sabe establecer diferencias. ¡Qué meneo!

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