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Corbatas

Tiempo de lectura 4 min.

21 de julio de 2011. 21:20h

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22/7/2011

La corbata nace de los paños negros que se anudaban al cuello los soldados de la caballería croata. Con la corbata hacían la guerra. Nuestro «dandy» insuperable, Mariano Téllez-Girón, duque de Osuna, general y embajador de España en San Petersburgo mandaba que le hicieran un paño completo, del que se sacaban doscientas corbatas, para que nadie usara la misma que él. Se confeccionaba una corbata y el resto del paño se quemaba. En determinada época del siglo XX la corbata se asociaba a las derechas y los descamisados a las izquierdas.
Centenares de españoles fueron enviados a checas y paredones por usar corbata durante la República. Pero los soviéticos quebraron esa absurda diferencia. En la URSS todos los políticos comunistas llevaban corbata. Gromyko, siempre negra, para infundir mayor respeto. Entonces se compraron corbatas los comunistas españoles que pasaron un exilio o una resistencia interior dependiendo de la corbata. Estoy con Bono, naturalmente. La corbata es un complemento que muestra su respeto a los demás. Y en verano es incómoda, pero la comodidad no siempre es aconsejable. No llevar corbata al Congreso de los Diputados abre el camino de la camiseta, los pantalones cortos y las putas chancletas.

Los primeros en abrir la mano han sido los jueces. Hace pocas décadas, todos los que juzgaban y los que acusaban y los que defendían en las salas de audiencia de la Justicia, lo hacían con corbata negra. El negro en la corbata no determina luto o tristeza, sino respeto. Ahora, un abogado puede intervenir en un juicio descamisado, y nadie le dice nada. Se falta al respeto, entre otros, al reo. En Francia e Inglaterra los jueces siguen cubriéndose con las pelucas blancas, ésas que dan risa en otros ámbitos, pero que durante el juicio establecen la distancia del respeto. A la momia de Lenin le cambian la corbata cuatro veces al año, para que no se aburra. Y desde que Rusia ha recuperado la libertad, sus corbatas han mejorado en calidad y gusto. Antes se las compraban en los Almacenes Gum de la Plaza Roja, unos almacenes inmensos sometidos a los planes quinquenales en los que no se podía comprar nada porque todo era basto y feo. Lenin, de poder incorporarse, parecería hoy una persona respetable.

El respeto hacia los demás que demuestra el que se anuda una corbata al cuello es el mismo respeto que yo siento por los enemigos de la corbata. No se trata de corbata sí o corbata no, sino de corbata donde y cuando y no corbata cuando y donde. La corbata es un detalle, una muestra de civismo. Y en el Parlamento, su uso tendría que ser obligado, entre otros motivos, porque los ujieres, los taquígrafos y todos los empleados del Congreso que cumplen con su deber cara al público, usan corbata. La estética nos obliga a los occidentales a no parecernos en nada a Ahamadineyad, por poner un ejemplo, que considera a la corbata un distintivo del cristianismo.

Nada tiene que ver la corbata con las ideologías y las modernidades. Otra cosa es su elección. Hay corbatas que habría que prohibir, pero ahí se entraría en la invasión de la libertad particular de cada persona. Se sabe o se intuye por dónde se mueve el buen gusto, pero no hay obligación de buscarlo. De mi humilde persona, por ejemplo, se pueden decir las peores cosas. No cabrían mis defectos en un volumen de mil páginas. Pero en corbatas, soy sencillamente insuperable. Nadie las tiene tan abundantes y tan estéticas. Lo siento, pero es así. Bien, Pepe Bono.
 

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