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Crítica de ópera

Plácido puede hasta con la gripe

El tenor logra siete minutos de aplausos en el estreno de «Ifigenia en Táuride» en el Teatro Real

  • Domingo encarna a Orestes en la ópera  de Gluck
    Domingo encarna a Orestes en la ópera de Gluck

Tiempo de lectura 4 min.

14 de enero de 2011. 03:11h

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14/1/2011

«Ifigenia en Táuride»
De Gluck. Voces: Plácido Domingo, Susan Graham, Paul Groves, Franck Ferrari, Susana Cordón, Maite Alberola. Dir. musical: T. Hengelbrock. Dir. de escena: R. Carsen. Teatro Real, Madrid, 14-I-2010

Oscuridad absoluta, insondable, interminable: 110 minutos de escena en negrura, a veces penumbra mortecina, en puro minimalismo teatral en ciertos momentos perturbado por la proyección de enormes sombras entre las sombras, con el decorado reducido a la nada hermética, un cuadrado pintado con tiza en el suelo convertido en celda, un movimiento de figurantes, sí, no carente de fuerza e imaginación pero vislumbrado entre tinieblas. Y al final, en los compases finales de la obra, y en muy hermosa elevación paulatina de la perpetua carcasa que enmarca la acción hasta llegar al metro y medio de altura, la luz, apenas un minuto de prístino resplandor que nos recuerda que en Taúride alguna vez fue de día.


Portentoso espectáculo
Esa es la propuesta del canadiense Robert Carsen, en su nueva incursión en el teatro real, tras la patibularia «Salome» de abril de 2010, la bellísima «Katia Kabanova» de noviembre de 2008 y los arrebatados «Diálogos de carmelitas» de junio de 2006, su presentación en el local. Tras la abigarrada «Salome» del casino de Las Vegas, ha llegado otra de arena en el haber del escenógrafo, con esta proposición soporífera, dormitiva, de «Ifigenia en Taúride».
Y la estólida vanidad protagonista de los directores de escena nos ha hecho, cómo no, empezar el comentario por su trabajo, dejando en segundo plano lo verdaderamente importante. Por ejemplo, lo esencial, la portentosa música de Gluck, con la que en 1779 el  germano culminaba en París su revolución particular de la ópera, que medio siglo después fascinó a Wagner, que adoraba su música.

Después, la extraordinaria creación de la protagonista con una cantante de fábula, la mezzo norteamericana Susan Graham, dueña del personaje, de sus registros y matices, límpida en la dicción y dotada de impresionante proyección de la voz. A su lado, copartícipe del triunfo, como «Orestes», esa fuerza de la naturaleza que es Plácido Domingo, un superdotado musical que ha marcado y marca un antes y un después en tantos apartados artísticos, que repetía un personaje baritonal ya interpretado en Valencia, Palau de Les Arts, en 2008, y que, como se escribió aquí con motivo de su «Simon Boccanegra» del año pasado, da igual que cante en cuerda de tenor o en tesitura grave, porque siempre es él, suena a Domingo, con la nobleza del fraseo y la generosidad en la entrega que le son propias. Bien, aunque apurado en el agudo, Paul Groves como «Pilades», que hizo añorar al soberbio intérprete de Valencia, Ismael Jordi. Señorial en su pequeña intervención –pero resolutoria, perfecto «deus-ex-machina»- Maite Alberola como la diosa «Diana». Y relevante la Sinfónica de Madrid, con un director no genial pero seriamente musical, el alemán Thomas Hengelbrock, para el que el conjunto orquestal bordó ese milagroso final, en cálido «decrescendo», del Acto I; con ellos, el Coro Intermezzo, cada día mejor, más ajustado en la entonación y diáfano con el texto.

Pero aquí estamos, con el minuto de luz de Carsen y su ritual de lo opaco, su chiringuito de tres paredes «vale-para-todo», y eso que el arranque hacía presagiar algo menos plúmbeo. Con él empezó esto, con él acaba.

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