Estreno

«Valor de ley»: La pistola y el corazón

Director: Joel Coen. Intérpretes: Jeff Bridges, Hailee Steinfled, Matt damon y Josh Brolin. Guión: Joel y Ethan Coen. USA, 2010. Duración: 94 minutos. Western.

«Valor de ley»: La pistola y el corazón
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Es un placer ver cómo los Coen trabajan en los límites de un género tan codificado como el western, respetando las reglas del cine clásico pero confiando en su elasticidad. ¿Cómo hacer una película del Oeste después del revisionismo crepuscular de Clint Eastwood? ¿Cómo volver al «Valor de ley» de Henry Hathaway, western que era a su vez el canto del cisne de uno de sus iconos, John Wayne, y que aparecía en plena crisis del modelo de estudios, cuando «Grupo salvaje» ametrallaba la mítica del llanero solitario? Los Coen se contemplan en el espejo del último John Ford y realizan un filme mortuorio que, sin embargo, se contagia de la energía de una nueva mirada, insólita en un género especialmente misógino –si exceptuamos las memorables excepciones de «Encubridora», de Lang, y «Johnny Guitar», de Ray–: la mirada de una adolescente, Mattie Ross (interpretada con insondable madurez por Hailee Steinfeld, verdadero epicentro del relato), dispuesta a contratar a un «marshall» borracho y sanguinario, Rooster Cogburn (Jeff Bridges), para vengar la muerte de su padre.

Esa mirada femenina suaviza las aristas de la aventura, está más pendiente de establecer un vínculo con los personajes –dos sustitutos del padre, las dos caras de un mismo héroe, el orden (el «ranger» tejano encarnado por Matt Damon) y el caos (Bridges), la ley y la violencia, los dos pilares que han sostenido la historia de Norteamérica)– que del inevitable encuentro con el asesino en cuestión. Es en sí misma una mirada fronteriza, que desplaza la materia prima de la novela de Charles Portis, puro cine clásico, al territorio de una postmodernidad melancólica, inédita en el cine de los Coen. Recordémoslo, ésta es una película que se abre y se cierra con la imagen de un cadáver y una tumba. Es en su tramo final donde «Valor de ley» demuestra su nervio poético. Cuando el triángulo se rompe, y Mattie y Rooster emprenden un viaje a través de una noche estrellada, un ciclorama de luces y sombras, los Coen se quitan la etiqueta de cínicos que se han ganado a pulso y muerden el corazón del espectador. El aliento lírico de este viaje y del epílogo, hermosísimo, en el que la leyenda queda reducida a una ausencia antiépica, colocan a «Valor de ley» en lo más alto de la filmografía de los Coen.