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Marbella

Banderas podría dejar de ir a Marbella

Banderas podría dejar de ir a Marbella
Banderas podría dejar de ir a Marbellalarazon

La demolición de parte de la residencia que Antonio Banderas posee en la urbanización Los Monteros de Marbella ya ha empezado. La casa está casi pared con pared con la que hace años se construyó el barón de Gotor, padre de Pocholo Martínez-Bordiú, situada en una primerísima línea de playa en lo que en tiempos ideó Ignacio Coca como zona de súper lujo –hoy ya transformada en un barrio pegado a la ciudad con la proximidad del Hospital de la Costa del Sol–, que siempre cae a mano cuando los magnates árabes quieren sentirse seguros en su descanso, no vaya a ser. El de Antonio se lo han chafado con la lógica, tardía y molesta Ley de Costas. La Gaviota es una casa ya con mucha historia y sólo faltaba este incidente para aumentar su leyenda. Está a pie de playa y sus moradores sólo tienen –tenían– que salir por una puerta lateral de su fachada izquierda para zambullirse. Es lo que hizo la prole de Banderas y Melanie Griffith, incluso bajo el acoso fotográfico. «No se atreverán con él», vaticinaban al confiar en que se había convertido en el mayor reclamo y seguridad internacional de esa Marbella en la que Ira de Fürstenberg acaba de reasentarse con una tiendecita en la que vende sus creaciones escultóricas. A fin de cuentas, el Marbella Club fue una creación de su marido, aquel emprendedor Alfonso de Hohenlohe. Su empuje creó un emporio turístico, que competía con Saint Tropez, Malibú y lugares de la rivera italiana entonces tan en auge.La residencia propiedad de Banderas, o más bien su terreno, fue ofrecido a Antonio Herrero por un Jesús Gil que quería afincarlo allí ya más de lo que estaba por su familia y antecedentes. Buscaba el relumbrón y el apoyo de la gran figura radiofónica, azote del famoseo político. Antonio se lo pensó mucho y, conocedor de que contravenía las ordenanzas municipales, que no la Ley de Costas, rechazó lo que le pareció un pastel envenenado. Nadie lo imaginaba incumpliendo el reglamento. Más tarde, insistente, el magnífico alcalde de Marbella –Gil limpió aquello de inmundicia de todo tipo– tentó a la Encarna Sánchez entonces colada por Isabel Pantoja. Con ella ya veraneaba un poco más arriba, en una zona menos pomposa y de pretensiones, justo pasado el rompeolas que une Los Monteros con el Don Carlos. Ocupaban un chalecito que la Prensa rebautizó como «Villa Bollo» –cuánta gente cabía– y la folclórica estaba como una reina y señora. La de guardias expectantes que me he chupado esperándolas. Hasta entonces Isabel había vivido en su piso de Fuengirola, parece que ahora recuperado ante la postura de «okupa» de Julián Muñoz.Una faenaFue un trapicheo de altura, ya que la casa ocupa parte de una riera; Encarna no se andaba por las ramas. Luego murió, la heredó Clara Súñer, que la malvendió en poco más de cien millones de las desaparecidas pesetas. Cómo la añoramos. Banderas la adquirió, porque quería estar cerca de sus padres y reafirmar raíces. La amplió, modernizó y eliminó el mal gusto, y la convirtió en un paraíso ahora mermado e, incluso, con visitas turísticas. Ahora se preguntan si volverá o se marchará como, por situaciones similares, ya lo hicieron Deborah Kerr o Sean Connery. Volar es lo que corresponde a una «gaviota». La faena ha sido gorda, sobre todo, al venir de sus paisanos.