«Trump quiere destruir todo lo bueno que hizo Obama»

Entre la esperanza y el miedo, los negros del barrio neoyorquino de Harlem se movilizan en las urnas contra el presidente republicano

Un empleado electoral vigila la votación en un colegio de HarlemKathy WillensAP

«Cuando las primeras elecciones de Barack Obama», explica Evette, vecina de Harlem desde hace décadas, «no imagina usted las colas. Algo increíble. Estuvimos esperando tres horas. Los dos». Señala a su acompañante, también anciano. Ella con mascarilla de «Black Lives Matter»; él, Eddie, con una pegatina en la solapa que acredita que ya han votado. Están delante del colegio electoral, una escuela pública junto a Lenox Avenue. Pero ahora no hay colas, ni aglomeraciones, ni nada más que vecinos que saludan a la pareja y siguen con sus cosas.

Harlem, el barrio del Renacimiento Negro, ha vivido la jornada histórica del 3 de noviembre con emoción y cierto miedo. Hay temor a disturbios que reproduzcan las imágenes de saqueos de finales de mayo, cuando la muerte brutal de George Floyd a manos de un policía desató los mayores disturbios raciales en una generación.

Harlem, hogar del Teatro Apollo, donde nacen las estrellas, centro del universo, que despidió al Padrino del Soul, James Brown, como si fuera un rey, en un ataúd blanco y a bordo de un carruaje de oro y marfil, Harlem, que presumía de hotel, el Theresa, donde durmieron John Fitzgerald Kennedy y Fidel Castro y tenía sus oficinas Malcom X, votaba ayer con el corazón en la boca.

En el Apollo, precisamente, el luminoso legendario reproduce versos de Sam Cooke y Bob Marley y los Wailers. A su vera vende sus camisetas Saren. Las tiene dispuestas en un mostrador en la calle. La mujer entra y sale de un comercio y explica que tiene camisetas con la protagonista de Black Panther y el rostro de Breonna Taylor. «Él ha sido el primer superhéroe negro, fue importante. Me piden camisetas de ella. Fue asesinada por la Policía y la gente que protesta quiere llevarla en el pecho».

Antes de que el reverendo Martín Luther King proclamara en Washington su sueño de un EE UU postraciales, Harlem, al norte de Manhattan, hoy devorado entre el pasado glorioso y convulso y la especulación inmobiliaria, ya era la sístole de la América negra. La del Cotton Club, Duke Ellington, Bille Holiday en el salón de Cebra y los soldados negros que volvían de las trincheras en Francia reclamando su condición de estadounidenses para ser luego humillados por la infame segregación y el Ku Klux Klan.

«A este presidente la da igual todo», exclama la señora Ellen, que lleva una mascarilla con los nombres de Joe Biden y Kamala Harris. «Quiero decir que le damos igual nosotros. Es un racista, pero en realidad lo único que le importan son sus negocios. Los nuestros, mientras tanto, se están muriendo, con el coronavirus». «No hay gente en la cola para votar porque todo el mundo ha votado por adelantado», asegura el señor Eddie. «Pero la gente ha votado. Muchísimos votos». «Este hombre quiere destruir todo lo bueno que hizo Obama», subraya su esposa, «eso y ayudar a los ricos».

En 2008, el cronista fue testigo en Harlem, desde la 125, de la victoria de Obama. Los abuelos que te juraban que sería asesinado nada más salir al micrófono desde Chicago lloraban abrazados con los jóvenes que despedían las bocas de metro. El sonido de los fuegos artificiales y las bandas de jazz se trenzaba con el de los gritos de «Yes we can». Al día siguiente, las mismas ancianas que votaron demócrata acudían a las reprografía para que les ampliaran y enmarcaron una foto de familia del nuevo presidente.

En 44 años habían pasado del final de la segregación a Obama. Luego hubo ocho años de decepciones y demasiados anhelos inclusos. Pero los cuatro años de Trump a muchos les parecieron 100 y hoy había hambre de voto. En el barrio que tiene un parque dedicado a Marcus Garvey, aquel utopista, soñador y populista que trabajó para que los negros volvieran a una África unida. “El mundo está herido, pero está noche habrá un cambio”, sostiene Saren, mientras atiende a unos clientes y ofrece su ropa. “Saldremos a celebrar”, confirma la señora Evette, y su marido asiente.