El fantasma de Corbyn vuelve a dividir a los laboristas

El nuevo líder, Keir Starmer, se niega a readmitirlo en el grupo parlamentario por “haber perjudicado” los esfuerzos para luchar contra el antisemitismo en el partido

El exlíder británico del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, hoy en LondresAaron ChownAP

En Downing Street, las cosas no marchan demasiado bien estos días. Pero en la oposición laborista, el panorama no es mucho mejor. Desde que el moderado Keir Starmer tomara las riendas el pasado mes de abril, el partido había mejorado considerablemente su imagen, superando incluso a las filas de Boris Johnson en los últimos sondeos. Pero el fantasma de Jeremy Corbyn, el anterior líder, ha desencadenado una guerra civil entre el núcleo duro izquierdista y la actual dirección que amenaza con tirar por la borda todo el lavado de cara realizado en los últimos meses.

Starmer anunció este miércoles que no readmitirá a su predecesor en el grupo parlamentario después de que éste fuera suspendido temporalmente tras una investigación sobre los brotes de antisemitismo durante su mandato (2015-2020). El martes, una comisión interna del partido apostó por abrir de nuevo las puertas al veterano político, quien se considera enemigo de la austeridad, admirador de Hugo Chávez, defensor de la nacionalización del gas y electricidad y activista pro-palestino.

Pero Starmer está realmente decidido a marcar una nueva era, por lo que no permitirá que Corbyn sigua ocupando el escaño que defiende desde 1982. Tras el “portazo”, el veterano político, de 71 años, podría seguir como parlamentario “independiente”. Pero el episodio ha generado una gran guerra interna provocando incluso las primeras dimisiones en el núcleo duro de izquierda.

El laborismo ha sido acusado durante años de albergar en su seno actitudes antijudías tratadas con poca firmeza, que llevaron a la dimisión de varios de sus diputados y a críticas sin precedentes de líderes religiosos como el rabino de Reino Unido, Ephraim Mirvis.

Pero la situación estalló a finales de octubre, cuando la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos, un organismo británico independiente, estableció que bajo la dirección de Corbyn el partido minimizó, subestimó o ignoró las quejas de sus miembros judíos y a veces interfirió para proteger a personas acusadas. En un informe, la comisión denunció acoso, discriminación y falta de voluntad para combatir esta lacra.

Al conocerse el informe, Corbyn señaló que el problema había sido “exagerado por razones políticas por nuestros oponentes y medios de comunicación”. Y al no retractarse de sus comentario, se decidió expulsarle de manera temporal durante tres semanas para llevar a cabo una investigación sobre su conducta.

Pero Starmer ha decidido mantenerse firme en su postura de no readmitirle en las filas. La decisión fue aplaudida por el grupo Laborismo Contra Antisemitismo, para quien “la autoridad del nuevo líder había sido completamente socavada por el levantamiento el martes de la suspensión”.

Sin embargo, para la organización Momentum, gran apoyo de Corbyn dentro del partido, su expulsión del grupo parlamentario “es un descarado ataque político a la izquierda en un momento en que los laboristas deberían estar unidos para enfrentarse a los ‘tories’". “Un panel disciplinario encontró que Jeremy Corbyn no había violado ninguna regla, así que ahora Keir Starmer está inventando sobre la marcha”, afirmó su copresidente Andrew Scattergood, abriendo más la brecha entre las dos alas.

El liderazgo de Corbyn, elegido en 2015, atrajo a miles de nuevos miembros al Partido Laborista, pero también creó división interna por sus ideas radicales. Dimitió tras llevar a la oposición en las generales del año pasado a sus peores resultados desde 1935.