Las colas del Brexit

La falta de camioneros en Reino Unido tras la salida de la UE ha agravado la crisis de combustible y suministros. El caos prueba que el populismo triunfó sobre el pragmatismo

La crisis de combustible provocada por la escasez de conductores no es una consecuencia directa de la salida de la Unión Europea
La crisis de combustible provocada por la escasez de conductores no es una consecuencia directa de la salida de la Unión Europea FOTO: HENRY NICHOLLS REUTERS

Nigel Farage se subió esta semana a su coche y trató de llenar el depósito de gasolina. Como muchos británicos tuvo que hacer varias horas de cola y visitar siete gasolineras hasta poder repostar su vehículo. Tuvo suerte. Otros no pudieron contar lo mismo y regresaron a sus casas con el depósito vacío. Farage no perdió la oportunidad para criticar al Gobierno de Boris Johnson por el cierre de las estaciones de servicio. Explicó que en medio del caos chocó con un camión cisterna en una rotonda (¿justicia poética?). «¡Una excelente manera de comenzar el día!», se quejó el ex líder del UKIP en las redes sociales. No hizo ninguna referencia al Brexit.

La crisis de combustible provocada por la escasez de conductores no es una consecuencia directa de la salida de la Unión Europea. La mayoría de Estados miembros sufren un déficit similar, pero en ninguno se han reproducido las imágenes que hemos visto en la isla. Reino Unido necesita 100.000 conductores de camiones. El Brexit expulsó a decenas de miles con pasaporte europeo. Mientras los Veintisiete se benefician de la libre circulación de personas y mercancías; los camioneros comunitarios no pueden entrar en Reino Unido. La política migratoria post Brexit tampoco ha ayudado a aliviar la crisis. Bajo la nueva regulación, los conductores son considerados trabajadores «poco cualificados» a los que se desincentiva la llegada. Acorralado, Johnson anunció 5.000 visados temporales para camioneros y otros 5.500 para trabajadores de la industria avícola (otro sector afectado). En un doble salto mortal, el líder «tory» ha pasado de agitar la inmigración como una razón poderosa para separarse del continente a convertirla en su tabla de la salvación. Esa capacidad de defender una cosa y su contraria ya la demostró con los dos artículos que preparó para el «Telegraph» antes del referéndum de 2016. En uno daba los argumentos a favor del «sí» y en el otro del «no». Al final optó por la salida para erosionar al Gobierno de David Cameron y allanar su camino hacia el Número 10. Lo consiguió.

«El Gobierno de Reino Unido, dirigido por un Gabinete formado en su mayoría por partidarios del Brexit, ha ignorado constantemente las advertencias de los académicos, los diplomáticos y los funcionarios sobre los problemas de anteponer la soberanía nacional al pragmatismo en materia de comercio, regulaciones y empleo», lamentó en estas páginas Tim Oliver, director de Estudios de la Universidad de Loughborough en Londres. Oliver sostiene que el origen de todos los males está en que en el Brexit triunfaron los argumentos políticos frente a los económicos. Las consecuencias se están manifestando poco a poco. Las largas colas en las estaciones de gasolina se suman a las estanterías vacías en los supermercados y a los medicamentos que empiezan a escasear en las farmacias. Los expertos acusan al Gobierno británico de una gravísima falta de previsión. Lamentan que durante los últimos cinco años, el Gabinete de Johnson ha estado más preocupado en ejecutar el Brexit que en prepararse para amortiguar los efectos nocivos de la ruptura en la economía británica.

Luego llegó la pandemia y retrasó la implementación de los planes de contingencia. El parón provocado por el coronavirus ha supuesto una prueba de estrés para las cadenas de suministro internacionales. El aumento del precio del petróleo y la crisis de las materias primas son otros dos factores que se escapan del control del Gobierno, pero eso no quita que las autoridades deberían de haber escuchado antes las voces que alertaban sobre una falta crónica de mano de obra.

Johnson, además, se equivoca al echar la culpa a los ciudadanos y a sus deseos voraces de combustible. El Gobierno debe atajar la falta de gasolina y garantizar que los británicos puedan llenar sus depósitos siempre que lo necesiten. En el punto más álgido de la crisis (de momento), casi la mitad de las gasolineras del país se habían quedado sin combustible. Las largas colas aumentaron la desesperación de la gente dejando escenas poco edificantes como peleas entre los automovilistas. Downing Street asegura que tiene la situación bajo control, pero todavía el país no ha regresado a la normalidad. A partir de mañana, 300 militares repartirán gasolina a los talleres. No es precisamente la imagen de éxito que querían proyectar los políticos tras el Brexit.