La violencia entre árabes de Israel desangra al país

Los episodios de violencia entre la población árabe israelí alcanzan cifras de récord mientras el Gobierno aumenta la presión policial

Una militar israelí vigila desde un puesto de guardia en Beita, Cisjordania
Una militar israelí vigila desde un puesto de guardia en Beita, CisjordaniaRANEEN SAWAFTAREUTERS

“La sociedad árabe se desangra”, titulan casi diariamente los medios de comunicación de Israel. En un país que se enorgullece de ser de los más seguros del mundo, se ha enquistado una mortífera rutina. El lunes, Salim Abd al-Karim se convirtió en el muerto número 100: mientras conducía su coche por el poblado de Bi’na, al norte del país, otro automóvil se acercó amenazante. Salim se bajó y trató de huir a pie, pero fue cosido a balazos.

“Estamos perdiendo el país”, alertó el premier Naftali Bennett en la última reunión del Ejecutivo de Israel. Apenas pasó un día, y se superó el centenar de víctimas con el asesinato de Khalil Jaho, de 25 años, que fue baleado cuando salía de su trabajo en Um el-Fahm. Cuatro meses antes, su hermano ya había sido gravemente herido. En poco más de dos años, Khalil pasó a ser la sexta víctima en su familia. Ni 24 horas después, se registró la víctima 102 en la misma localidad.

Habitualmente, los muertos son causados por ajustes de cuentas entre mafias o interminables venganzas entre clanes familiares, pero también se registran heridos y fallecidos por balas perdidas. En zonas donde los tiroteos nocturnos son el pan de cada día, los residentes temen asomarse a ventanas y balcones.

“La violencia en la sociedad árabe es abrumadora, y la policía todavía debe resolver los crímenes que sufrimos en Bi’na”, apuntó Abu Iyad, alcalde de la localidad. Y culpó directamente a la policía: “vienen a patrullar, pero se marchan sin hacer nada”. Según datos de la oenegé Abraham Initiatives citados por la agencia EFE, entre 2017 y 2020 se concentraron el 65% de víctimas violentas en localidades árabes, pese a tan solo representar el 20% de la población.

Mientras que en las urbes judías se resolvieron el 71% de los crímenes en 2020, en las árabes apenas fue un 23%. En un 2021 que apunta a récord de mortalidad por este fenómeno, 87 de los muertos eran árabes israelíes, y 15 palestinos con permiso de residencia en el estado judío. Desde el 2000, 1.521 árabes de Israel fueron asesinados, la mitad menores de 30 años.

El sentimiento extendido es de desigualdad y dejadez estatal. En los últimos años, las bandas criminales afloraron gracias a un doble vacío: la insuficiente persecución policial y la marginalidad extendida en el sector, que allana el terreno para la proliferación de actividades ilegales.

A ello se suman las decenas de miles de armas ilegales extendidas en las comunidades árabes. Puntuales redadas policiales para confiscar armamento no logran atajar el problema de raíz. Para más inri, muchos de los fusiles pertenecían al propio ejército israelí, en cuyas bases –sobre todo en el desierto del Neguev- suelen producirse robos por parte de bandas criminales.

El reportero Deiaa Haj, del rotativo Ha’aretz, entrevistó a varios jóvenes árabes, que confirmaron que comprar un fusil es tan fácil como encargar una pizza. Afirman que armados no temen a nadie, y se sienten por encima de la ley. Talal, de Jaljuliya, defendió que “es la manera más rápida de hacer dinero y vivir una vida placentera”. Aslam, de Tira, alegó que “muchos dicen hacerlo por autodefensa, pero mienten. Lo hacen para que la gente les tema, y las lucen en bodas o por la calle”. Para Mohamad, de Kalansawa, su arma “es un mensaje a los peligrosos: que no se metan conmigo. Me da valentía y fuerza”. Poseen rifles del tipo kalashnikov o M16, pistolas Glok o Beretta, e incluso granadas de mano.

Entre el incesante derramamiento de sangre, el ejecutivo de Bennett anuncia constantes medidas para intentar atajar el fenómeno. En octubre, se aprobó el controvertido involucramiento del Shin Bet (servicio secreto interno), que con sus avanzadas herramientas tecnológicas opera contra palestinos sospechosos por terrorismo. Se precisó que “se recurrirá a los servicios secretos en casos en que “esté en peligro la soberanía del estado”. Tras sobrepasar las cien muertes, se dio un paso más: se creará una comandancia compartida entre la policía, el ejército, el Shin Bet y la autoridad de impuestos para perseguir el contrabando de armamento. Pese a las nuevas medidas, el ministro al cargo de la policía, Omer Bar Lev, pronosticó que en los próximos meses las muertes irán al alza: “no es una cuestión de semanas, tomará varios meses”. La comandancia mixta no se pondrá en marcha hasta dentro de sesenta días.

Además, se pondrán en marcha otras medidas: permitir que la policía realice búsquedas sin orden judicial; endurecer las penas a quienes alteren pruebas de un crimen; y el despliegue de dos unidades extra de la policía militar. También se pretende limitar el mercado negro de préstamos, otra jugosa fuente de ingresos de las mafias, cuyos impagos derivan en asesinatos.

El ejecutivo considera que “estamos en una situación de guerra”, pero para la periodista Sheren Falah, una de las impulsoras de la campaña de concienciación #ArabLivesMatter “es momento de un cambio real. Los políticos y la prensa deben hablar de esto, porque es un problema israelí”. Considera que es “insuficiente” centrar la solución en más refuerzos policiales: “debe cambiar la actitud del gobierno hacia toda la población árabe, reducir la desigualdad, y fomentar oportunidades para prevenir que la juventud se una al crimen”. “No somos meras estadísticas”, clamó Falah.