Antonio Costa, el hábil equilibrista que unió a la izquierda lusa para gobernar

Tras su reelección en 2019, el primer ministro socialista decidió volar por libre sin pactar con marxistas y comunistas

El primer ministro portugués Antonio Costa (C) después de que el Parlamento rechazara la propuesta de los Presupuestos para 2022 en Lisboa
El primer ministro portugués Antonio Costa (C) después de que el Parlamento rechazara la propuesta de los Presupuestos para 2022 en Lisboa FOTO: MARIO CRUZ EFE

“Es una frustración personal y no tengo ninguna vergüenza en reconocerlo”. Faltaban 24 horas para el jaque mate y así admitía Antonio Costa el final de su gran proyecto político, seis años de innovadora alianza de izquierdas en los que cogió un Portugal magullado tras años de recortes y rescate e impuso una estrategia que llevó al país a ser ejemplo de superación, aplaudido por Bruselas y con recuperado prestigio en la escena internacional. Una auténtica transformación de patito feo a cisne tallada en función de sus propias virtudes y defectos: un optimismo muchas veces ciego y una soberbia que este miércoles han acabado por defenestrarle.

Nacido en Lisboa en 1961, formado como jurista y socialista desde su época de estudiante, Costa ha tocado durante su vida política casi todos los cargos de relevancia dentro del partido y también en la vida pública, siendo diputado, líder parlamentario, ministro y alcalde de Lisboa antes de revolucionar en 2015 la vida nacional con un inédito acuerdo de las izquierdas que le permitió formar un gobierno en solitario que sería apoyado en el Parlamento por el marxista Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués. Conseguía así Costa el poder tras unas elecciones que había ganado realmente el conservador PSD, y lo hacía con una mayoría de izquierdas a la que prometió que revertiría los recortes impuestos por la troika tras el rescate de 2011.

La promesa gustó a comunistas y marxistas y preocupó en Bruselas, donde Costa tranquilizó revelando poco a poco que, escondido tras pequeños alivios sociales, el núcleo de su política era la contención del gasto público con prioridad en reducir el déficit y pagar las deudas del país. Y así, sonriendo dentro y fuera de fronteras y con gestos de maestro de ajedrez, fue contentando a todos y devolviendo a Portugal el prestigio que perdió al pedir ayuda y ser comparada con la malograda Grecia. Portugal era otra cosa, un “milagro” que el primer ministro exhibió con orgullo, impulsado por una coyuntura mundial que facilitó la llegada de inversiones al país y el despegue del turismo.

El dinero entraba y Costa quedó en la fotografía como el artífice. Suyos han sido los años de los grandes logros de Portugal, en los que todo parecía salir casi con naturalidad en un país acostumbrado a sufrir penalidades y que de pronto lideraba a través de Mário Centeno el Eurogrupo y hasta alzaba airado la voz para defender a la vecina España de los ataques holandeses durante la crisis del coronavirus.

Pero el exceso de confianza, rechazando firmar acuerdos con los socios de izquierda a partir de 2019, cuando comenzó su segunda legislatura, sacó la cara más amarga de Costa, que impulsó una reforma para reducir considerablemente el número de veces que debía acudir a dar explicaciones al Parlamento. Acusado de aires soberbios, sin voluntad de negociar más allá de una vez al año para lograr apoyos a sus Presupuestos, cae ahora traicionado por aquellos que le apoyaron hace seis años, que han dicho basta. El milagro se ha terminado.