Rusia

El «caso Skripal» desempolva el teléfono rojo

La expulsión masiva de diplomáticos rusos y occidentales reactiva la política de bloques.

Rusia cierra el consulado de EE UU en San Petersburgo
Rusia cierra el consulado de EE UU en San Petersburgolarazon

La expulsión masiva de diplomáticos rusos y occidentales reactiva la política de bloques.

El tira y afloja entre EE UU y Rusia parece lejos de atemperarse. Tanto que los 60 diplomáticos rusos que expulsó Washington esta misma semana podrían no ser los últimos. Rusia, entre tanto, respondió con la expulsión de 58 diplomáticos de EE UU en Moscú. Asistimos a un escenario que muchos observadores ya describen como antesala de una Guerra Fría, por mucho que el anacronismo resulte obvio. De hecho, algunos prohombres cercanos al presidente aspiran a redoblar las medidas de fuerza. Así lo reflejaban el 30 de marzo en las páginas de «The New York Times» Peter Baker, Andrew Higgins y Steven Erlanger, que insisten en que si bien el presidente todavía se muestra reacio a criticar abiertamente a Rusia sí que habría concluido que es peligrosa. Un giro casi copernicano para una Casa Blanca frecuentemente acusada de actuar con inexplicable benevolencia ante Rusia.

Más todavía a la luz tenebrosa del «Rusiagate» y las salpicaduras que podrían acarrearle las posibles sinergias entre su campaña electoral y el espionaje ruso. Ese mismo día, y entrevistado en la cadena NBC por Savannah Guthrie, el embajador de Rusia en EE UU, Anatoly Antonov, lamentó el tratamiento que está recibiendo su país. «Me parece», dijo, «que la atmósfera en Washington está envenenada. Es una atmósfera tóxica (...) No recuerdo una [tan mala] en nuestras relaciones». Para Antonov, Rusia se ha transformado en la coartada de todos los males. «Hacen responsable a Rusia de todo, incluso del mal tiempo», sostiene, para añadir que «es hora de que dejemos de culparnos los unos a los otros. Es hora de empezar a hablar de problemas reales». En una conversación con momentos de gran dramatismo, el embajador afirma que ha invitado a sus «colegas del Departamento de Estado y de Defensa». «Si tienen miedo [a reunirse en su residencia], les dije: “Vamos, podemos vernos en un restaurante para discutir los problemas pendientes”. Esto fue hace cuatro o cinco meses. La respuesta que obtuve fue el silencio». El embajador también ha dicho en un comunicado que «las relaciones entre la gente común no deberían sufrir. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que los estadounidenses no tengan ningún problema con los viajes a Rusia. Una vez que los estadounidenses visiten Rusia, entenderán por qué la amamos tanto y por qué estamos tan orgullosos de ella».

En un análisis punzante, David A. Graham, de la revista «The Atlantic», se pregunta hasta qué punto la expulsión de los diplomáticos rusos no desbarata las sospechas de colisión con el espionaje ruso. Hasta ahora, el presidente estadounidense, Donald Trump, habría negado la hipotética influencia rusa en las elecciones no tanto por complicidad o porque, como se ha llegado a insinuar, el espionaje ruso incluso pudiera guardar información sucia en su contra, no porque sus colaboradores hubieran trabajado con los «hackers» rusos o porque el Kremlin hubiera apostado a su triunfo, como por el agudo, arrollador sentido que tiene de sí mismo y de su lugar en la historia. Cualquier concesión al relato del «Rusiagate», cualquier reconocimiento en ese sentido, disminuiría el mérito de su victoria. ¿Lo más fascinante? Que apenas hacía una semana desde que Trump felicitó efusivamente a Vladimir Putin por su triunfo en las elecciones legislativas de Rusia.

Pero el ego de Trump se estaría entrometiendo. Como explican en la NBC, y a pesar de que la retórica pública continuaba siendo amigable, detrás de las bambalinas Trump habría ensombrecido el tono sobre Putin, «pero el cambio parece más una reacción al reciente desafío del líder ruso que al convencimiento de que sea un adversario. Cuando a principios de marzo Putin afirmó que Rusia dispone de nuevas armas con capacidad nuclear que podrían atacar a EE UU, subrayando la amenaza con un vídeo que simulaba un ataque», el presidente se sintió herido. Muy herido.

Si la lealtad y el seguidismo son los valores supremos para un Trump que ha hecho del culto a su efigie una suerte de religión laica, nada podía enfurecerle más, nada estaría más cerca de embarrancar las relaciones entre los dos países, que el órdago de Putin. De momento, el «caso Skripal» ha conseguido que el teléfono rojo vuelva a comunicar.