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El funeral de McCain aisla más a Trump

El adiós al senador escenifica el cisma entre la élite de Washington y el inquilino de la Casa Blanca, que se fue a jugar al golf durante el sepelio de su colega republicano.

  • Meghan McCain habla durante el funeral por su padre, el senador John McCain, en la catedral nacional de Washington. (AP Photo/Pablo Martinez Monsivais)
    Meghan McCain habla durante el funeral por su padre, el senador John McCain, en la catedral nacional de Washington. (AP Photo/Pablo Martinez Monsivais)
Nueva York.

Tiempo de lectura 4 min.

02 de septiembre de 2018. 00:15h

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Julio Valdeón.  Nueva York. 1/9/2018

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Fue una mañana de contrastes. John McCain, héroe de guerra, que nunca cedió a los interrogatorios en Vietnam, seis veces senador por Arizona, dos veces aspirante a la Casa Blanca, león republicano, fue despedido con honores en Washington D.C. El gran ausente, Donald Trump, aprovechó para tuitear sobre aranceles, insultar al FBI y mejorar su rendimiento en un campo de golf en Sterling, Virginina. Para asistir a la ceremonia que tuvo lugar en la catedral nacional de Washington era imprescindible contar con invitación previa, y Trump no estaba en la lista. Cómo podría, si insultó al ayer homenajeado durante la campaña electoral de 2016 y éste le respondió, meses más tarde y tras la entrevista del ya presidente con Putin, que nunca un mandatario de los EE UU se había humillado de forma tan obscena a los pies de un sátrapa.

Sí habló, destacadísimo, Henry Kissinger. El que fuera hombre de acero y diplomático maquiavélico en tiempos de Nixon, comentó que «nuestro país ha tenido la suerte de que, en momentos de adversidad nacional, surgieron algunas grandes personalidades para recordarnos nuestro sentido de unidad e inspirarnos para cumplir con nuestros valores». «John McCain», añadió, «fue uno de esos regalos del destino».

Si acerada fue su dedicatoria entre líneas al actual presidente, no digamos ya la del senador Joe Lieberman. Cuando recordó que «John regresó al Senado después de su cirugía el verano pasado y votó en contra del proyecto republicano de atención médica, y algunas personas lo acusaron de deslealtad al presidente y al partido, pero [tal y como demostró con el discurso que pronunció esa misma noche], su voto no estaba en contra de ese proyecto de ley, sino en contra del sectarismo que ha tomado el control en nuestros partidos políticos y nuestro gobierno y que provoca respuestas totalmente unilaterales a problemas nacionales tan complicados como la atención médica».

Hubo también tiempo para George W. Bush. Republicano como él, sí. Unidos en su profunda aversión hacia Trump. Pero con el que protagonizó unas primarias brutales. Baste recordar que la campaña de Bush habría contratado los servicios de una agencia para telefonear a los votantes de Carolina de Sur y explicarles que McCain había tenido una hija con una prostituta negra. En realidad, la niña había sido adoptada en Bangladesh. Claro que todo aquello queda lejos. Todo lo lejos que pueden situarse las confrontaciones de dos conservadores una vez que su discurso fue sustituido por un populismo que del republicano clásico tiene el nombre y, acaso, los peores tics.

«Me hizo mejor persona», sostuvo Bush. Al mismo tiempo reconoció sus antiguas trifulcas. Como el resto de oradores, destacó el radical sentido del honor de su antiguo rival. «A lo largo de su larga carrera», afirmó, «John enfrentó políticas y prácticas que creía que no eran dignas de su país. Ante los poderosos John McCain insistía: somos mejores que esto. América es mejor que esto». Su discurso, al fin, tuvo el tono duro y hondo que muchos esperaban.

Barak Obama, por su parte, confesó lo mucho que le había sorprendido la llamada de McCain para pedirle que hablase. No lo esperaba. Obama, que estuvo ocurrente, y elegante, mucho, hizo sonreír a todos cuando explicó que con esa petición McCain mostraba su «irreverencia, su sentido del humor». «Después de todo», abundó, «su última broma fue hacer que George y yo digamos cosas buenas sobre él delante de una audiencia nacional». También le agradeció la notable ocasión en la que salió a defenderlo en un acto de campaña.

A fin de cuentas, dijo, McCain siempre creyó que «Hay algunas cosas más importantes que tu partido, que la ambición, el dinero, la fama o el poder, cosas por las que vale la pena arriesgarlo todo, principios que son verdades eternas que permanecen».

Otra ausencia evidente fue la de Sarah Palin, candidata a vicepresidenta en 2008. Quizá porque, como el viejo aviador llegó a reconocer, la elección de Palin pudo reportarle instantáneos beneficios en los sondeos.

A la larga, en cambio, fue letal. Abrió la puerta, homologándolos, maquillando su cháchara, a los extremistas, radicales y populistas. Esos de los que Donald Trump sería el más acabado y eximio representante. Lo dijo la hija de McCain, Meghan: «Nos hemos reuniuntariamente, ni la apropiación oportunista de aquellos que vivieron cómodas vidas privilegiadas mientras él sufría y servía».

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