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El proteccionismo de Trump amenaza el comercio global

El presidente de EE UU promete excluir a México y Canadá de los nuevos aranceles al acero y al aluminio

  • El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un acto ayer en Washington, U.S.. REUTERS/Kevin Lamarque
    El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un acto ayer en Washington, U.S.. REUTERS/Kevin Lamarque
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Nueva York.

Tiempo de lectura 5 min.

09 de marzo de 2018. 02:33h

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Julio Valdeón Nueva York. 8/3/2018

Reunido con periodistas, Donald Trump había reiterado su promesa de subir los aranceles al acero y al aluminio. Una medida que no por anunciada dejaba de resultar explosiva. Arrollador y locuaz, el presidente insistió en su propuesta. Lo hizo horas antes de verse con los trabajadores del sector, convocados a la Casa Blanca mientras un ejército de abogados y consejeros trabajaba contra reloj para que la legislación fuera ajustada a derecho.

Finalmente, hizo honor a su palabra. Rubricó con su firma unas tarifas a la importación que podrían entrar en vigor antes de dos semanas. «Las decisiones que hoy [por ayer] estamos tomando no son optativas», señaló. Antes al contrario, para Trump se trata de pasos imprescindibles para fortalecer la seguridad de EE UU. Cierto que no todos los países sufrirán por igual los aranceles. Algunos, como Corea del Sur, Alemania o China se sitúan en el grupo de los señalados. Otros, como Australia, podrían librarse si se dan unas condiciones no espeficicadas. Finalmente, quedan fuera Canadá y México. Al menos mientras duren las negociaciones del NAFTA.

«Me mantengo en el 10 y el 25 [por ciento]», había comentado Trump a la Prensa, al tiempo que abundaba en su «derecho a subir o bajar [el porcentaje]» y «a dejar fuera y/o a agregar países». «Vamos a ser flexibles», insistió. «Al mismo tiempo, tenemos amigos y enemigos que se han aprovechado de nosotros tremendamente a lo largo de los años». Es decir, se reserva la posibilidad de hacer de la medida un órdago en las conversaciones. O como él mismo explicó, los dos países verán gravadas sus importaciones de acero y aluminio «si no logramos el trato del NAFTA o si acabamos con el NAFTA porque logramos un acuerdo que sea justo».

Se trata, en cualquier caso, de una bomba económica con la capacidad de destrozar varias décadas de política pactada hasta resituar el debate en la diana misma aislacionista. Un nacionalismo, pepita central en su discurso, atemperado hasta ahora. Dormido, pero nunca muerto. Atrapado entre las presiones del Partido Republicano, que contemplaba espantado los aranceles, y la necesidad de mantenerse fiel a esa derecha alternativa que lo aupó hasta la Casa Blanca, y a la imagen de hombre directo y enemigo de convenciones que él mismo ha forjado, el presidente ha decidido por los segundos.

Normal que el Partido Republicano, o al menos 106 de sus más destacados representantes, firmara una carta en la que le rogaban que no siguiera adelante. «Le escribimos para expresar nuestra profunda preocupación por la perspectiva de unos aranceles amplios y globales sobre las importaciones de aluminio y acero. Debido a que los aranceles harán que las empresas estadounidenses sean menos competitivas y los consumidores estadounidenses más pobres, deben diseñar unas tarifas que hagan frente a las distorsiones específicas causadas por las prácticas comerciales desleales de una manera específica, al tiempo que se minimizan las consecuencias negativas para las empresas y los consumidores estadounidenses».

Su postura es, sencillamente, la de un «establishment» que juzga primordial mantener las políticas comerciales actuales. Las mismas por las que apostaron tanto Bill Clinton como George W. Bush y Barack Obama. Valedores de la globalización y los mercados tal y como los conocemos. Y objeto de aborrecimiento para los populismos de izquierda y derecha. Pero al presidente no pareció importarle la opinión de sus correligionarios. Así, y al tiempo que circulaba la súplica de los republicanos, los hombres de la Casa Blanca mantenían frenéticas negociaciones para consolidar la subida de tarifas. Pero nadie explica mejor las resoluciones de Trump que el propio Trump. «La industria estadounidense del aluminio y el acero ha sido devastada por prácticas agresivas de comercio exterior», dijo, «Es realmente un asalto a nuestro país. Ha sido un asalto. Los trabajadores estadounidenses del acero y el aluminio han sido traicionados durante mucho tiempo, pero la traición ha terminado» Tras hacer un llamamiento a «proteger y construir nuestras industrias del acero y el aluminio», insistía en que demostrará flexibilidad y voluntad de cooperación hacia aquellos que son verdaderos amigos y nos tratan justamente tanto en el comercia como militarmente».

Firma del pacto transpacífico

Queda la incógnita si saber entre esos amigos hay alguien más aparte de Canadá y México. De si, por ejemplo, la UE o China encontrarán hueco en el vagón de los privilegiados. O si ni siquiera sus vecinos del norte y del sur podrán sobreponerse a la primera gran ola proteccionista. Anuncio, quizá, de una tendencia imparable. Especialmente después de los históricos recortes fiscales, con el partido apaciguado y sus líderes satisfechos, esto es, tras sofocar cualquier conato de resistencia y apuntalar, al fin, sus credenciales como republicano. Es el momento, acaso, de honrar a quienes lo encumbraron. Tan lejos, entonces y ahora, de los discursos convencionales. Tan cerca de un proteccionismo mil veces anunciado y en el que casi nadie creía.

Mientras, en contraposición a los vientos de nacionalismo económico que soplan en Washington, la comunidad internacional prosigue su apertura comercial. Así, once países de la cuenca del Pacífico firmaron ayer en Chile el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, uno de los mayores acuerdos comerciales del mundo, que abarca 498 millones de personas y el 13 % de la economía global.

Ministros de Australia, Canadá, Chile, Malasia, México, Japón, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam rubricaron la creación del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés) en una ceremonia encabezada por la presidenta chilena, Michelle Bachelet. «Es un tratado ambicioso, moderno y con visión de futuro, y que con creatividad incorpora las nuevas temáticas del comercio internacional que exigen que los beneficios de la globalización alcancen a todos», manifestó Bachelet.

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