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El placer de compartir

  • Carmen Lomana junto a Carlos Martorell en ARCO
    Carmen Lomana junto a Carlos Martorell en ARCO

Tiempo de lectura 4 min.

24 de febrero de 2018. 20:10h

Comentada
23/2/2018

Hay momentos que deberían ser de total alegría y felicidad y, sin embargo, a veces sientes que estás superada por los acontecimientos, tienes miedo escénico y pudor y desearías desaparecer dejando algo muy tuyo para contemplación y disfrute de los demás, pero sin tu presencia. Exactamente eso me ocurrió el día antes de la exposición de 77 piezas de mi colección de costura que he prestado al Museo del Traje de Madrid. Aparecí a eso de las cinco de la tarde para enfrentarme al montaje de mis vestidos e intentar ayudar a dar los últimos toques, especialmente a las piezas de Chanel, en las que los complementos son básicos. Al verlas tan maravillosamente expuestas tuve lo más parecido a un «shock» mezclado con enorme emoción. No se imaginan lo fuerte que es ver todas esas maravillas que conviven conmigo de una forma natural puestas en valor. Tuve conciencia de su historia y belleza, me pareció maravilloso poder compartirlas, que toda la gente que ama la costura y la moda pudiese disfrutarlas. Tengo que agradecer infinitamente a Juan Gutiérrez, comisario de la muestra, persona de enorme sensibilidad con la que me entendí de maravilla desde el primer momento. Hemos trabajado juntos con un criterio parecido junto al diseñador del montaje, José Duarte.

Creo que esta colección está asentada sobre un sólido criterio que, dejándome llevar por mi intuición, recoge momentos álgidos de la moda del siglo XX y XXI, que ya forman parte de su historia. Hay piezas, por ejemplo, de la colección de Galiano cuando comenzó su etapa clásica en Dior. Entre ellas una chaqueta de inspiración japonesa que considero una joya de costura. Otra pieza icónica es la de mi admirado Alexander McQueen del desfile «Widows of Culloden», que seguro que reconoceréis los que amáis a este genio por desgracia desaparecido. Y qué voy a decir de los maravillosos vestidos de Valentino de la época en que él estaba al frente de su firma, o de mi adorado Óscar de La Renta. También encontraréis algún Saint Laurent de Tom Ford y fantásticos Marc Jacobs para Vuitton, estos dos genios que alteraron la moda francesa en el cambio de siglo. Las americanas son también dos piezas «vintage» entre las que podréis descubrir al diseñador de cabecera de Marilyn Monroe, William Travilla, con un bellísimo vestido hecho para Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy, o un maravilloso Adele Simpson, modista favorita de la «jet» neoyorquina de los cincuenta. Del presente tenemos Dolce&Gabbana, Prada, Gucci, Lanvin y una nutrida representación de firmas españolas. Quizá os preguntéis: «¿Y Chanel?», pues tiene el núcleo más destacado de la colección ubicado en una burbuja acolchada, como sus bolsos.

Rodeada de amigos

Como os estaba contando, me emocionó mucho ver esta exposición ya montada. Os va a encantar. El día de la inauguración me rodearon mis personas más queridas, algunos amigos no pudieron estar, pero a todos los sentía cerca. Me llenaron de cariño y palabras bonitas, pero la mayor satisfacción la sentí el jueves cuando fui al museo y me encontré con muchísima gente contemplándola, hasta un colegio de Cáceres con adolescentes que, de una manera simpática, jugaban a desfilar a modo de pasarela. Estuve charlando con ellos y casi les di una lección magistral del significado sociológico de la moda.

Detrás de cada vestido no hay una compradora compulsiva, sino una historia de amor y la búsqueda de la perfección. Os enseño una pequeña parte de mi armario para satisfacer la curiosidad de muchas personas que siempre me lo pedían y a lo que una vez contesté de forma inconsciente: «No tengo armarios tengo habitaciones», frase guardada en la memoria de muchos.

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