Los Alberti vuelven al mar

  • Ana Docavo tiene su taller en Valencia, aunque pasa los inviernos en Formentera y durante el año viaja a distintas playas en busca de materiales
    Ana Docavo tiene su taller en Valencia, aunque pasa los inviernos en Formentera y durante el año viaja a distintas playas en busca de materiales

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12 de junio de 2017. 07:27h

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10/6/2017

Ana Docavo es una enciclopedia de playas: Seychelles, Maldivas, Formentera, Mallorca, una veintena de islas en Grecia, Punta Cana, Majahual (México). Todas las conoce a fondo y de cada una se ha llevado recuerdos que más tarde ha reconvertido en obras de arte. «Mi trabajo me llevaba a Nueva York, Londres, París; las capitales culturales. Por eso mis vacaciones siempre han sido a destinos de playa», afirma. Se refiere a cuando era gerente de Patrimonio Ediciones, que se dedica a crear facsímiles de manuscritos antiguos. Allí trabajó durante veinte años, pero en diciembre renunció para «hacer cosas con lo que encuentro en el mar», principalmente cuadros y esculturas, aunque también ha hecho la decoración de restaurantes y bodas. Su más reciente proyecto es una colección limitada de cestos de lujo hechos de erizos de mar pintados a mano.

Lo suyo siempre ha sido el mar. De pequeña soñó con estudiar oceanografía, pero terminó en ingeniería agrónoma e hizo un máster en acuicultura con la idea de montar unas granjas en el Mediterráneo. Sin embargo, no se dedicó a ello porque el azar la llevó a formar parte de Patrimonio. Ahora regresa a esa pasión que asegura haber heredado de su tío abuelo Rafael Alberti. «Su influencia en mi trabajo es una cuestión de genética. En la familia decimos que hay una “rama Alberti”, somos los más creativos y amantes del mar. Como mi hermano, que vive en la playa y sale a surfear cada mañana, y yo. Es algo genético que mi tío también tenía. Lo llevamos en la sangre». Docavo recuerda que «cuando era niña me sabía toda su poesía de memoria, le admiraba muchísimo. Él venía a vernos al apartamento que teníamos en Valencia y nos dibujaba peces. Todavía guardo muchos de esos dibujos. También fuimos a verle en alguna ocasión al Puerto de Santa María».

Los cuadernos de Rute

Alberti era hermano de su abuela María, la madre de su padre, con quien tenía una excelente relación. «Cuando la familia se mudó a Madrid, esa época en que él lo pasó fatal, mi abuela se casó con mi abuelo, que era notario, y se fueron a vivir a Rute. Alberti cuenta en algunas de sus poesías que pasó un invierno allí. Pues era porque estaba visitando a mi abuela», afirma Docavo. Efectivamente, en 1925 el poeta se trasladó a la calle de Toledo de Rute, donde vivía su hermana mayor. Los poemas y cuentos que escribió durante su estadía fueron recopilados más tarde por su hija Aitana y publicados bajo el título «Cuadernos de Rute». Uno de ellos reza: «¿En que lengua y de qué modo/ decirte, mi mar salado,/ que estoy de ti enamorado,/ enamorado del todo?». Alberti recordó aquella época –muy significativa en su carrera, ya que fue el año en que ganó el Premio Nacional de Poesía– en un artículo de «El País», de 1990. Relata su regreso a Rute sesenta y cinco años después y afirma que «es un pueblo lleno de gracia, con gente que bebe mucho y con muchos troveros que echan desafíos entre unos y otros».

Aunque Docavo no sea consciente de ello, aquellos dibujos de peces que su tío le regalaba cuando era pequeña permanecen en su imaginario y han encontrado un espacio en sus creaciones. Otro de sus proyectos recientes es una serie de peces hechos en acuarela –está tomando un curso para perfeccionar la técnica– y decorados con conchas y corales. En alambre, la artista escribe en el cuadro alguna frase relacionada con la zona de donde provienen los materiales que ha utilizado. Por ejemplo, un pez gordo en tonos rosa, decorado con conchas traídas de México, dice: «Buena onda». Se trata de una primera aproximación a la escritura, ya que Docavo confiesa que «también me gusta escribir y siempre he pensado que quisiera escribir algo relacionado con el mar». De hecho, a sus clientes les regala con cada pieza un pequeño libro en el que cuenta la historia de los materiales. Si se trata de un cuadro hecho con cauris, relata cómo en las Maldivas esas conchas eran utilizadas como moneda.

Su conocimiento del mar es amplio –«Un coral crece apenas un centímetro al año», dice, o, «las aguas de Formentera tienen ese color y transparencia gracias a la Posidonia»– y está muy involucrada con iniciativas de conservación –«Soñaba con trabajar en Greenpeace», confiesa–, por eso hace énfasis en que «todo lo que cojo está muerto. Nunca arranco nada ni mato ningún animal». En marzo estuvo un mes en Akumal, en México, y en verano volverá por la zona para seguir recolectando. «Cada día estoy a lo mejor tres horas buceando con “snorkel”, llevo una boya unida a una red en la que voy metiendo lo que encuentro», cuenta. «Buceando se me ocurren todas las ideas. En el agua me siento como si estuviera sola en el mundo».

Suele enviar por correo a España lo que encuentra en sus excursiones y en su taller de Valencia le da un tratamiento especial a cada cosa antes de reconvertirlo en arte. Los bolsos de erizos que está creando ahora, por ejemplo, son producto de un largo proceso. Docavo encarga los cestos artesanales a un taller en Gata de Gorgos y luego pinta a mano cada erizo (se necesitan 165 por cada bolso): «Primero le pongo una pintura llamada imprimación que sirve para fijar las siguientes capas. Luego la pintura de oro y después un barniz para que no se pelen. Entonces los pego uno a uno al cesto con un pegamento especial». Sólo hará una serie limitada de 50 y se pueden encargar a través de su página web (anadocavo.com).

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