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Benidorm: ¿Por qué es vanguardista?

La capital del veraneo no pasa de moda

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Tiempo de lectura 8 min.

26 de agosto de 2018. 10:33h

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Por Lluís Fernández.  27/8/2018

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Tan breve suele ser la vida de la clase media que apenas tiene tiempo de sentir otras experiencias estéticas que la compra de un par de souvenirs, un cuadro de ciervos para el comedor y una puesta de sol nacarada para el dormitorio. Los culturillas creen diferenciarse de esa masa estulta del Imserso, que bailan en Benidorm «Los pajaritos», por el hecho de hacer colas interminables a las puertas saturadas de la Tate o del Guggenheim. Odian tanto al turista como a los souvenirs: la andaluza con traje de faralaes que compran en Barcelona o el porrón con barretina Made in Benidorm. Pero, sobre todo, odian el kitsch con la misma furia con que desprecian a ese turista masificado por los chárteres y el Airbnb y su goce grosero del veraneo con selfie. Ellos van al MoMA atraídos por una exposición del farsante de Joseph Beuys y compran su catálogo razonado como un fetiche que nunca leerán. ¿La diferencia? La nueva lucha de clases: el turista frente al viajero; la masa inculta frente a la masa semiinculta. La andaluza vulgar como placer sensual frente al icono cultural cargado de un goce ideal. Lo paradójico es que sendos fetiches están igualmente masificados para ambas clases medias.

La modernidad posmo del turista es elitista comparada con esa clase media vulgar que hace turismo de playa, sangría y paella; opuesta también al crucerista que visita once ciudades en cincuenta minutos. Los posmo no se consideran turistas sino viajeros; los putos amos de la cultura cargada de significantes vacíos: insulsa como un Warhol impreso en una camiseta y tan vacua como un huevo Kinder. Desde esta atalaya de la performancia kitsch del progre viajero con pretensiones multiculti hay que juzgar el desprecio de clase por la invasión de esos miles de cruceristas que degradan sin pudor las grandes mecas de la cultura occidental, convirtiendo los centros históricos, ya de por sí abandonados por la burguesía en los años 60 y recuperados como barrios para preppies e hipsters gentrificadores, en parques temáticos donde cuatro monumentos, dos calles típicas y cinco comercios que sobreviven a duras penas se ven asediados por puestos de kebab, tiendas de souvenirs y heladerías cutres.

Réplicas kitsch

El viajero cultural es un turista con pretensiones. Se cree superior y desprecia por tanto al bárbaro invasor de espacios que hasta ayer eran su parque semántico. Pero sobre todo odia Benidorm: la única ciudad española que tiene un espectacular skyline en vez de un mugroso horizonte inmobiliario. Si estas almas cándidas no ignorasen que el kitsch ya lo ha invadido todo, sabrían que Benidorm es a Venecia lo que Las Vegas a Nueva York: la posmoderna lucha de flashes entre la masas vulgares enfrentadas a los semi-iletrados. Este «semi» es la «petite diférence» entre el turista y el viajero. Unos degluten falafeles y otros Lacan con grelos, sin caer en la cuenta de la errata psicoanalítica en el menú de Caixaforum. La vieja y elitista Europa odia las ciudades museo viviente. Creen que Venecia y Barcelona son superiores a réplicas kitsch de ese trampantojo franquista que fue «El pueblo español». Porque para un turista todo es decorado, fachada reconocible donde inmortalizarse con un selfie. Lo bueno de Europa es que no requiere hacer parques temáticos replicantes como Las Vegas o Disneylandia. Europa entera es un auténtico parque temático donde lugareños y extranjeros pueden sentir la sensación de vivir en el centro de sus ciudades la experiencia masificadora del turismo que arrasa el casco histórico y desaparece en pocas horas dejando una estela de divisas.

No hay marcha atrás, por mucho que los habitantes del centro de esas ciudades y los Ayuntamientos radicales luchen sin esperanzas contra su destino masificado. La alternativa Colau-Carmena es anular la ley, maniatar a la Policía municipal y dejar el centro urbano en manos de los okupas y los yonquis. Fomentar los narcopisos y los pisos patera y abandonarlos a la delincuencia, los manteros y narco-campamentos en la Barceloneta, una vez anulada la policía municipal. La anarquía de barrios sin ley ni represión policial, repletos de turistas borrachos o drogados, abona la idea de que el turismo todo es una lacra que hay que erradicar. Algo similar ocurrió en el Nueva York de los años 70 y en el centro de Los Ángeles en los 80 y 90, hoy reconvertido en el barrio hipster de moda. ¿Qué hubiera sido de Chueca sin los gay? ¿Y de Ruzafa sin los jóvenes «gentrificadores»?

En cuanto a Benidorm, es un proyecto de macrociudad de recreo que cuenta con el único plan que, iniciado por el alcalde Pedro Zaragoza a finales de los 50 con el Festival de Benidorm, no ha parado de crecer desde entonces hasta convertirse en la única ciudad española, incluso europea, que es una réplica de sí misma: sencillamente edificada a la medida de la demanda turística. Marina D´or es un maravilloso parque infantil donde solamente faltaría Aquaman y la Sirenita para que fuera perfecto. Benidorm es la Meca del peregrinaje turístico anti-posmo, el peregrinaje al lugar de la «villégiature», en donde el souvenir ha sustituido a la reliquia. Al igual que Las Vegas es la Meca del jugador compulsivo, el recreo de la familia norteamericana y las despedidas de soltero, y Tijuana el burdel del desvirgue juvenil yanqui, Benidorm es el parque del deseo que unifica el turismo, ese gran invento de los sesenta, con las demandas que integran todas las edades y nacionalidades, el ocio familiar con las distintos paquetes de alternativas sexuales a la carta. Justo lo mismo que ofrecían Barcelona y Mallorca antes de estallar la «turistofobia», negándose a aceptar su condición de lugares de recreo masivo turístico desde que okuparon sus alcaldías el socialismo revolucionario, porque se habían convertido en destinos turísticos similares a Benidorm e Ibiza. Dos lugares que han aceptado que sus ofertas cumplen el deseo del turista a la medida de sus fantasías veraniegas de playa, relax, colocón y sexo en sendos paraísos mediterráneos que se enorgullecen de vivir de ello. Esa es la razón por la que han organizado una reciente exposición y ponencias que culminarán en Benidorm, patrocinadas por los Ayuntamientos anticapitalistas de Barcelona y Palma, titulada «Ciudad de vacaciones: una reflexión a través del arte contemporáneo». Lo que es igual a denigrar la industria turística de la que viven millones de españoles ante nuestra incapacidad de reconvertirnos en Silicon Valley. Para F. Estévez: «El souvenir representa la encarnación del gasto inútil». Algo banal que hace tangible la experiencia intangible del viaje. En verdad, más que «recuerdo», el souvenir es reliquia laica de un viaje iniciático que lo dota de sentido y que con su presencia cumple una función mágica. Por eso se coloca encima del televisor, tótem que preside cada hogar. No es por tanto ni banal ni inútil. Sigue una larga tradición de iconodulía, difícil de comprender en un mundo posreligioso. El souvenir, con el paso del tiempo, ha dejado de representar un recuerdo lejano para ocupar el lugar de objeto autónomo, un referente cultural de sí mismo desligado de lo que originalmente representaba. De fetiche ha pasado a ser un tótem. Y esa transubstanciación se ha operado gracias al arte pop. El fetiche tiene fuerza mágica en las religiones primitivas, pero en las laicas apenas representa un resto de magia del recuerdo. Lo singular es que el tótem se une a lo artístico, pues ambas iconodulías profesan al tótem, léase el Naranjito o las Marilynes de Warhol, un culto similar. Entre otras simplezas que solamente el arte contemporáneo es capaz de elucubrar, las turismografías repudian el turismo como «reorganización neoliberal de lo urbano». Traducción: la conversión de los centros urbanos en espacios para el turista que conviertan dichas ciudades en centros de atracción turística. ¡A quién le importa que la gente se quede sin trabajo!

EL «EGOCASTING»

Nadie recuerda el maravilloso invento del vuelo charter que a partir de los años 70 del siglo XX permitió a millones de viajeros visitar el primer mundo. Hoy, viajar resulta todavía más barato y mucho más incómodo. El charter «low cost es» como aquel autobús comarcal insufrible o el tren que cruzaba España, llamado «El piojo verde». El deseo del turista que sueña con visitar lugares lejanos ya no es ver y conocer, sino dejar constancia mediante un selfie de que han estado allí. Lo importante es inmortalizar el viaje como un «egotrip» en el que los turistas son los actores principales y el fondo, ya sea el Taj Mahal o la torre Eiffel, un borroso decorado.

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