Historias

Muerte y leyenda del General Gordon En Jartum

De los acontecimientos que ocurrieron el DÍA 26 de enero de 1885, sin duda, su fallecimiento sigue hoy envuelto en un gran misterio.

«La última defensa del general Gordon» (1893), por George W. Joy
«La última defensa del general Gordon» (1893), por George W. Joylarazon

De los acontecimientos que ocurrieron el DÍA 26 de enero de 1885, sin duda, su fallecimiento sigue hoy envuelto en un gran misterio.

Al poco de caer Jartum en manos derviches, apareció una versión «oficial» de la muerte de Gordon –creada gracias a las narraciones del mercader Ibrahim Bey al-Burdayni y los europeos Ohrwalder, un religioso que había sido apresado en El Obeid, y el militar Slatin, a pesar de que ninguno de los tres fue realmente testigo del hecho–, según la cual este se negó a defenderse mientras esperaba la muerte, por lo que fue alanceado varias veces por los asaltantes de su palacio, que tendrían consignas del Mahdi de acabar con su vida tan pronto como fuera posible. En realidad, esta narración sigue las pautas que creó el general F. R. Wingate, al mando de la inteligencia británica en Egipto y Sudán, para ofrecer a la opinión pública victoriana un punto de vista sensacionalista y extremadamente colorista, aunque no muy exacto. Fue él quien supervisó las traducciones al inglés de los relatos de los dos europeos. Pero las evidencias son otras bien diferentes.

Sobre la orden del Mahdi de matar a Gordon, fueron varios los testigos sudaneses, entre ellos dos emires, quienes posteriormente afirmaron que el líder religioso había confiado en poder tomar prisionero al inglés. En realidad, fue la pésima disciplina en el campo derviche la que provocó que finalmente Gordon fuera muerto, por ello no es de extrañar que quien lo asesinó intentara mantener su anonimato, temeroso de que se desatara la furia del Mahdi, tal y como ocurrió cuando fue informado de su fin: ordenó a sus comandantes que hicieran lo posible por saber quién había contravenido sus órdenes para castigarlo ejemplarmente, aunque las indagaciones posteriores no tuvieron ningún éxito.

Pero los testimonios de otros sudaneses que habían servido al Mahdi son capitales para conocer la verdad sobre la muerte de Gordon: cuando los asaltantes comenzaron a entrar en el palacio del gobernador, el inglés –vestido de azul oscuro– salió a plantarles cara junto a varios de sus ayudantes y soldados; al poco, recibió un disparo en el pecho, aunque eso no le impidió combatir a aquellos que comenzaban a ascender las escaleras del edificio, sobre los que continuó descargando su revólver, hasta que un lanza le hirió en el costado izquierdo y le hizo caer al suelo, donde fue rematado por otros guerreros sudaneses. Esta versión, en la que Gordon murió como un soldado con su arma en la mano, curiosamente concuerda con la que recogió Wilson en sus memorias acerca de la acción de la Columna del Desierto. Debido a esto habría que preguntarse ¿cuál es la razón que provocó que la realidad de los hechos se transformara en una hagiografía según la cual el oficial murió como un mártir?

La respuesta es simple, la muerte de Gordon se convirtió en una excusa para una nueva expansión británica en el África central, mediante la transformación de la realidad pasó a ser un símbolo de la rectitud del imperialismo británico: gracias a su muerte, la justicia y los valores victorianos habían sido adoptados por otros países que aún no habían alcanzado el grado de civilización de la que hacia gala la luminaria del mundo en el siglo XIX y principios del XX. Así dio comienzo una leyenda que facilitó los actos de la potencia europea en las sucesivas décadas y no sólo en el Sudán.

Para saber más

«Jartum»

Desperta Ferro Antigua y Medieval

n.º 23

68 pp.

7€

ÁGUILAS EN EL BARRO

En los momentos postreros de la batalla de Teutoburgo, la derrota era tan cierta como inminente. Bajo tales circunstancias y acosados por la desesperación más absoluta, los desdichados legionarios y sus oficiales comenzaron a comportarse de forma heterodoxa, como no hubieran hecho jamás en condiciones normales. Mientras unos optaron por resistir heroicamente hasta el último aliento, otros huían presa del pánico o incluso trataron de huir aprovechando la velocidad de sus monturas, aunque en la mayoría de los casos, sin éxito. El historiador Anneo Floro relata el comportamiento de un portaestandarte romano, que, en tales circunstancias, llevó a cabo una acción sorprendente: «[...] antes de que la tercera [águila] fuera arrebatada, el portaestandarte la sacó de la pica, y envolviéndola en su tahalí, la sumergió en el fondo de un pantano ensangrentado». Las águilas eran objeto de la máxima devoción de la legión y su captura a manos del enemigo, objeto de escarnio.