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El Invernadero como metáfora

Tiempo de lectura 2 min.

12 de marzo de 2019. 13:09h

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Víctor Fernández.  12/3/2019

Barcelona es una ciudad que tiene en el Modernismo uno de sus pilares culturales y turísticos. Es esa Barcelona de postal de Escudo de Oro que tanto nos gusta enseñar y convertir en emblema. Con el Modernismo, Barcelona jugó a ser París, pero se quedó sin la ambición que luego obligó a que muchos artistas se fueran a buscar aire fresco creativo en la capital francesa. Pese a todo ello, tenemos un legado que va mucho más allá de las formas geológicas de Antoni Gaudí. Porque parece que en Barcelona se prefiera apoyar unos edificios concretos en detrimento de otros. Eso es lo que está pasando con un equipamiento histórico como es el Invernadero de la Ciutadella. Hace tres años que el Ayuntamiento de Barcelona se tenía que haber puesto manos a la obra y recuperar este espacio, este símbolo del Modernismo y de aquella Exposición Universal con la que la ciudad sacó pecho. No ha sido así y el edificio se encuentra hoy en un estado lamentable, una muestra más de la decadencia en la que vive hoy una parte de la vida cultural de la ciudad. El Invernadero es hoy una metáfora de una Barcelona que fue y ya no es, que se está perdiendo para siempre porque no se hace nada por sacarla de la agonía en la que se encuentra. Desde hace tres años, el equipo de Colau trabaja en un proyecto para la rehabilitación del Invernadero. Debe estar siendo redactado a mano y con miniaturas propias de monje medieval porque si no es así no se acaba de entender la lentitud. El edificio se cae a pedazos, en un estado semirruinoso, un ejemplo más de cierta dejadez. Los cristales rotos, la porquería que amontona en su interior o los colchones sucios son ahora algunos de los elementos que conviven en el Invernadero. Es la decadencia.

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