La tienda de Madrid Souvenirs, en la calle de Postas 7, ha reducido su horario de apertura para intentar evitar la quiebra en un momento crítico para cualquier negocio turístico.
La tienda de Madrid Souvenirs, en la calle de Postas 7, ha reducido su horario de apertura para intentar evitar la quiebra en un momento crítico para cualquier negocio turístico.Alberto R. RoldánLa Razón

¿Cómo vivir del suvenir cuando no hay turistas?

Con la abrupta caída del número de visitantes extranjeros debido a la pandemia, las tiendas de recuerdos de la ciudad han perdido su clientela y principal fuente de ingresos

«Suvenir»: objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar. Hay quien los adquiere como medallas tras un verano cargado de destinos marcados con chinchetas en un mapamundi pintado en mil colores. Otros los guardan como prueba de todos los kilómetros recorridos por tierra, mar y aire, algo así como sellos de un largo y reconfortante camino que nadie querría olvidar pese al paso del tiempo. Para algunos sirven casi como piezas de coleccionista con las que colmar de personalidad las estanterías, para otros estos artículos son capaces de convertir en un álbum una simple nevera. En cualquier caso y como bien dice el diccionario, siempre son recuerdos de una visita, el testimonio de todos esos viajes que, este año, como tantas otras cosas, han tenido que aplazarse, pero con el inconveniente de no tener la opción de simulación en diferido. Porque, aunque el 2020 apuntaba a ser el año en el que los presagios futuristas del mundo de la ciencia ficción empezaran a cumplirse –y tal vez, en sus tintes más apocalípticas, así ha sido–, la tecnología, pese a sus avances, aún no ha encontrado la manera de hacer turismo sin salir de casa.

La irrupción en escena de la Covid-19 ha golpeado con especial fuerza y casi ensañamiento a este sector: desde que arrancó el año hasta el pasado mes de septiembre, la Comunidad de Madrid apenas ha recibido 1.587.000 visitantes extranjeros, lo que representa menos del 30% del total registrado durante el mismo periodo en 2019; la cifra es más preocupante mirando de forma aislada los datos del último mes del verano ya que, mientras en septiembre de 2019 llegaron a la región cerca de 620.000 turistas internacionales, en septiembre de 2020 han sido poco más de 48.000 los que han venido a Madrid. Así lo la última Encuesta de Movimientos Turísticos en Frontera realizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), que sigue poniendo de manifiesto el sufrimiento detrás de una actividad económica que repercute mucho más allá del núcleo hostelero. «Entiendo que son mayoría, pero nosotros también somos turismo, también formamos parte de esta cadena», reclaman desde la familia Bartolomé, dedicada casi al completo al comercio del suvenir en la capital.

Ocho hermanos, tres cuñados, siete sobrinos, varios socios amigos y todo un equipo de trabajadores que, después de más de 20 años de andadura, son compañeros. Todos ellos están detrás de una de las líneas de tiendas de regalos con más presencia en la capital y, al mismo tiempo, una de las que pasan más desapercibida para los madrileños y madrileñas. «Rara vez nadie compra reclamos turísticos cuando está en su ciudad y, por eso, lamentablemente, desde marzo no hemos levantado cabeza», empieza su relato Kiko Bartolomé, uno de los gerentes de la marca Madrid Souvenirs, y continúa aportando los números que le respaldan: «Nuestra empresa era perfectamente solvente hasta ahora; generábamos entre tres y cuatro millones de IVA, unos 500.000 o 600.000 euros de Impuestos sobre Sociedades, otros 100.000 de Impuestos de Actividades Económicas y, además, dábamos trabajo a unas 150 o 200 personas, pero se nos ha caído todo». Antes de la crisis sanitaria, este emprendedor contaba con más de una treintena de tiendas para la venta de regalos turísticos, pero se ha visto obligado a cerrar más de una decena de ellas por falta de clientes, que eran en un 95% visitantes de otros países.

Nacido y criado en la Plaza Mayor, a sus 57 años, Kiko Bartolomé cuenta con la voz quebrada que nunca había mirado con tanta incertidumbre al mañana: «No es lo mismo trabajar para ganar que trabajar para pagar, y lo que tenemos por delante son seis o siete años de trabajo para pagar esta pandemia que nosotros no hemos provocado», presagia el empresario madrileño tras ver cómo todo el préstamo que le concedió el Instituto de Crédito Oficial (ICO) para paliar el impacto económico de la Covid-19 se ha ido en el pago de impuestos, sueldos y alquileres. Un empresario que, no obstante, prefiere no reconocerse como tal: «Cuando me preguntan siempre digo que soy comerciante porque en este país parece que no se entiende que un empresario es el que da trabajo y que cuando pagas un alquiler de 25.000 euros no es porque seas rico, sino porque estás dispuesto a picar todos los días para sacar un rendimiento arriesgándote a perder dinero». Kiko Bartolomé también está hipotecado, tiene un hijo en la universidad y ya ha tenido que vender algunos bienes para poder sobrevivir a una situación a la que no vería ninguna luz si no fuera por la buena voluntad de personas como los caseros que le han rebajado el precio de los locales o los productores que le han congelado el pago de la mercancía que acumula en los almacenes.

La tienda Madrid al Cubo, en la calle de la Cruz 35, sobrevive a la crisis vendiendo suvenires de diseño propio al público local.
La tienda Madrid al Cubo, en la calle de la Cruz 35, sobrevive a la crisis vendiendo suvenires de diseño propio al público local.Alberto R. RoldánLa Razón

«Puede parecer que ser grande es siempre una ventaja, pero, depende; nosotros solo tenemos una tienda y sin empleados, con lo que no llevamos a nuestras espaldas esa responsabilidad de quien paga la seguridad social y los sueldos de varios trabajadores ni nos comen las deudas», empatiza con otros negocios mayores que el suyo Javier Rodríguez, dueño de Madrid al Cubo, una tienda de suvenires diferente. «Mi hermana y yo abrimos la tienda en 2008 con la intención de ofrecer un producto que conectara también con la gente local, así que, optamos por crear nuestros propios diseños», explica sobre su tienda.

Él, como todo el sector, ha visto mermadas sus ventas, pero ha encontrado en el cliente local la salvación a su negocio. Y es que, a diferencia de otras tiendas de suvenires, según los cálculos de su gerente, el 40% de los compradores y compradoras de Madrid al Cubo son de la capital y de entre 60% restante, más de la mitad son turistas nacionales, de hecho, el cliente extranjero que se dejaba ver por este local no era un visitante al uso, sino uno «especial»: «Entre nuestros habituales internacionales está el dueño de un bar español en la ciudad de Nantes, antiguos residentes en Madrid o los estudiantes Erasmus», ejemplifica Javier Fernández para remarcar que los turistas que se interesan por su producto tienen una vinculación emocional con la capital mayor a la de un visitante de vacaciones. Un modelo de negocio que, ahora, casi sin querer, les permite mantenerse sin las dificultades de otros comercios, aunque no sin pérdidas: «Nos estamos defendiendo gracias a que los madrileños estamos muy orgullosos de serlo y la gente local se está volcando, pero, aun así, durante el 2020 nuestra facturación está representando aproximadamente la mitad de la que veníamos teniendo en los últimos años», reconoce el dueño de Madrid al Cubo.

Así que, por qué no, estas fiestas, en las listas de deseos y cartas a esos viejos amigos de Oriente podrían colarse recuerdos de la ciudad en la que hubo que blindarse aquel fatídico año en el que seguían sin existir los viajes sin moverse del sofá: un suvenir de la supervivencia al 2020.

«SOS souvenirs»

Se sienten abandonados por las instituciones y hasta por la opinión pública: «Estamos desatendidos, no saben ni que existimos y por eso estamos creando una plataforma desde la que poder alzar la voz, todas las tiendas de suvenires del país unidas», cuenta Kiko Bartolomé, gerente de Madrid Souvenirs y de Alpargatus, marca de calzado hecho a mano y en España también dirigido al comprador extranjero y, por consiguiente, igualmente afectada por la crisis económica derivada de la Covid-19. Él, que hace unas semanas vio como un policía le llamaba la atención por colgar un cartel de «liquidación por desesperación» en una de sus tiendas tras cerrar otras muchas ante la falta de clientes, reclama a la clase política soluciones reales para mantenerse a flote pues, asegura, ni vendiendo a precio de coste o acortando sus horarios de apertura está logrando frenar el desplome de su negocio. La asociación recibirá el nombre de «SOS souvenirs» y, asegura el empresario, «nace de la necesidad de defender al sector ante la desasistencia del Gobierno».