Historia

¿Cuándo y por qué los milagros de San Isidro se multiplicaron?

Dentro de la serie dedicada al patrón de Madrid, el prestigioso historiador Alfredo Alvar aborda en esta tercera entrega el proceso de beatificación iniciado en 1612 en la capital a instancias de Roma

Escudo de San Isidro Labrador
Escudo de San Isidro LabradorBiblioteca Histórica MunicipalBiblioteca Histórica Municipal

A partir de la canonización de fray Diego de Alcalá, preconizada por el mismísimo Felipe II, fueron apareciendo escritos o publicaciones sobre san Isidro, reivindicándole. En septiembre de 1592 Diego de Salas Barbadillo presentó al Ayuntamiento «un libro […] de la Vida y milagros del Bienaventurado San Isidro Labrador, natural de esta villa…», libro que hasta donde se sabe, está perdido.

Y así fueron pasando las cosas, aunque de manera más compleja. El caso es que Lope de Vega y Mendoza publicaron en 1599 unas cartas que se entrecruzaron entre 1596 y 1599 según las cuales el dominico había pasado algunos documentos a Lope, para que este escribiera la historia de Isidro. Es curioso cómo ante la perspectiva de un nuevo gobierno, se aceleren los pasos para «crear» una imagen de San Isidro.

El primer libro de Lope sobre Isidro salió a la luz en 1599 e incluía esas cartas. El Madrid del nuevo reinado seguía sin santo patrón. Los acontecimientos se suceden: en 1602 Lope publica la segunda edición del poema de 1599, pero esta vez llama la atención que en la portada ya no hay un Isidro agrícola-rudo-y-tosco, sino que aparece una imagen mariana. La iconografía, ¿la están empezando a cambiar a partir de la segunda «dosis»? Aunque Isidro fuera popular, campesino, trabajador y lego, no podía ser tan rudo. Pero además, en 1602 la Corte está en Valladolid y desde Madrid pelean por recuperarla. En este ambiente político sale a la luz esta segunda edición de Lope, de reivindicación del santo de Madrid, o del Madrid con santo. Las cosas siguieron, con especial significación en 1611 (véase más adelante), y en 1617 salió a la luz una dinámica comedia sobre Isidro, también de Lope, mientras Lerma seguía ejerciendo el valimiento. En 1622 sus otros dos textos sobre Isidro niño e Isidro joven. ¡Es asombrosa la capacidad inventiva de Lope y cómo caló en los madrileños, ansiosos por dejarse engatusar! El nuevo Isidro, el Isidro-comedia salió al mercado –como digo– en 1617, y no fue un obra inocua. Era de actualidad.

En la comedia de 1617 se recrea un Isidro ficticio, nacido de esas lecturas que él dice haber hecho, que son una y la siguiente, una suma de invenciones. Pero, además, es un texto de marcado carácter político.

La mezcolanza de documentos del dominico y la tradición, la popular pluma de Lope al servicio de la beatificación, las propias invenciones de Lope, (pero todo ello creando una figura popular del santo labrador), se vio reforzado por los retratos de Isidro. Retratos…, ¿de quién? De un Isidro, otra vez, creado, imaginado, al que se le fue transformando su iconografía, a veces con bueyes negros y no blancos, a veces con vestidos a lo franciscano, a veces con una ropa cortada o decorada a lo nobiliario, a veces con una maquinaria y poleas en el brocal del pozo admirables y así sucesivamente. ¡Está todo, o casi todo en los museos municipales de Madrid!

San Isidro Labrador
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Pero aún hubo más: el Duque de Lerma y en buena medida la España de su tiempo sintió la necesidad de la exaltación de la agricultura. Eran tiempos de agrarismo, de vindicación del trabajo campesino en medio de una sucesión de malas cosechas (1594 fue llamado el «año de la gran carestía»), de la peste (de 1596 a 1602) y así sucesivamente. La exaltación del agrarismo se convirtió entonces en una parte del programa político de Lerma. También un anhelo de las Cortes de Castilla, o de otros.

«Villano, grosero, maligno»

En las Cortes de 1598 uno de los procuradores se explayó: «El ejercicio de la labranza es el más trabajoso y menos estimado de la república». En el Ayuntamiento de Madrid, en octubre de 1598, un regidor pidió que ya que las tierras de Castilla estaban tan «flacas», «acabadas», «pobres» proponía que «por las razones dichas no se conceda el servicio» al rey. Oído todo esto, y más, el Consejo Real mandó cuestionarios con quince preguntas por toda Castilla para recoger información, cuyas respuestas se sintetizaron en 1618 proponiendo al rey que a los labradores «conviene animarlos y alentarlos dándoles privilegios…», y en 1619, para evitar el despoblamiento, se pensó «que la gente de ellos se aplique a la santa ocupación de los campos…»; en fin, en 1629 fray Benito de Peñalosa definió todo este ambiente bajo el prisma de «que suena tan mal el nombre de labrador, que es lo mismo que pechero, villano, grosero, malicioso y de ahí abajo…». ¡El santo canonizado había sido extraído de entre lo villano, y no de entre los grandes modelos! ¡Es genial!

¿Pero no es acaso, igualmente sorprendente el triunfo de la simplicidad, la divina ignorancia, la falta de artificios que son encarnaciones de la verdad, la fuerza que tiene lo sencillo, lo verosímil, lo menudo, lo popular, lo humano? Sobre esos principios también se logró la «popularidad» del santo, hacer más cercano a san Isidro.

El ser labrador, su naturalidad, su tradición taumatúrgica, la credibilidad dada a la tradición porque eran varios escritores los que la habían certificado y entre ellos Lope que a saber si dio popularidad a Isidro, o san Isidro a él, todo ello, digo, hizo campechano y victorioso al labrador.

En 1611 desde Roma se habían dado unas Instrucciones para realizar un interrogatorio para ver si se le podía beatificar. En 1612 se puso en marcha ese interrogatorio en Madrid. Acudieron casi 270 personas a deponer, de las que más del cuarenta por ciento eran mujeres. El número de milagros creció: ya no eran cinco, sino cuarenta y tres. Ese Processus está en el Archivo Vaticano y es de lo más interesante.

De entre los declarantes, uno fue Vicente Espinel, y otro Lope de Vega.

El tiempo fluyó. En 1613 como no se encontraban en el archivo todos los papeles que se querrían encontrar (¡claro; muchos no existirían!) se ordenó «clasificar» el archivo municipal al estilo del real, «pongan los documentos según y de la manera que está el archivo de Simancas». En junio de ese año se volvió a exhibir el cuerpo, aunque en vista privada, para el cardenal arzobispo de Toledo. Fue tanta la expectación popular, que se pidió autorización para dejarlo abierto más tiempo.

Por primera vez en junio de 1617 llegaron mandas pías desde América para sufragar la beatificación; Lope publicaba su gran comedia sobre Isidro, el ímpetu beatificador parecía imparable.

Lerma fue destituido. Y también cayó un jarro de agua fría en la Villa con Corte: Madrid tenía un delegado en Roma para tramitar negociaciones. Era el regidor Barrionuevo, cuyas cuentas de la estancia allí se conservan en el Archivo de Villa de Madrid (¡qué gran archivo urbano!). El 9 de julio de 1618 comunicaba al Ayuntamiento una noticia que al recibirla, los de aquí desesperaron: «Escribe de Roma el señor Barrionuevo que Su Santidad no accede a la canonización de San Isidro por no constarle su beatificación» (9-VII-1618). Menos mal que era solo por eso, porque ese error se podía subsanar deprisa.

Alfredo Alvar Ezquerra es profesor de Investigación del CSIC