La prueba del algodón del PIB

Jesús Rivasés

Al César lo que es del César. La victoria del PSOE de Pedro Sánchez en las elecciones ha sido clara. Es lo que queda. Los errores de la derecha y la mezcla de rencor, desconocimiento del sistema electoral y frivolidad de los votantes de Vox apenas serán –si lo son– un pie de página en la historia. El inquilino de La Moncloa, tras renovar su contrato de alquiler por cuatro años, también puede presumir de que la economía española ha sido la más pujante de las grandes de la zona euro en el primer trimestre. Los datos avalan su optimismo. El PIB subió un 0,7% en los tres primeros meses del año, la mejor cifra desde 2017, superior a las previsiones de los expertos más optimistas. Por eso, incluso podría apuntarse al lema de Richard Nixon, antes de su «impeachment»: «Cuando tu estrella está alta, lo mejor es seguirla».

Los buenos datos de la economía española, sustentados en la mejoría de la inversión y de la actividad industrial, son inapelables. Sin embargo, sometidos a la «prueba del algodón», aparecen detalles inadvertidos a simple vista. Sólo en los dos primeros meses del año –hay que esperar los datos de marzo, pero todo indica que irán en la misma dirección–, el déficit de las Administraciones Públicas –excluidas Corporaciones Locales– aumentó un 14,8% y representa ya un 0,98% del PIB, casi la mitad de lo previsto para todo el año. No hay ningún misterio. A principios de año subieron las pensiones, aumentaron los salarios de los funcionarios y crecieron otros gastos, más o menos sociales. Todo cuenta al final. Ese aumento del gasto se traduce en actividad y justifica, en parte, la subida del PIB y que la economía española, sin pasar la prueba del algodón, parezca diferente. Sin embargo, no lo es. En un contexto europeo de desaceleración, que es el preámbulo de una crisis –mayor o menor, ya se verá–, la teórica excepción española se explica porque la economía se ha beneficiado del dopaje de un gasto público extra. Así de sencillo. El Gobierno puede sacar pecho y, porque todo va mejor –no sin esos estímulos–, puede sugerir, en vísperas de las elecciones europeas, autonómicas y municipales, que las anunciadas subidas de impuestos quizá se pospongan a 2020. Nadie certifica, sin embargo, que el próximo Gobierno, sin citas con las urnas en mucho tiempo, no aproveche un clima de optimismo para aplicar una subida generalizada de impuestos. Los duelos, con pan, son menos, pero nunca hay que dejar de hacer la prueba del algodón, incluso al PIB. Al César lo que es del César.