¿Liquidación por derribo?
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Asistimos cada día a un preocupante proceso de desmantelamiento de España, encubierto por la banalización y el engaño. Lo hace posible un discurso socialmente paralizador, cuya eficacia se asienta en el control de la «desinformación», porque la información y la crítica (ahora llamada crispación) han sido eliminadas hasta desaparecer, prácticamente, o quedar reducidas a meras anécdotas. La fragmentación del saber y la manipulación de la escuela facilitan el «hispanicidio». Esta liquidación de España avanzó con los postulados sobre la Nación del insigne hombre de estado (con minúscula) que llegó al poder en 2004. En los últimos tres lustros, y un poco más, contemplamos algo a lo que nos hemos referido en otras ocasiones, la cobardía de unos y la osada ambición torticera, de otros, contribuyendo a la demolición.

Los dos pilares del sistema en que se apoya la España en vías de desaparecer, Nación y Constitución, con la soberanía nacional como nexo imprescindible, han pasado a ser los enemigos a batir. Y si no se puede hacer reformando el marco jurídico-político, basado en la solidaridad y la igualdad, pues se le vacía de contenido. Todo lo que signifique el menor entramado nacional debe ser triturado, empezando por la lengua española. Si algunas instituciones resultaron y resultan fundamentales, para la vertebración de la España contemporánea; las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y, especialmente, la Guardia Civil, son retiradas, o minimizadas, en parte del territorio nacional. Por lo mismo, la representación exterior del Estado deberá diluirse en «embajadas» varias. Comenzando por las de Cataluña y Vascongadas para seguir con la de cada una de las Autonomías, hasta llegar a las delegaciones correspondientes a Chinchón, Tarancón, Almorchón y las Ventas de Alcorcón, a las que parece querer sumarse últimamente León.

Mientras, la caja de la Seguridad Social se trocea para consagrar desigualdades entre los españoles. El MIR, aquella magnífica creación del Dr. Segovia de Arana, se intenta convertir ahora en varios «corralitos». Los Paradores Nacionales se reparten. Con la soberanía nacional vamos camino de hacer lo mismo. Y del Patrimonio Nacional, ya veremos. Hay un peligro en ese taifismo a ultranza. Agotando el discurso podríamos llegar, más pronto que tarde, a un Estado vaciado de contenido que resulte totalmente inútil e innecesario.

Decía O’shallghnessy que para cada época hay un sueño que muere, /o uno que está a punto de nacer. El sueño de más de cuarenta años, para la inmensa mayoría de los españoles ha sido, algo no demasiado frecuente, creer en España e ilusionarse con ella. Por primera vez en dos siglos parecía que habíamos aprendido a convivir; pese al empeño criminal de unos cuantos por mantener viva la llama del cainismo. Pero ese sueño ha sido ya, en gran medida, víctima de la mentira. La misma que abortará cualquier otro ideal esperanzador. Salvo el engendrado por la sinrazón que, junto con la ignorancia y el miedo, generan monstruos.

Así entre lo que, a pesar de todo, se resiste a morir y lo que no puede acabar de nacer, nos hallamos atrapados en la Babel monclovita y sus aledaños, donde matan la palabra. Esa palabra, que para Aleixandre, era la luz como mañana joven. El soporte de la verdad y de la ilusión, con la cual el poeta aseguraba no poder mentir … «porque me duele la caja del pecho –escribía– de tanto almacenar ilusiones». Esas que la mentira ha robado a muchos españoles; en especial a los jóvenes, conscientes unos e inconscientes otros.

La mentira no puede apoyarse en la palabra viva. Necesita otros artilugios y para la ocasión toma como muleta, en la logomaquia dominante, «lo políticamente correcto» y una imaginada «superioridad moral». Curiosa moral, como denunciaba algún personaje de Casona, que todo lo arregla mintiendo. Y ahora, además, trata de justificarse en aras de la supuesta bondad de un diálogo humillante, con «torristas» y «junqueristas», inútil en todos los sentidos sin la verdad. Maldito el supuesto bien que pretende lograrse al precio de la traición y la mentira.

Se trata de dividir a los españoles, de corazón o de pasaporte, en todos los aspectos. Hay un sentimiento amplio de que nuestros políticos han logrado la nefanda hazaña de enfrentarnos en todo cuanto han podido. Les ha bastado aumentar la dosis de anestesia a una sociedad sin más aliento que el empleado en llegar de cada fin de semana hasta el siguiente. Muchos de estos artífices del fraude despertarían la perplejidad de Taine, quien consideraba un curioso ejercicio el del hombre público, capaz de mentir más que una mujer pública. Ciertamente escapan al diagnóstico de Marañón cuando decía que por instinto nos resistimos a mentir.