Ha sido la palabra más repetida por Francisco durante toda esta Semana Santa y de modo muy especial cuando ya estaba más cercano el Domingo de Resurrección. Ante el descalabro sanitario, económico y social que está sufriendo la humanidad a causa del propagarse de la pandemia del corona virus el Papa proclama el «contagio de la esperanza». Lo hizo ayer de forma solemne en su mensaje «urbi et orbi».

La esperanza que Bergoglio desea a la humanidad ,como dijo en su homilía de la Vigilia Pascual, «no es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de circunstancias. Es un don del cielo que no podíamos alcanzar por nosotros mismos».

Sí, en Italia por ejemplo se ha puesto de moda la expresión «todo irá bien». Lo vemos escrito en las pancartas exhibidas en los balcones, lo dibujan los pequeños con admirable ingenuidad y nos lo repiten incansablemente como un eslogan desde la televisión y la redes sociales. Está muy bien pero, no nos engañemos, con el paso de los días y ante el martilleo constante de cifras terroríficas esa esperanza parece evaporarse , diluirse como un espejismo.

La esperanza que Jesús nos deja con su Resurrección es «la certeza –recalca Francisco– de que Dios conduce todo hacia el bien, incluso hace salir de la tumba la vida». Por lo tanto la actitud de un cristiano ante esta catástrofe no puede ser la resignación fatalista o por utilizar una metáfora robada al Evangelio no podemos depositar nuestra esperanza bajo una piedra como la que cerraba el sepulcro del Señor. Dios es más grande y, vuelvo a citar al Santo Padre, «la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. Con Dios nada está perdido». Ese es el desafío de nuestra fe.