Dos perlas más

La Razón

Hace poco comentaba una de las perlas del vicepresidente segundo del gobierno, en concreto su censura al Rey por usar uniforme militar. Pero como es un no parar ha dejado dos perlas más que vuelven a evidenciar esa mezcolanza de rabioso sectarismo e ignorancia como componentes de su talante político.

La primera fue su ataque al Poder Judicial por condenar a una diputada autonómica podemita. Como supongo sabrán, se la condenó por insultar y agredir a policías municipales durante un desahucio. Pues bien, para el vicepresidente segundo del gobierno esa sentencia es injusta y evidencia que en «España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso».

Censurado por el Consejo General del Poder Judicial, tres ministros –ojo, que son jueces– le exculparon diciendo que ejercía su libertad de expresión, como si fuese un cualquiera; también le apoyó un exjuez delincuente, erigido en emisario del chavismo judicial y demás tropa del mundillo del progresismo jurídico, más viejas glorias del progresismo judicial que suelen ejercer con sus ensalmos de hechiceros de la tribu.

Me daría por tranquilo si tales palabras no pasan de exabrupto. De ser «sólo» eso no deja de ser un suma y sigue de cómo desde la política se considera a la Justicia y es que a partir de 1982, al surgir casos y más casos de corrupción, el poder político entonces hegemónico tuvo claro que desprestigiar, insultar y deslegitimar a los jueces servía como eficaz estrategia defensiva; ha sido una lluvia constante que explica la mala prensa que la Justicia tiene en una opinión pública tan manejable como la española.

Pero me refería a dos perlas y la segunda es que, al parecer, el personaje en cuestión ha querido imponernos a los jueces un horario laboral; el mensaje subliminal es que no trabajamos. Esto evidencia ignorancia legal porque desconoce que el horario del juez escapa de las competencias del gobierno, pero también es ignorancia vital por lo que me ofrezco a explicarle cuál es nuestro horario: sencillamente, no tenemos. El volumen de asuntos exige que trabajemos lo que haga falta, se trabaja por las tardes, también fines de semana. Estudiar asuntos y redactar resoluciones: ese es sustancialmente nuestro trabajo y si captase que va unido al calificativo de intelectual deduciría lo errado de sus iniciativas. Para su tranquilidad le diré que ese desconocimiento coincide con el de algún antiguo ministro de Justicia conservador.

En fin, a nadie se le escapa que este gobierno tiene en el punto de mira a la Corona y a la Justicia. Respecto de la Justicia nos la tiene jurada por eso no viene mal recordarle los recientes pronunciamientos del Tribunal de Justicia de la Unión Europa sobre las reformas judiciales de otro país, Polonia, que anda empeñado en controlar políticamente a la Justicia: quizás se encuentre con que la Unión Europea es otro obstáculo a sus planes, no sólo en lo económico.

Polonia inició unas reformas para que el poder político inactivase a los jueces, al menos a los más incómodos. Así reformó el régimen de elección del órgano de gobierno judicial, rebajó la edad de jubilación y creó una Sala especial para su régimen disciplinario. Todo esto no ha recibido sino la censura del Tribunal de Justicia de la Unión Europea; lo último el mes pasado, suspendiendo algunos artículos de la ley que regula esa Sala especial.

Esas reformas coinciden, a grandes rasgos, con nuestra reforma judicial socialista de 1985: también hubo jubilaciones masivas y se impuso –y ahí sigue– la elección parlamentaria del órgano de gobierno del Poder Judicial, que en los primeros años que siguieron a esa reforma mostró empeño en perseguir a jueces desafectos. Si lo recuerdo es porque tal reforma se hizo cuando aun no existía el actual marco jurídico de la Unión Europea. De hacerse ahora quizás habría recibido la misma censura que Polonia y es que la Unión no es sólo un mercado único: es una comunidad que exige a sus miembros un alto nivel de calidad democrática e institucional. Lamento aguar la fiesta, pero en ella no caben apetencias totalitarias, ni fascistoides ni socialcomunistas, valga la redundancia.