Cisnes tenebrosos

Joaquin Marco

Las mentiras, a las que en nuestra perversión anglófila calificamos de «fake news» desde el reinado de Trump, sobrevuelan el espacio nacional y también el internacional. Gracias a la eficiencia, tantas veces malintencionada, de las redes sociales sabemos en cuestión de minutos, o dejamos de saber, noticias que pueden ser verdaderas o falsas, o ambas cosas. A las que parecen incuestionables las llamamos hechos. A las que se apoyan en rumores malintencionados dirigidos como proyectiles a desgastar a una persona, una institución, una iniciativa, las llamamos ahora fake news. Y vuelan constantemente sobre nuestras cabezas. Su desarrollo, no digo su origen, arraiga como resultado de campañas políticas donde cualquier cosa vale para desprestigiar al adversario, acabar si se puede con su buena estrella. Los que no la tienen ya no merecen la atención de ir contra ellos ferozmente. Una de las fake news más escandalosa del siglo XIX fue la que derribó al sacerdote Jaime Balmes de su posición preeminente en Madrid cuando trabajaba a favor de unir a liberales y carlistas con el matrimonio de la joven reina Isabel II con el hijo del Infante Don Carlos, conde de Montemolín. No se quería esa unión, que tal vez hubiera representado el deseable consenso de fuerzas políticas tan anhelado, en general, por los españoles. Para destrozar a Balmes, un periódico publicó la noticia de que el sacerdote catalán iba por los pueblos pidiendo el voto para los carlistas, fruto de la cual había recibido una soberana paliza. La noticia era esta, la manta de palos recibida. Ante la indignación de los seguidores de Balmes, el periódico rectificó: no hubo tal paliza, pero, dijo, muy fácilmente podía haberse producido, tan enconados estaban los ánimos. De modo que el matrimonio que hubiera podido unir a las dos principales fuerzas políticas del país se deshizo como el humo. La salud de Balmes se resintió y murió tres años después sin comprender por qué la forma de reaccionar a una propuesta, una argumentación, una idea, podía ser la infamia y el insulto. A veces dan ganas de seguir trabajando la Historia universal de la infamia, escrita por Borges. Añadir piezas y más piezas a su obra, aunque no con su finura narrativa. El autor argentino califica la infamia de cisne tenebroso que extiende las tinieblas por donde va.

Una de las esencias de la democracia la constituye la divergencia de opiniones ante una misma realidad que deja de ser la misma en cuanto es vista por tantos ojos como la ven. Pero una cosa es aceptar el relativismo que contiene toda verdad y otra muy distinta enfangarse en la distorsión y manipulación de los hechos, bajo el pretexto de las mil caras que ofrecen. Mentir, manipular, insultar son actos que implican actuar sobre los hechos con el objeto de extraerles una intención interesada. Conseguir que digan lo que queremos que digan. Porque los hechos en sí son, pero no hablan. Nosotros los interpretamos, nosotros hablamos por ellos y extraemos consecuencias.

El asesinato de George Floyd, captado en todos sus extremos, durante los angustiosos nueve minutos en los que uno de los policías, indiferente al dolor, mantiene su rodilla doblada sobre el cuello del detenido impidiéndole respirar, mientras otros agentes protegen la escena del público que ve lo que está ocurriendo. Floyd advierte al agente de que se está ahogando, nombra a su madre y muere minutos después. Una conducta policial que ha puesto de nuevo en pie de guerra a medio mundo, en defensa de los derechos de los afroamericanos. Borges evoca en su historia de la infamia ya mencionada «la causa remota» de la importación de esclavos a Estados Unidos. La lástima que sentía el padre Bartolomé de las Casas por los indios que trabajaban en las minas de oro antillanas le llevó a proponer al emperador Carlos V la importación de negros como mano de obra. Ese, dice Borges, es el remoto nacimiento del blues, de la prosa cimarrona, de las luchas civiles, de la estatura descomunal de Abraham Lincoln, de tantas muertes en la Guerra de Secesión. Ahí, con la fuerza de trabajo de los esclavos, nació el poder de la nación americana. La muerte de George Floyd no debía producirse. Ha ocurrido en una democracia avanzada cuyo mandato es el respeto a todos los ciudadanos. Pero la conducta policial que todos hemos tenido oportunidad de ver (hasta que la familia ha pedido, con razón, la eliminación de los videos) revela como si fueran fantasmas persistentes la existencia de conductas humanas que querríamos que quedaran atrás. Las querríamos fuera de nuestras vidas. Como las mentiras, las manipulaciones de los hechos o la mala fe. La autopsia de Floyd ha puesto de manifiesto además que el hombre se había contagiado del Covid-19. La rodilla en tierra sirvió, en otros tiempos, de señal de acatamiento religioso. A Derek Chauvin, por el contrario, le sirve para aplastar sin piedad a un semejante indefenso. Hemos visto cómo nueve minutos son más que suficientes no solo para cambiar el destino de un hombre sino la agenda política de un país. Sumando una nueva tiniebla a nuestro mundo.