Mar con mascarilla

Todo cambia para que todo siga igual, como en «El Gatopardo» de Lampedusa, pero lo que nadie hubiera imaginado es que el futuro nos esperaba en el pasado

Toni AlbirEFE

Los españoles regresan a las playas con el gel hidroal-cohólico junto al tubo de la crema solar. Este año, las mascarillas han sustituido a las gafas de buceo, la sombrilla y hasta el cubo y las palas para los niños. Al paso que va esto, terminamos haciendo PCR a las olas y repartiendo los EPI que faltan en los hospitales entre las medusas y las coquinas. Está bien tomar medidas, pero cuando las sardinas espetadas del restaurante vienen servidas con un certificado médico quizá deberíamos preguntarnos si lo que hacemos merece la pena. Las ganas de recobrar la normalidad nos está impidiendo ver la realidad con nitidez. Es como si hubiéramos confundido el sentido de la vista con la carta de los Reyes Magos. Lo que sucede es que a partir de una edad, los magos de Oriente ya no traen regalos, sino carbón.

Ahora que nos habíamos educado en idiomas y aprendido las pedagogías que rodean el viaje, resulta que el español se encuentra de nuevo haciendo landismo y mirando a las suecas y las alemanas que nos vienen a poblar el litoral con sus toallas y sus sueldos de alta democracia (también existen bajas democracias con sus nóminas pedestres, y están más próximas de lo que creemos). Son las mismas turistas que confunden las tortillitas de camarones con Camarón de la Isla (salvo las que acuden al Space de Ibiza, que lo suyo ya es de otro palo) y que conocieron España por sus padres y la impresión que dejó en ellos la contemplación de una puesta de sol mientras escuchaban el último éxito de Camilo Sesto que sonaba en un chiringuito. Este virus nos ha devuelto a un turismo nacional y si apuramos a la década de los sesenta, que, después de tantos años de ausencia, hasta Franco parece que ha vuelto a El Pardo, que se ve que por estos lares, aparte del problema vacacional que arrastramos, tenemos montadas unas coreografías históricas con el pasado que ni Bob Fosse. Algún día surgirá un hispanista que lo estudie y seguro que del tema sacará un daguerrotipo más exacto de lo que somos que el que arrojan hoy nuestros atavismos, la historia y el Museo del Prado juntos.

Todo cambia para que todo siga igual, como en «El Gatopardo» de Lampedusa, pero lo que nadie hubiera imaginado es que el futuro nos esperaba en el pasado y que hayamos sustituido la visita a Florencia por el viaje en coche de papá. Más que vacaciones lo que tenemos es un veraneo. Lo que diferencia el asueto del que disfrutaban nuestros abuelos del que vamos a tener, es que ahora las familias están compuestas por parejas de divorciados en lugar de estar formadas por matrimonios. Volvemos a la playa, sí, pero con el arenal parcelado, como si el bronceado fuera una concesión municipal para evitar que abusemos de un sol con paperas. Por mucho que deseemos retornar a la normalidad, alguien debería reflexionar con seriedad si es corriente que los chavales, antes de levantar el castillo de arena, excaven alrededor de ellos un foso para evitar que alguien se les acerque.