El auge del retropensamiento

A los políticos habría que presuponerles unos horizontes intelectuales de mayor amplitud y ambición que los que ordena el retropensamiento

Turismo TurquiaAlicia Romay

Todo el mundo sabe que no hay suficientes mezquitas en Estambul y que por eso han tenido que devolver al culto la basílica de Santa Sofía. Se ve que no llegaban con la mezquita Azul, la de Suleiman, la Nueva y las otras tantas docenas que hay, y que salpican el paisaje con sus alminares, y se han visto obligados a improvisar una sala de oración en las estancias de un museo. Esto de convertir un espacio de convivencia, como había previsto Atatürk, solo en patrimonio de unos y excluir al resto, es una torpeza ideológica, pero una indicación bastante elocuente de por dónde van los repliegues intelectuales de la época. Los símbolos de reconciliación cultural provocan hoy la misma urticaria que una infusión de ortigas. Y esto no hay alianza de civilizaciones ni ZP que lo arregle.

Los gobernantes se han apuntado a esta moda del retropensamiento, que consiste en apelar al pasado y otras supuestas grandezas para afrontar el futuro. Desde hace unas décadas, los dirigentes se han quedado sin proyectos ilusionantes e ilusionadores, igual que un río reducido al polvo de su cauce por una repentina sequía, y suplen su carencia de argumentario invocando la gloria de lo que se fue en otra centuria para superar las crisis actuales. Pero esto, en el fondo, es como si se animara a un anciano a correr los cien metros lisos en nombre de los éxitos que obtuvo en su adolescencia: lo único que garantiza es un infarto histórico.

Esto de encomendarse al ayer para afrontar el día de mañana es siempre muy efectivo para los hombres de la «Res publica». Es una retórica segura que enseguida engatusa a las almas y las pone en su punto exacto de ebullición patriótica, aunque eso no conduzca a ningún progreso y sea tan estéril como levantar el retrato de Julio César para que las multinacionales digitales paguen impuestos en Roma.

Lo que se pretende con esto es afrontar los desafíos presentes invocando los logros pretéritos, pero sin que a nadie le importe, porque realmente a nadie le importa, si las catenarias de aquellos ferrocarriles de antaño son las más oportunas para que avancen los trenes del siglo XXI.

En Turquía han dado una vuelta de tuerca más a esto del retropensamiento y han cambiado el uso de Santa Sofía acogiéndose a la llama de un supuesto «renacimiento», que, por supuesto, no es el del cosmopolitismo o el cultural, de los que el Islam ya dio un buen ejemplo a Occidente durante los siglos VII y VIII, sino que ha tirado por el carril del nacionalismo y sus distintos orgullos. Una lógica que consiste en decir que a Shakespeare solo lo pueden leer los ingleses y que las catedrales son una cosa que incumbe exclusivamente a los católicos. A los políticos habría que presuponerles unos horizontes intelectuales de mayor amplitud y ambición que los que ordena el retropensamiento, y que fueran capaces de desbordar los miriñaques de su tiempo y anticiparse a la mirada miope que impone el presente, pero esto, hoy, es como pedir que un caniche corra como un galgo.