Manifiestos infectos

Letras.
Letras.Pixabay (nombre del dueño)

Las reacciones ante el manifiesto suscrito por Vargas Llosa y otras cien firmas -entre las que se incluyen algunas personas a las que admiro y aprecio, otras a las que no tanto y otras a las que ni siquiera conozco en persona; y, en último lugar, yo misma- en apoyo al "Manifiesto del Harper´s" no hacen más que reforzar lo necesario de su existencia y del problema que expone. 

Que un texto en defensa de la libertad de expresión sea capaz de a unir en su crítica y su repudio a lo más granado de la izquierda y lo más escorado a la derecha, a la progresía y el conservadurismo, a babor y estribor, tiene su mérito. 

No deja de ser curioso que la defensa de un derecho fundamental, como es la libertad de expresión, sea en estos momentos una postura radical y casi subversiva. Iconoclasta, incluso. ¿Imagináis que fuese escandaloso defender el derecho a la integridad física, a la libertad sexual o religiosa? ¿A la libre deambulación? Bueno, pues hay quien defiende que hay ideas que no se debe permitir que se expresen. Os lo juro, yo lo he visto.

Yo, que soy muy rarita, si tengo que elegir entre alguien que manifiesta en voz alta ideas abyectas, dentro de los claros límites que marca la ley, y alguien que pretende que se silencie al disidente, elijo sin lugar a dudas al primero. A ese se le puede argumentar a la contra, se le puede rebatir con una exposición clara de la postura contraria. Se le puede, a poca buena fe por ambas partes que se ponga, convencer de lo contrario. O no hacerlo pero que se respeten las ideas. Pero el segundo, incluso cuando lo hace en nombre de la más justa de las causas, no es más que un totalitario. Y no solo eso. Es el que legitima que el adversario pueda argumentar exactamente lo mismo: que no hay que tolerar la intolerancia. Porque, al fin y al cabo, no hay un árbitro justo y omnisciente capaz de determinar quién está en posesión de la verdad más absoluta. Suponiendo, además, que tal cosa exista.

Obviamente, todos estamos en contra -y cuando digo “todos” quiero decir “absolutamente todos los seres razonables y medianamente sensibles”- de posturas despreciables como la homofobia, el machismo o el racismo. No conozco a absolutamente nadie a favor de que se maltrate a homosexuales, mujeres o negros. Ni siquiera a acondroplásicos, pelirrojos o murcianos. A deforestar el Amazonas o de los vertidos tóxicos en nuestros mares y ríos. Pero hay asuntos donde la frontera entre el bien y el mal es mucho más difusa. La realidad no siempre es una peli de Disney donde uno sabe claramente de parte de quién está. ¿Qué hacemos con una mujer maltratada que asesina a su marido mientras duerme después de raquianestesiarle, por ejemplo? ¿Legitimamos la violencia extrema en ese caso o en ninguno? ¿Estamos en contra de la violencia o solo de algunas formas de violencia? 

La manera prudente, loable y democrática de desechar las malas ideas en un estado de derecho siempre ha sido el uso de la razón. Mediante el argumento y el debate. Mediante la exposición de las posturas. Convenciendo y no imponiendo. Todo lo contrario de lo que predica y pretende imponer esas, como bien dice el manifiesto de nuestros desvelos, “… corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad, y que apela a tales causas (justas) para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables”.

Como dice en un brillante artículo en Disidentia mi tan admirado como querido Herminio Andújar, y le cito literal, “… los españoles nos hemos acostumbrado, desde los años setenta, a que (el) sector cultural, tan mal definido como torpemente compuesto, sea monopolio de la izquierda, de una “gauche divine” devenida en celestina de la subvención pública. Pero la realidad es más compleja  y controvertida…”. Y en esas estamos. Que algunos se preocupan más de junto a quién -y de qué lado está- va a figurar su firma que de qué puñetas está diciendo aquello que se suscribe.

Quizás sería buena idea que, a partir de ahora, los manifiestos se publicaran primero sin dar ningún dato sobre las firmas que lo suscriben y, una vez decidido si se está a favor o no de lo expuesto, del texto crudo -de sus argumentos, sus motivos y sus conclusiones-, sin saber la identidad de aquellos que, justo en ese tema, piensan de esa manera, se pudiera saber quienes son los firmantes. No es más que ser consecuente cada uno con sus ideas. Independientemente de con quién se comparten. ¿No sería precioso empezar a separ las ideas del hombre, del nombre? Llamadme idealista.

Mirad, a mí lo que me pasa es que no puedo estar absolutamente de acuerdo en todo con alguien porque ya me cuesta un esfuerzo enorme estarlo conmigo misma. Mis ideas y convicciones están continuamente en revisión. Siempre presupongo al contrario más listo, más informado, más prudente, más alto y más guapo que yo. Así que estoy dispuesta a recular y rectificar en cualquier momento si el argumento o la réplica es buena. ¿Cómo voy a estar entonces de acuerdo con vosotros siempre si podría no estarlo conmigo misma mañana al leer esto que acabo de rubricar?

Pero, si en algo soy buena, creo, es en determinar cuando un tema no da para más. Y este del manifiesto y las pataletas, ya sea por ego o por despecho, ya no lo da. Un poco como lo nuestro aquí. Ha sido un placer contaros cosas todo este tiempo. Ya nos leemos en otros sitios. Y nos vemos en los bares.

Buenas noches y buena suerte.