La censura en la Prensa y en la creación literaria o artística tiene mala fama, con razón. Es algo abominable. Los que la sufrimos en el viejo régimen lo sabemos bien. Dice Flaubert que a él la censura, cualquiera que sea, le parece una monstruosidad, “algo peor que el homicidio”, porque “el atentado contra el pensamiento es un crimen de leso espíritu”, y recuerda que “la muerte de Sócrates pesa aún sobre el género humano”. No está mal recordarlo cuando asistimos a una presión ideológica creciente, más o menos indisimulada, desde el poder político sobre los medios y las conciencias. Hay mucho censor suelto contra el que disienta del adoctrinamiento moral y la interpretación histórica impuesta desde arriba. Va emergiendo en España la sombra siniestra de la tentación totalitaria. Casi insensiblemente, van recortando la libertad de pensamiento, a la vez que amenazan la independencia judicial. En el tablero político imponen la caricatura del adversario y el dogma infame de la superioridad moral de la izquierda. Esto lo comprobaremos estos días con motivo de la moción de censura.

El recurso constitucional a la moción de censura no tiene nada que ver, sino todo lo contrario, con la referida imposición del pensamiento único desde el poder. Se presenta en el Parlamento precisamente contra los abusos del Gobierno. Pocas veces ha estado aquí tan justificada la presentación de dicha moción, y nunca, en los cuarenta años de democracia, ha sido a la vez tan inoportuna y seguramente tan inútil. Se da la paradoja de que el censurado presidente Sánchez, que tantos méritos ha hecho para recibir el repudio general, es el que se muestra más contento con la iniciativa de Vox, porque cree que el que saldrá peor parado del trance es el presidente del Partido Popular, que observa el espectáculo desde la distancia sin saber qué hacer. De paso cree Sánchez que dando cancha a Santiago Abascal, al que tratará de presentar como socio de Pablo Casado, asegura su permanencia en el poder, que es de lo que se trata. Todo un gatuperio, como se ve, en un momento en que las preocupaciones de los españoles están en sobrevivir a la pandemia y librarse de la cola del hambre. En contra de algunos juicios apresurados, no es seguro que el espectáculo favorezca esta vez a los protagonistas de la función. La gente está cansada de las broncas y la chulería de los políticos.