Sólo las urnas tienen la última palabra

Agencias (CUSTOM_CREDIT)La Razón

Que la participación haya sido histórica, del 66,9%, la más alta en 120 años, indica la enorme expectación que había levantado en Estados Unidos la reelección de Donald Trump, por un lado, y dirimir asuntos internos que a este lado del Atlántico pasan desapercibidos por el espectacular peso mediático del candidato republicano. Pero ha habido más cuestiones en juego que las que el arrollador trumpismo eclipsa: puede decirse que es el avance del modelo nacionalpopulista lo que se estaba dirimiendo, pero también la recolocación de la que fuera incontestable potencia económica mundial en un mercado global sin dejar a millones de ciudadanos tirados y, además, repudiados por las élites y su supremacismo cultural. No hay que olvidar que con Trump la economía norteamericana ha crecido y, consiguientemente, el empleo, algo que a una parte importante de la población le interesa y mucho. Todo esto empaquetado si se quiere en una guerra cultural que ha sacado conflictos atávicos en la sociedad americana servidos de manera demasiado mecánica entre supremacistas blancos frente a una multiculturalidad edénica. Este es el terreno en el que los demócratas radicales prefieren moverse y han manejado a sus anchas hasta reducir el terreno de juego a poco menos que a una guerra civil encubierta. Decir, como los publicistas de la izquierda europea –que poco tienen que ver con el Partido Demócrata– que las elecciones presidenciales de EEUU eran un plebiscito contra Trump es reducir el tema de fondo, porque, después de todo, ambos candidatos han atraído el mismo número de nuevos votantes, posiblemente arrastrados por la misma ola de movilización antagonista. No es casual que el resultado final se haya tenido que decidir en los estados de Wisconsin, Michigan y Pensilvania, el «cinturón del óxido», hoy tumba de una economía que quiere volver a ser la próspera fábrica que fue. Si en los dos primeros Biden mantiene las opciones, y serán claves para su avance, el último es territorio de Trump. Hasta aquí, puede decirse que son unas elecciones reñidas hasta el último voto del último estado y nada más, pero, sin embargo, ha quedado claro que EE UU es ahora un país dividido y que esta fractura queda reflejada al milímetro en los resultados.

La salida de Trump en la madrugada del miércoles reconociéndose vencedor cuando todavía no había terminado el recuento o anunciando un fraude electoral sin demostrarlo es un precedente que la primera democracia del mundo no se puede permitir: sencillamente es un ejemplo nefasto para países donde el Estado de Derecho es una pura sombra. Un relevo en la Casa Blanca no se puede resolver en los tribunales y, como tantas veces ha demostrado ese gran país, sólo queda reconocer al vencedor en las urnas y reconstruir el consenso histórico fundacional de Estados Unidos por el bien de todos.