Hasel y Gretel en Francolandia

«Las llamas de las revolución dejan brasas que al soplar avivan la imbecilidad»»

FOTO: NACHO DOCE REUTERS

Lo único que necesita un movimiento revolucionario para echarnos a todos a la pira es adornar un mártir. En el santoral tontorrón de los adoquineros vale lo mismo un hombre ejemplar que un descerebrado o un asesino. El problema no es que Hasel esté en la cárcel, que visto su historial delicitivo es quizá el mejor sitio donde pueda acabar por el bien de los demás, sino la tergiversación de su figura para echarse a la calle y asaltar el infierno, de ahí que lo retraten como un héroe de cuento, Hasel, que junto a Echenique en el papel de la pequeña Gretel, luchan contra la bruja malvada que es la francolandia, hallazgo de Muñoz Molina, en la que vivimos. Es la coartada perfecta para reventar la calle por las malas antes de que lo haga por las buenas, o sea, por lo que quita el sueño a los españoles, que no es esta polémica, de ahí que el Gobierno condene con boca pequeña y mohín templado. Si han de explotar las aceras que sea contra el «sistema» y no contra Simón, Yolanda Díaz o el mismo Pedro Sánchez. Ya empiezan a ahorcar a Carmen Calvo por no ser lo bastante transgénero. Es la cabeza de caballo en la cama del consejo de ministros. Lo malo de este dejar hacer es que se sabe cuándo prende el fuego pero pocos adivinan en qué momento queda fuera de control. Las llamas de la revolución siempre dejan brasas que al menor soplido avivan la imbecilidad. El objetivo tiene una fácil venta para el coro mediático internacional, convencido después de lo del «procés» que aquí, ¡aquí, no en Rusia! nos dan porrazos por una metáfora. Los españoles, tan buenos escritores, somos desde Quevedo una secta masoquista. Solo hay que revisar las frases de Recio en «Aquí no hay quien viva» para darse cuenta de que en España no hay libertad de expresión. El ansia podemita de abrir los micrófonos de la pandilla basura para cerrar todos los demás busca el epitafio del periodismo como una de las bellas artes. En Galapagar no se quema un rastrojo sin que aparezca la Guardia Civil y en las redes no hay crítica sin una legión de troles lanzándose al cuello como murciélagos a los que hay que espantar con una ristra de ajos.