El Papa en Irak

Quizás la visita contribuya a evitar que el cristianismo desaparezca de la antigua Mesopotamia

ALESSANDRO DI MEOEFE

Desde hace veinte años, fecha de los atentados terroristas de 2001 centraron la atención del mundo en Sadam Hussein, Irak forma parte de nuestra historia personal, de nuestra memoria, de nuestra vida. No hay nadie en Occidente que no se haya visto afectado, de una forma u otra, en lo que desde entonces ha ocurrido en una tierra sagrada de por sí, y consagrada de nuevo por el sufrimiento de millones de personas. Antes de todo eso había ocurrido la salida de los judíos (entre 140 y 150.000), la guerra salvaje contra Irán y, a partir de la invasión y la guerra en 2003, los ataques contra los cristianos, el genocidio de los yazidíes a cargo del Estado Islámico, la destrucción de monumentos, bibliotecas y lugares de culto, como la mezquita de al Nuri desde donde al-Baghdadi proclamó el califato del ISIS, o el sepulcro de Jonás, profeta de las tres religiones del Libro. Atrocidades a gran escala, abandonada cualquier compasión y cualquier sentido de la humanidad, cometidas además en la misma tierra donde arrancó nuestra historia.

Al día siguiente de la visita a la Catedral de Nuestra Señora de la Salvación, donde 58 cristianos fueron masacrados por terroristas del ISIS, el Papa celebró un encuentro interreligioso en Ur, lo que fue una gran capital del sur de Mesopotamia y de donde en su día partió Abraham en cumplimiento del mandato del Señor, dando inicio así a la gran saga de las tres religiones monoteístas, enfrentadas luego y hasta hoy mismo, y en el mismo territorio, acosadas por los brotes perversos de una de ellas. El resultado es conocido: los judíos iraquíes, desaparecidos del país; 5.000 yazidíes varones asesinados, 3.000 mujeres yazidíes esclavizadas y 500.000 desplazados, más de un millón de cristianos exiliados: en 2003 había 1.400.000 cristianos iraquíes; hoy quedan menos de 250.000. Todo eso sin contar las víctimas musulmanas de los ataques terroristas.

El viaje del Papa a Irak, con su recorrido simbólico por Bagdad, Nayaf (con la entrevista con Al-Sistani), Ur, Mosul y la oración entre las ruinas, Qaraqosh (en la planicie de Nínive, escenario de una de las hazañas de Jonás) y por fin la capital kurda de Erbil, se ha centrado en primer lugar en la comunidad cristiana. Quizás la visita contribuya a evitar que el cristianismo desaparezca de la antigua Mesopotamia. Los gestos de agradecimiento, consuelo y purificación iban sin embargo más allá. Han reivindicado el papel del Espíritu en el centro mismo del escenario de un enfrentamiento atribuido a motivos religiosos. Está bien negarlo, pero aún más importante es hacer lo que ha hecho el Papa: acudir allí donde se desencadenó la tragedia y afirmar con la presencia, con el rezo compartido, con el saludo y el contacto con las víctimas la necesidad de cerrar las heridas de estos años. Con esta sola visita, tan complicada de realizar en tiempos de epidemia, el Papa se reafirma como líder espiritual. También sugiere que la religión sigue siendo uno de los grandes caminos de reconciliación y convivencia.