Ciudadanos. Fin de partida

Iban a hacer Historia, de la grande, y lo cambiaron por unos cuantos cargos

Marta PerezEFE

Ciudadanos nació como un partido antinacionalista en una Comunidad Autónoma abandonada por los dos grandes partidos nacionales –que no querían serlo– y asolada por el proceso de construcción de la nación catalana, según un proyecto de Jordi Pujol enunciado cien años antes, en sus líneas básicas, por Prat de la Riba y por Cambó. Cuando llegó el referéndum del 1 de octubre de 2017 que culminaba (en falso y con carácter prematuro, pero ese es otro asunto) esa construcción nacionalista, el partido que recibió una mayoría de votantes fue el mismo que desde un principio se había definido en oposición radical a ese proyecto. Había llegado el momento de hacer una gran política nacional y constitucional en Cataluña. Y era Ciudadanos el que tenía que protagonizarla.

A partir de ahí, y siguiendo inclinaciones que ya se habían manifestado antes, los dirigentes de Ciudadanos decidieron dar el salto a la política nacional y buscar casa, literalmente, en Madrid. En la peor de las interpretaciones, que quien firma esto no comparte, los cuadros de Ciudadanos utilizaron a los electores catalanes como plataforma para salir de allí. En el mejor de los casos, fue un ejemplo de deslealtad y minúsculas ambiciones personales. Por si fuera poco, los líderes de Ciudadanos no se daban cuenta que la influencia nacional que podían ganar si afianzaban su posición en Cataluña sería infinitamente superior a la que obtendrían en Madrid. Iban a hacer Historia, de la grande, y lo cambiaron por unos cuantos cargos.

En la capital, efectivamente, Ciudadanos no podía seguir concentrando todas sus fuerzas en la cuestión de Cataluña. Y continuando la naturaleza transversal del proyecto primero (aunque sesgado a la izquierda, el antinacionalismo prevalecía sobre cualquier otra consideración), intentaron elaborar un proyecto de centro. Ocurre sin embargo que el sistema político español está desequilibrado de raíz: la izquierda española nunca ha sido homologable al resto de la izquierda europea, menos aún desde Rodríguez Zapatero. Ninguna izquierda europea se propone desmantelar su propia nación, como hace la española.

En esas condiciones, un partido de centro, que a la fuerza es un partido bisagra, se iba a ver obligado, tarde o temprano, a avalar esa pulsión antinacional que ha llevado al socialismo español a elegir como aliados preferentes a fuerzas independentistas. Al final, Ciudadanos, antiguo partido antinacionalista, acaba juntándose (amontonándose, habría dicho un castizo clásico) con los amigos de aquellos contra los cuales nació. Y no sólo eso. También acaba negociando con ellos la desestabilización de gobiernos regionales que mantienen viva una cierta idea de unidad nacional e incluso llega a hacerse una automoción de censura al colaborar en el acoso y derribo de gobiernos en los que él mismo participaba, como ha ocurrido en Murcia. Así se cierra un proyecto que, abandonada su vocación primera, era autodestructivo a la fuerza. No es cuestión de dar consejos a Ciudadanos, pero no parece muy arriesgado afirmar que habiendo echado a perder una oportunidad fabulosa, ha llegado la hora de empezar a pensar en hacer el menor daño posible a su país.