Los enemigos de la paz

Un caso de desahucio, por tanto, ha servido a la organización terrorista Hamás para lanzar un ataque como no se había visto nunca hasta ahora contra la población civil israelí.

MOHAMMED SABEREFE

El barrio de Sheij Jarrah, en Jerusalén, estuvo poblado por judíos -yemeníes muchos de ellos- que se instalaron allí en el siglo XIX, legalmente, en su deseo de volver a la Tierra Prometida que consideraban su país desde hacía muchos siglos. Vino luego la expulsión de los judíos en 1949, con su secuela de expulsiones, robos y humillaciones, y más tarde la vuelta de los israelíes en 1967, celebrada desde entonces como un símbolo de liberación nacional. Ahí se abrió un período de pleitos sobre las propiedades. Sigue en curso hoy en día. Uno de ellos, saldado en favor de los antiguos propietarios judíos después de varias sentencias previas, ha servido de pretexto para los desórdenes que se están viviendo en estos días en Israel. Hay que apuntar que, de no acatar la decisión judicial, el Gobierno de Israel estaría incumpliendo la legalidad y primando razones de política étnica o identitaria sobre los derechos de la ciudadanía.

Un caso de desahucio, por tanto, ha servido a la organización terrorista Hamás para lanzar un ataque como no se había visto nunca hasta ahora contra la población civil israelí. Hasta ayer iban lanzados más de mil misiles desde la franja de Gaza, de la que Israel se retiró en 2005 y que está sirviendo para comprobar a qué se dedican las organizaciones palestinas como Hamás con los territorios que controlan. Por ahora, a servir de base al terrorismo. El ataque de Hamás coincide, por otra parte, con la nueva cancelación de las elecciones en los territorios controlados por la Autoridad palestina. Su líder Mahmud Abas, lleva sin convocar elecciones desde 2006. Habrá quien lo entienda como una demostración de estabilidad, sobre todo en vista de la frecuencia con la que los ciudadanos israelíes son convocados a la urnas. No parece ser esa la opinión de la población palestina, que no se siente representada por la vieja guardia heredera de la OLP.

De ahí el ataque de Hamás, encaminado a rentabilizar este descontento, así como los enfrentamientos ocurridos en la mezquita de Al-Aqsa. El objetivo es movilizar a la opinión palestina en torno a un nuevo levantamiento contra Israel, una nueva “intifada” que sería la tercera desde la de 2000. Es posible que lo consiga, aunque los palestinos no constituyen ya, a pesar del mito, una unidad política y cultural. Están los árabes israelíes (y los que viven en Jerusalén, con problemas propios), los palestinos de los territorios bajo la Autoridad Palestina y aquellos otros que viven en Gaza. Ya no existe nada parecido a la unanimidad que suscitaba la OLP y la ofensiva de Hamás, aunque dramática y espectacular, no tiene por qué resultar eficaz. Tal vez consiga incluso lo contrario de lo que se propone. Por último, Hamás, una organización títere del régimen terrorista de Teherán, habrá tenido en cuenta la actitud ligeramente más favorable de la administración norteamericana hacia Irán. Se trata de presionar a Washington y dinamitar los acuerdos de paz patrocinados por Estados Unidos entre Israel y algunos grandes países musulmanes.