Los signos de los tiempos (II)
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Ayer glosábamos en clave de humor –«al mal tiempo, buena cara»–, la sucesión de calamidades y desgracias que venimos padeciendo sin solución de continuidad, «coincidiendo» con el mandato de Sánchez en la actual legislatura que comenzó tras ser investido presidente en enero del pasado año.

Humor al margen –aunque nunca está de más– hay fundamento sólido para aproximarse al análisis de la actualidad con riesgo de ser tachado de «conspiranoico» por la inquisición mediática, que impone condenas a los transgresores de la corrección política. Pero no es conspiranoia intentar escrutar «los signos de los tiempos», al menos para los cristianos, ya que fue el mismo Jesucristo quien exhortó literalmente a sus discípulos a hacerlo, mandato que fue recogido solemnemente por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia que precisamente lleva por nombre «Gaudium et spes» (Alegría y esperanza).

Entendemos por esos signos, «acontecimientos significativos que marcan la Historia por su generalización y frecuencia, que provocan asentimiento y conmoción […] y que deben ser escrutados […]». Merece el esfuerzo intelectual de pensar con un espíritu libre estar viviendo una pandemia mundial que nos remonta a un siglo atrás para recordar algo similar, con el anuncio en paralelo de un reseteo o inicio de una nueva era de la Historia bajo una «nueva normalidad». Además, mientras se anuncian apagones del suministro de electricidad sin precedentes, y todo al parecer programado por una Agenda global para recorrer la senda marcada hasta 2030.

Este intento no es tarea ni fácil ni cómoda, pero vale la pena plantear al menos la conveniencia de hacerlo desde la convicción de que es terreno abonado para que germinen hipótesis de todo tipo, incluidas las más descabelladas. Sin duda esa Inquisición descalificaría tachando de «conspiranoico» a S. Juan Evangelista, amanuense del libro del Apocalipsis –con el que se cierra la Sagrada Escritura–, y que escribió al dictado del mismísimo «Señor de la Historia».

En sus páginas –de dimensión escatológica– se habla de todo tipo de guerras y revoluciones, plagas, hambrunas, epidemias y catástrofes naturales… Si bien es cierto que éstas han existido siempre con mayor o menor intensidad desde el comienzo de la Historia, también es verdad lo que no pocos alegan respecto a que en estos tiempos hay un «signo» que sí es novedoso en cuanto a la intensidad con la que se presenta: la apostasía o pérdida de la fe, que ya fuera denunciada en 2002 por S. Juan Pablo II con particular referencia a Europa. Aunque el mundo dejó de ser eurocéntrico hace tiempo. Quizás por eso precisamente.