CUP

«Anticapitalistas» al poder

La CUP –Candidatura de Unidad Popular en su versión castellana– es una organización política a caballo entre un movimiento y un partido convencional, de ahí que se le denomine también como partido «híbrido». Su proyecto político se sitúa en el radicalismo de extrema izquierda, y se define como una formación anticapitalista, feminista, independentista, pancatalanista, asamblearista, antifascista… y todos los «istos» e «istas» que caben en el diccionario dentro de ese espacio del espectro político.

El traerlo hoy a colación deriva de la insólita posición arbitral que ejerce en la política catalana desde hace tiempo, lo que a su vez indica el nivel freático que se ha alcanzado en el Principado y su tóxica influencia en la política española por los pactos de Sánchez con ERC. Su especial irrupción y visibilidad parlamentaria se produjo en enero de 2016 cuando no le permitió la investidura a Artur Mas, obligándole a ceder la presidencia de la Generalitat en favor de un entonces semidesconocido alcalde de Girona, Puigdemont. Ahora, vuelven a ser noticia de actualidad los «cupaires» porque amenazan a Aragonès con no aprobarle los Presupuestos de la Generalitat, lo que le plantea un delicado problema al Govern de coalición entre los de Junqueras y los del «autoexiliado» de Waterloo, a los que solo les une el cemento del poder, que difumina su larvada y constante disputa por el liderazgo secesionista. Buscar para aprobarlos otros apoyos alternativos a la CUP conlleva echarse necesariamente en brazos del Gobierno sanchista, ya que solo pueden ser socios los socialistas o los podemitas, lo que provocaría una ruptura entre los coaligados procesistas y el estigma de «botiflers» (traidores) a los de Junqueras: el liderazgo separatista quedaría sentenciado así a favor de Waterloo. Las pretensiones «cupaires» para dar su apoyo a los Presupuestos, son acordes con los de una formación de sus características, situada en las antípodas de las propias de una sociedad integrada en uno de los cuatro Estados más importantes de la UE con la cosmovisión política de una democracia parlamentaria.

Sirva este sucinto relato de lo que sucede en Cataluña para ilustrar la situación general de España, no solo por el peso específico económico que representa en el conjunto nacional, sino porque Sánchez, con sus alianzas, ha inyectado en vena al pulso nacional la toxicidad del «Procés». La ausencia de perspectiva histórica contribuye a acostumbrarse a considerar «normal» algo tan surrealista como lo que sucede ante nuestros ojos: que los que manden sean acólitos políticos de Maduro y del Foro de São Paulo. Eso sí, cuando se fugan de la Justicia no se van a Corea del Norte, sino a un paraíso anticapitalista: a Suiza.